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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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Durante uno o dos momentos no pudo decir nada más; pero cuando su emoción se había aplacado, agregó con voz más firme:

– Elinor, me han utilizado de la forma más cruel, pero no ha sido Willoughby quien lo ha hecho.

– Mi querida Marianne, ¿quién, sino él? ¿Quién lo puede haber inducido a ello?

– Todo el mundo, más que su propio corazón. Antes creería que todos los seres que conozco se concertarían para degradarme ante sus ojos que creerlo a él por naturaleza capaz de tal crueldad. Esta mujer sobre la que escribe, quienquiera que sea; o cualquiera, en suma, a excepción de ti, mi querida hermana, y mamá y Edward, puede haber sido tan desalmado como para denigrarme. Fuera de ustedes tres, ¿hay alguna criatura en el mundo de quien sospecharía menos que de Willoughby, cuyo corazón conozco tan bien?

Elinor no quiso discutir, y se limitó a responderle:

– Quienquiera pueda haber sido ese enemigo tuyo tan detestable, arrebatémosle su malvado triunfo, mi querida hermana, haciéndole ver con cuánta nobleza la conciencia de tu propia inocencia y buenas intenciones sustenta tu espíritu. Es razonable y digno de alabanza un orgullo que se levanta contra tal malevolencia.

– No, no -exclamó Marianne-, una desdicha como la mía no conoce el orgullo. No me importa que sepan cuán miserable me siento. Todos pueden saborear el triunfo de verme así. Elinor, Elinor, los que poco sufren pueden ser tan orgullosos e independientes como quieran; Pueden resistir los insultos o humillar a su vez… Pero yo no puedo. Tengo que sentirme, tengo que ser desdichada… y bienvenidos sean a disfrutar de saberme así.

– Pero por mi madre, y por mí.,,

– Haría más que por mí misma. Pero mostrarme contenta cuando me siento tan miserable… ¡Ah! ¿Quién podría pedirme tanto?

Nuevamente callaron ambas. Elinor estaba entregada a caminar pensativamente de la chimenea a la ventana, de la ventana a la chimenea, sin advertir el calor que le llegaba de una o distinguir los objetos a través de la otra; y Marianne, sentada a los pies de la cama, con la cabeza apoyada contra uno de sus pilares, tomó de nuevo la carta de Willoughby, y tras estremecerse ante cada una de sus frases, exclamó:

– ¡Es demasiado! ¡Oh, Willoughby, Willoughby, cómo puede venir esto de ti! Cruel, cruel, nada puede absolverte. Nada, Elinor. Sea lo que fuere que pueda haber escuchado contra Mí… ¿no debiera haber suspendido el juicio? ¿No debió habérmelo dicho, darme la oportunidad de justificarme? “El mechón de sus cabellos -repitiendo lo que la carta decía- que tan graciosamente me concedió”… eso es imperdonable. Willoughby, ¿dónde tenías el corazón cuando escribiste esas palabras? ¡Oh, qué desalmada insolencia! Elinor, ¿es qUe acaso se la puede justificar?

– No, Marianne, de ninguna manera.

– Y, sin embargo, esta mujer… ¡quién sabe cuáles puedan haber sido sus malas artes, cuán largamente lo habrá premeditado, cómo se las habrá ingeniado! ¿Quién es ella? ¿Quién puede_ ser? ¿A quién de sus conocidas mencionó alguna vez Willoughby como joven y atractiva? ¡Oh! A nadie, a nadie… sólo me hablaba de mí.

Siguió otra pausa; Marianne, presa de gran agitación, terminó así:

– Elinor, debo irme a casa. Debo ir y consolar a mamá. ¿Podemos irnos mañana?

– ¡Mañana, Marianne!

– Sí; ¿por qué había de quedarme aquí? Vine únicamente por Willoughby… y ahora, ¿a quién le importo? ¿Quién se interesa por mí?

– Sería imposible partir mañana. Le debemos a la señora Jennings mucho más que cortesía; y la cortesía más básica no permitiría una partida tan repentina como ésa.

– Está bien, entonces, en uno o dos días más quizá; pero no puedo quedarme mucho aquí, no puedo quedarme y aguantar las preguntas y observaciones de toda esa gente. Los Middleton, los Palmer… ¿cómo voy a soportar su compasión? ¡La compasión de una mujer como la señora Jennings! ¡Ah, qué diría él de eso!

