Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
Fletcher miró al profesor, quien se levantó para responder:
– Ese es mi deseo, su señoría.
– ¿Su nombre? -preguntó el juez, como si no le hubiese visto en toda su vida.
– Karl Abrahams, su señoría.
– ¿Está usted cualificado para intervenir ante mi tribunal? -preguntó el juez con voz solemne.
– Creo que sí, señor -contestó Abrahams-. Soy miembro del colegio de abogados de Connecticut desde mil novecientos treinta y siete, aunque nunca he tenido el privilegio de intervenir delante de su señoría.
– Muchas gracias, señor Abrahams. Si el fiscal general no tiene ninguna objeción, consignaré su nombre en las actas como ayudante del señor Davenport.
El fiscal general se levantó, saludó al profesor con una leve inclinación y manifestó:
– Es un privilegio estar en la misma sala con el ayudante del señor Davenport.
– Entonces creo que no debemos esperar más para llamar al jurado -señaló el juez.
Fletcher observó atentamente los rostros de los siete hombres y cinco mujeres mientras ocupaban sus asientos. El profesor le había advertido que estuviese atento a los miembros del jurado que miraran directamente a su clienta, porque eso podría indicar un veredicto de inocencia. Le pareció que dos o tres lo hacían, pero no podía estar seguro.
El portavoz del jurado se levantó.
– ¿Han llegado ustedes aun veredicto en este caso? -preguntó el magistrado.
– No, su señoría, no hemos podido hacerlo -respondió el portavoz.
Fletcher notó que le sudaban las manos todavía más que en su primer discurso al jurado. El juez probó una segunda vez:
– ¿Han podido llegar a un veredicto mayoritario?
– No, no hemos podido, su señoría.
– ¿Creen que, si disponen de más tiempo, podrían llegar a un veredicto mayoritario?
– No lo creo, su señoría. Hemos estado divididos por partes iguales durante las últimas tres horas.
– Entonces no tengo más opción que declarar nulo el juicio y disolver el jurado. En nombre del estado, les doy las gracias por sus servicios.
El juez ya se dirigía al fiscal general, cuando el señor Abrahams se levantó.
– Me pregunto, su señoría, si podría solicitar su consejo en una pequeña cuestión técnica.
El juez lo miró intrigado y lo mismo hizo el fiscal general.
– Estoy impaciente por escuchar esa pequeña cuestión técnica.
– Permítame primero preguntarle a su señoría si me equivoco al creer que, en caso de celebrarse un nuevo juicio, los representantes de la defensa deben ser anunciados dentro de un plazo de catorce días.
– Esa es la práctica habitual, señor Abrahams.
– Entonces colaboraré con el tribunal al comunicar que si se presenta dicha situación, el señor Davenport y yo continuaremos representando a la acusada.
– Le doy las gracias por su pequeña cuestión técnica -manifestó el juez, que ya no parecía intrigado. Se dirigió al fiscal general-. Debo preguntarle ahora, señor Stamp, si tiene usted la intención de solicitar un nuevo juicio.
La atención de todos los presentes se centró en los cinco abogados del estado, que mantenían una animada conversación con las cabezas muy juntas. El juez Abernathy no hizo nada por meterles prisa y esperó pacientemente hasta que el señor Stamp se levantó.
– Consideramos, su señoría, que no beneficiará al interés del estado solicitar la celebración de un nuevo juicio.
El público aplaudió con entusiasmo mientras el profesor arrancaba una hoja de su cuaderno y se la pasaba a su alumno. Fletcher le echó un vistazo, se levantó una vez más y leyó textualmente:
– Su señoría, dadas las circunstancias, solicito la inmediata puesta en libertad de mi cliente. -Miró la siguiente frase del profesor y continuó con la lectura-: Quiero manifestar, además, mi agradecimiento por la corrección y la profesionalidad demostradas por el señor Stamp y su equipo durante todo el juicio.
El juez asintió y el señor Stamp se puso de pie.
