El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
¡Tarod!
El grito que resonó en su mente era tan fuerte como si alguien hubiese gritado su nombre en la habitación. Violentamente despertado de su sueño, Tarod se incorporó, vi brando todavía aquel sonido en su conciencia, y en el mismo instante en que reconoció aquella voz angustiada, se dio cuenta de que Cyllan no estaba ya a su lado.
— Cyllan...
El nombre se formó en sus labios en una aguda exclamación de alarma, y Tarod se levantó rápida y ágilmente de la cama, atraído por un instinto inadvertido hacia la ventana, donde levantó la cortina.
La calle y la plaza del mercado estaban vacías. La primera luna se había hundido detrás de los tejados, y el segundo y más pequeño satélite que la seguía era una pálida media luna en el oeste. La aurora no estaba lejos, pero salvo unas pocas estrellas desparramadas de las que las luces que que daban encendidas en el puerto parecían un reflejo, nada podía ver.
Tarod giró en redondo y contempló las frías sombras de la estancia. Buscó mentalmente el origen de aquel grito, pero no encontró nada. Lo único que sabía de cierto era que Cyllan se había ido. Rápidamente concentró su atención en la posada, dejando que su mente sondease y buscase. Otros huéspedes dormían en sus camas: una pareja, vuelta de espaldas, que se había peleado antes de retirarse a descansar; un austero mercader que compartía la cama con una prostituta del muelle a la que introdujo disimuladamente; el dueño de la posada, cuyo jergón le resultaba incómodo por las monedas guardadas debajo de él... Y abajo, la cervecería desierta y el silencioso comedor; fuera, los establos llenos de caballos adormilados... , pero ni rastro de Cyllan.
La mano izquierda de Tarod se estremeció de pronto y la piedra del anillo resplandeció, llamándole la atención. Simultáneamente, una intuición que no era humana le puso la piel de gallina, diciéndole que, dondequiera que estuviese Cyllan, no la encontraría por medios normales. Se tumbó de nuevo en la revuelta cama, tapando el anillo con la mano derecha. Era reacio a valerse de la hechicería, pero no tenía otra alternativa si quería encontrarla. Y así (tuvo que endurecerse para soportar la idea) sabría si estaba viva o muerta.
Cerró los ojos verdes y sintió que el antiguo poder empezaba a despertar en él. Era algo doloroso y exquisitamente familiar y, a pesar de sus presentimientos, lo recibió de buen grado, dejando que se elevase a través de los muchos niveles de conocimiento y se apoderase al fin de su conciencia. Entreabrió de nuevo los ojos, estrechas rendijas esmeraldas que brillaron ahora con una inteligencia extraña al mezclar se primero, y eliminar después, la comprensión nacida del Caos a la comprensión mundana. La adivinación era un talento que había desarrollado durante sus años de Adepto, pero lo de ahora no se parecía en nada a las prácticas seguidas en el Círculo. No necesitaba ningún cristal ni invocaciones, y los planos en que se movía su mente estaban mucho más allá de los que sus colegas de antaño habrían podido aspirar a alcanzar.
Oscuridad. La oscuridad se movía, lenta y rítmicamente, como el flanco de algún enorme y amorfo animal al respirar. Una hoja de cuchillo de luz fría la perforó, temblando y rompiéndose como en un oleaje, y supo que estaba contemplando el mar bajo los últimos rayos de la luna.
Navegaba en el mar y sin embargo, no podía alcanzarla... Sentía la presencia de algo allí, en lo profundo, pero había un obstáculo que estaba protegido por una fuerza que resistía a su voluntad, y así se le escapaba, burlón, cuando él creía que lo había agarrado. La cólera lamió su mente como una llama; la cólera soberbia y fría de un ente que no podía tolerar verse frustrado. Sintió que su poder crecía al romper los últimos lazos que le unían al cuerpo humano en la posada de Shu-Nhadek, y por fin captó triunfalmente que la elusiva presencia en el mar no era mortal.
