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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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Extendió los brazos en la oscuridad para buscar algún apoyo, pero no había paredes.

En el espacio abierto resonaban susurros.

Entre la oscuridad se distinguía una masa brillante de color naranja rojizo y siluetas.

Tardó unos segundos en asimilarlo: el horno improvisado, un cubo de basura tumbado, y ¿cuántos hombres? -¿cuatro, cinco?- todos apiñados a su alrededor, con jeringuillas de cristal en las manos y un parpadeo de luz blanca en las cucharas metálicas.

Otra inspiración, y Willie surgió de entre la oscuridad.

– ¿Qué coño…? -Una figura negra, la silueta anaranjada de un hombre que se acercaba en la oscuridad.

Willie notó el calor del fuego en la cara. ¿O se trataba de miedo? Se vio las manos, que brillaban como lámparas de Halloween delante de él, y se dio cuenta de que era el único que estaba iluminado.

Pero entonces habló otro hombre, un espantapájaros con cuchara que derretía crack sobre las llamas.

– ¿Will? ¿Eres tú?

– Henry. -Willie exhaló un suspiro-. Tienes que venir conmigo.

– ¿Qué? ¿Estás loco o qué, tío? ¿Qué coño estás haciendo aquí?

– Estás metido en un lío, Henry. En un buen lío. -Willie no le veía los ojos, pero los dedos de su hermano le agarraban el brazo.

– Espérame fuera, hermanito.

– Va muy en serio, Henry. Tienes que…

– Espérame fuera. -Henry empujó a Willie hacia la puerta; su fuerza siempre sorprendía a Willie, teniendo en cuenta su aspecto frágil. Henry se sumergió de nuevo en la oscuridad hasta que el fuego volvió a otorgarle un tono anaranjado, y colocó la cuchara de nuevo sobre las llamas.

En el exterior, Willie dio puntapiés a los pedazos de vidrio roto, alzó la vista hacia las tristes ventanas escolares con las hojas de otoño. La lluvia le rociaba la cara, el pelo. Cambió el peso del cuerpo de un pie al otro. Los diez minutos le parecieron horas.

Cuando Henry salió todo ufano, erguido, sonriente y descarado, Willie pensó que tenía ganas de matarle.

– Estás metido en un lío muy jodido -dijo al tiempo que se sacaba el retrato robot, arrugado y húmedo, del bolsillo.

Henry contempló la imagen, le temblaba la mano cuando la tomó, pero habló con voz de gallito.

– Maldita sea, tío. Vaya puta mierda. Joder, podría ser cualquiera.

– Eso es lo que tú te crees -dijo Willie haciendo un esfuerzo por controlar su ira-. Entonces ¿por qué coño he tardado medio segundo en reconocerte? ¿Te crees que los polis no te reconocerán?

La farola ofrecía luz suficiente para que Willie viera la mirada de desesperación que de repente animó el rostro otrora apuesto de su hermano, pero bastó para suavizarlo, al menos por el momento.

– Por favor, Henry, dime. ¿Qué hacías en casa de Elena?

Henry flaqueó.

– So… sólo quería verla. Nada serio, tío. Pues… tomar una copa, quizá, ¿sabes? Estar con ella.

– ¿Por qué?

– Yo… -Henry bajó la mirada hacia la acera húmeda-. La conocía desde el colegio, tío. Desde antes de que lo dejara. Ya lo sabes. Me gustaba. ¿Qué tiene eso de malo?

– Y esa noche… ¿la noche que fue asesinada? Estabas allí.

– Pero yo no hice nada, Will. Tienes que creerme. -Caminó a un lado y a otro bajo la enfermiza luz amarilla, con las manos hundidas en los bolsillos-. Cuando llegué, no había timbre pero la puerta de la calle estaba abierta de par en par. Así que subí y… la vi, apuñalada. En… entonces salí de allí, a toda prisa. Me crees, ¿verdad?

– Te creo… pero hay un asesino por ahí y la poli cree que eres tú.

– ¿Cómo? ¿Creen que soy el puto artista de la muerte? -Henry se quedó boquiabierto y luego esbozó una sonrisa burlona.

– ¿Te parece divertido? -Willie lo agarró por los hombros.