– A mi vez felicito al señor letrado y a su ayudante por su labor en este su primer caso delante de su señoría. Asimismo, le deseo al señor Davenport todos los éxitos en la que estoy seguro será una brillante carrera.
Fletcher miró a Annie con una sonrisa de felicidad mientras el profesor Abrahams se levantaba.
– Protesto, su señoría.
Todos se volvieron para mirar al profesor.
– Yo no lo afirmaría con tanto convencimiento. Creo que aún le queda mucho trabajo por delante antes de que veamos realizada esa promesa.
– Se admite la protesta -dijo el juez Abernathy.
– Mi madre me enseñó los dos idiomas hasta que cumplí nueve años y para entonces ya estaba preparada para introducirme en el sistema escolar de Storrs.
– Allí fue donde di mis primeras clases -comentó Susan.
– No tardé en descubrir que me sentía mucho más a gusto con los números que con las palabras. -Michael Cartwright asintió, comprensivo-. Fui muy afortunada al tener a una maestra de matemáticas aficionada a la estadística y que además estaba fascinada por la importancia que tendrían los ordenadores en el futuro.
– Cada día dependemos más de ellos en las empresas de seguros -comentó Michael, mientras cargaba la pipa.
– ¿Qué tamaño tiene el ordenador de su empresa, señor Cartwright? -le preguntó Su Ling.
– Aproximadamente el tamaño de esta habitación.
– La próxima generación de estudiantes trabajará con ordenadores que no serán más grandes que las tapas de sus pupitres; la generación siguiente podrá tenerlos en la palma de la mano.
– ¿Crees realmente que eso es posible? -preguntó Susan, fascinada.
– La tecnología avanza a mucha velocidad y la demanda alcanzará unos niveles que obligará a bajar los precios rápidamente. En cuanto eso ocurra, los ordenadores serán como los teléfonos y los televisores en los años cuarenta y cincuenta. A medida que aumente el número de usuarios, más baratos y pequeños serán.
– Así y todo, habrá algunos ordenadores que continuarán siendo grandes -opinó Michael-. Piensa que mi empresa tiene más de cuarenta mil clientes.
– No necesariamente -replicó la muchacha-. El ordenador que llevó al primer hombre a la luna era más grande que esta casa, pero viviremos para ver cómo una nave espacial llega a Marte controlada por un ordenador no más grande que esta mesa de cocina.
– ¿No más grande que esta mesa? -repitió Susan, que intentaba hacerse a la idea.
– Silicon Valley, en California, se ha convertido en la nueva meca de la tecnología. IBM y Hewlett Packard comienzan a darse cuenta de que sus últimos modelos se quedan anticuados en cuestión de meses; en cuanto los japoneses se lancen a toda marcha, quizá será cuestión de semanas.
– ¿Qué tendrán que hacer las empresas como la mía para mantenerse al día? -preguntó Michael.
– Sencillamente tendrá que cambiar de ordenador con la misma frecuencia que un coche; en un futuro no muy lejano, podrá llevar en su bolsillo la información detallada de cada uno de sus clientes.
– Te lo repito -insistió Michael-, mi empresa tiene en la actualidad cuarenta y dos mil clientes.
– Aunque tenga cuatrocientos veinte mil, señor Cartwright, un ordenador que podrá llevar en la mano le informará de todo lo que necesita.
– Piensa en las consecuencias -apuntó Susan.
– Son muy emocionantes, señora Cartwright -dijo Su Ling. Se calló un momento con el rostro arrebolado-. Perdón, he hablado demasiado.
– No, no -la tranquilizó Susan-, es fascinante, pero quería preguntarte cosas de Corea, un país que siempre he deseado visitar. Si no es una pregunta ridícula, ¿os parecéis más a los chinos o a los japoneses?
– A ninguno de los dos -la informó Su Ling-. Somos tan diferentes como un ruso de un italiano. La nación coreana estaba formada por tribus y probablemente comenzó a existir por el siglo segundo…