Velas blancas se hinchaban fantásticamente en la oscuridad, mientras el blanco casco rompía el agua negra. Las lenguas de fuego de la cólera que sentía Tarod fueron de odio y desprecio al chocar el aura del barco con la suya propia; era enemiga de aquello en que él se había convertido, vehículo y símbolo de su aborrecido enemigo, y sola mente toda su fuerza de voluntad impidió que retrocediese asqueado.
No podía ver ningún detalle del barco, pero no lo necesitaba: su imagen astral era suficiente. Los pasajeros habían embarcado en plena noche y, ahora, la barca navegaba hacia la Isla Blanca y el Cónclave de los Tres. Y Cyllan estaba a bordo...
La furia acometió a Tarod mientras su mente volvía al cuerpo que había dejado en la oscura habitación. Sus músculos se contrajeron y le hicieron ponerse en pie de un salto, y un aura negra cobró vida y resplandeció a su alrededor. No podía contener su ira; era demasiado fuerte, demasiado inhumana, incontrolable..., pero tenía que reprimirla, tenía que aferrarse a su humanidad, luchar contra la voluntad del Caos.
Con un grito ahogado, se tambaleó hacia atrás y cayó sobre la cama, y cuando su cuerpo chocó con el jergón, algo pareció salir de su cráneo y desintegrarse con un ruido que no era ruido, una sensación discordante, mareante. Le dio vueltas la cabeza y se agarró a la almohada, buscando ansiosamente algo real y terreno que le sirviese de áncora. Después de unos momentos cesó el vértigo, aunque le dejó mareado y agotado. Lenta y dolorosamente, se sentó en la cama.
No había estado preparado para el poder del odio primigenio que había surgido dentro de él al encontrar la Barca Blanca de Aeoris. La enemistad era demasiado antigua para comprenderla, y él había reaccionado con todo el aborrecimiento y el desprecio contenidos en milenios de recuerdos preternaturales. Aferrándose al fin a su identidad, había luchado contra aquel poder y había vencido, pero había pagado cara la victoria. Y aunque pudiese haber encontrado a Cyllan, no podía cruzar la barrera que los separaba.
Todavía aturdido y sin saber apenas lo que estaba haciendo, cogió su ropa y empezó a vestirse. Todo requería demasiado tiempo; tenía viva conciencia de que le estorbaban las limitaciones de un cuerpo físico, y el recuerdo del poder que, aunque dormido ahora, se escondía en su alma, le desgarraba.
Sería tan sencillo... Se detuvo, mirando fijamente el anillo en su mano izquierda. El Caos era una fuerza titánica, pero en este plano terrenal, él era dueño del Caos. Una vez había desterrado a Yandros, destruyendo su única cabeza de puente en este mundo, y el Señor de los Cabellos de Oro no podía volver a menos que Tarod revocase la orden de destierro y le llamase de nuevo. Si lo hacía, la Barca Blanca y toda su tripulación no serían enemigo para semejante adversario.
Un horrorizado rechazo llegó pisando los talones de la idea, y Tarod se espantó al darse cuenta de lo cerca que había estado de caer en la tentación. Con las secuelas de la fuerza del Caos haciéndole cosquillas en la piel, había sentido resurgir antiguas afinidades; había deseado la presencia de Yandros como aliado y compañero por mucho tiempo.. , y sabía que esta tentación era la oportunidad que había estado esperando el Señor del Caos. Yandros respondería a la llamada, si él la hacía. Y con su regreso, toda la esperanza de Tarod de reconciliarse con Aeoris quedaría destruida. Si tenía que demostrar su fidelidad al Orden, llamar ahora al Caos, incluso en una situación desesperada, sería la más grave de las traiciones.
¿Incluso para salvar la vida de Cyllan?
Esta muda pregunta era tan insidiosa como engañosa. Llamar a Yandros podría salvar a Cyllan del peligro en que se hallaba en la Barca, pero, aparte de esto, no serviría de nada. El Círculo no le haría daño... por ahora; con la Isla Blanca y el Cónclave tan cerca, Keridil tendría otros planes para ella. Y esto daba tiempo a Tarod; poco tiempo, ciertamente, pero suficiente.