Las manos de Henry fueron rápidamente a cerrarse en torno al cuello de Willie.

Willie jadeó, los músculos de su garganta se contrajeron en busca de aire. Su hermano mayor, por muy cascado que estuviera por las drogas, todavía podía más que él. Willie tiró de las manos de Henry, intentó hablar, pero no podía. La farola amarilla que tenía encima giraba como un torbellino que iba arrastrándole.

Al cabo de un minuto, ¿o había sido una hora?, Willie estaba sentado en la acera húmeda, acariciándose los tendones doloridos del cuello, el rostro de Henry iba cobrando nitidez a pocos centímetros del suyo.

– Tío, oh, tío. Perdóname. -Henry abrazó a Willie-. No quería hacerlo. Ha sido el crack, tío. Yo te quiero, Will. Lo sabes, ¿verdad?

Willie miró a su hermano con gravedad. ¿Estaba bajo el efecto de las drogas la noche que fue a ver a Elena? Examinó el rostro de Henry, la cara de aquel yonqui que había sido el hermano mayor que tanto quería.

– Sí, Henry. Lo sé.

– ¿Y me crees?

– Te creo. -Sí, conocía a su hermano. No era capaz de matar. No lo era. Willie repitió la frase «no lo era» en su cabeza, intentando convencerse, casi creyéndoselo. Pero ¿le creería alguien más?-. ¿Por qué no me lo dijiste antes, Henry?

– Lo intenté, tío. La última vez que te vi, pero…

Willie obligó a su hermano a aceptar el sobre con dinero.

– Tienes que marcharte de la ciudad. Antes de que te encuentre la pasma.

Henry se humedeció los labios secos, tocó los billetes.

– Hay quinientos dólares -explicó Willie-. Toma un tren, un avión o un autobús, pero lárgate.

– No tengo por qué huir -dijo Henry, recuperando parte de la chulería-. Tengo un sitio donde esconderme. Allí nadie me encontrará.

– Pues entonces vete. -Willie exhaló un suspiro-. Y no te pulas el dinero en drogas.

– Ya casi estoy limpio -dijo Henry suavizando la expresión-. Un poco de crack, eso es todo. Hace semanas que no tomo jaco. Me crees, ¿verdad?

Willie pensó en lo que su madre, Iris, diría: «Estás desperdiciando un dinero útil, hijo», pero también lo hacía por ella. La vergüenza la mataría. Culpable o no, Henry era el chivo expiatorio perfecto. Tomó a su hermano de la mano, la que hacía tan sólo unos momentos había estado a punto de quitarle la vida. Henry se la apretó, esta vez con ternura. Luego Willie se volvió y bajó la calle a toda prisa.

«Perdóname, Kate. Es mi hermano.»

Richard estaba en la última mesa de Joe Allen's, en el lado de la barra del antro poco iluminado y perdidamente pasado de moda. Kate no oía lo que decía, pero él le estaba dedicando su mejor sonrisa a la periodista, acompañada de su medio guiño característico.

¿Se consideraba atractivo? Oh, sí. Se inclinaba hacia la joven rubia -¿por qué siempre tenían que ser rubias?-, la señora Kathy Kraft del puto New York Times, que estaba riéndose, con la cabeza de un rubio decolorado echada hacia atrás como si Richard le acabara de contar el mejor chiste del siglo.

Sin duda no era lo que Kate esperaba.

Pero Kate no iba a permitir que su estado de ánimo le ganara la batalla. No. Iba a divertirse un poco.

Se miró en el espejo antiguo del bar. Sí, había estado mejor pero tampoco estaba tan mal. Se arregló el pelo, se pavoneó por medio bar, vaciló un segundo hasta estar segura de que Richard la había visto. Luego, un recorrido rápido de la barra con la mirada. Dio unos cuantos pasos, apoyó una mano en un traje de Calvin Klein y la otra en uno de Armani y luego se inclinó entre ambos hombres.

Se ahuecó el pelo, una sonrisa de alcoba, su mejor voz susurrante a lo Lauren Bacall.

– Oh, siento molestarles, caballeros, pero me he olvidado los cigarrillos. -Los tipos trajeados iniciaron una torpe competición en busca de cigarrillos y encendedores.

Don Armani casi estuvo a punto de saltar del taburete.

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