Elinor le aconsejó que se tendiera nuevamente, y durante unos momentos así lo hizo; pero ninguna posición la tranquilizaba, y en un doloroso desasosiego de alma y cuerpo, cambiaba de una a otra postura, alterándose cada vez más; a duras penas pudo su hermana mantenerla en la cama y durante algunos momentos temió verse obligada a pedir ayuda. Unas gotas de lavanda, sin embargo, que pudo convencerla de tomar, le sirvieron de ayuda; y desde ese instante hasta la vuelta de la señora Jennings permaneció en la cama, callada y quieta.

CAPITULO XXX

A su regreso, la señora Jennings se dirigió directamente a la habitación de Elinor y Marianne y, sin esperar que respondieran a su llamado, abrió la puerta y entró con aire de verdadera preocupación.

– ¿Cómo está, querida? -le preguntó en tono compasivo a Marianne, que desvió el rostro sin hacer ningún intento por responder.

– ¿Cómo está, señorita Dashwood? ¡Pobrecita! Tiene muy mal aspecto. No es de extrañar. Sí, desgraciadamente es verdad. Se va a casar pronto… ¡es un badulaque! No lo soporto. La señora Taylor me lo contó hace media hora, y a ella se lo contó una amiga íntima de ' la señorita Grey misma, de otra forma no lo habría podido creer; quedé abismada al saberlo. Bien, dije, todo lo que puedo decir es que, si es verdad, se ha portado de manera abominable con una joven a quien conozco, y deseo con todo el corazón que su esposa le atormente la vida. Y seguiré diciéndolo para siempre, querida, puede estar segura. No se me ocurre adónde irán a parar los hombres por este camino; y si alguna vez me lo vuelvo a encontrar, le daré tal reprimenda como no habrá tenido muchas en su vida. Pero queda un consuelo, mi querida señorita Marianne: no es el único joven del mundo que valga la pena; y con su linda cara a usted nunca le faltarán admiradores. ¡Ya, pobrecita! Ya no la molestaré más, porque lo mejor sería que llorara sus penas de una vez por todas y acabara con eso. Por suerte, sabe usted, esta noche van a venir los Parry y los Sanderson, y eso la divertirá.

Salió entonces de la habitación caminando de puntillas, como si creyera que la aflicción de su joven amiga pudiera aumentar con el ruido.

Para sorpresa de su hermana, Marianne decidió cenar con ellas. Elinor incluso se lo desaconsejó. Pero, “no, iba a bajar; lo soportaría perfectamente, y el barullo en tomo a ella sería menor”. Elinor, contenta de que por el momento fuera ése el motivo que la guiaba y aunque no la creía capaz de sentarse a cenar, no dijo nada más; así, acomodándole el vestido lo mejor que pudo mientras Marianne seguía echada sobre la cama, estuvo lista para acompañarla al comedor apenas las llamaron.

Una vez allí, aunque con aire muy desdichado, comió más y con mayor tranquilidad de la que su hermana había esperado. Si hubiera intentado hablar o se hubiera dado cuenta de la mitad de las bien intencionadas pero desatinadas atenciones que le dirigía la señora Jennings, no habría podido mantener esa calma; pero sus labios no dejaron escapar ni una sílaba y su ensimismamiento la mantuvo en la mayor ignorancia de cuanto ocurría frente a ella.

Elinor, que valoraba la bondad de la señora Jennings aunque la efusión con que la expresaba a menudo era irritante y en ocasiones casi ridícula, le manifestó la gratitud y le correspondió las muestras de cortesía que su hermana era incapaz de expresar o realizar por sí misma. Su buena amiga veía que Marianne era desdichada, y sentía que se le debía todo aquello que pudiera disminuir su pena. La trató, entonces, con toda la cariñosa indulgencia de una madre hacia su hijo favorito en su último día de vacaciones. A Marianne debía darse el mejor lugar junto a la chimenea, había que tentarla con todos los mejores manjares de la casa y entretenerla con el relato de todas las noticias del día. Si Elinor no hubiera visto en el triste semblante de su hermana un freno a todo regocijo, habría disfrutado de los esfuerzos de la señora Jennings por curar un desengaño de amor mediante toda una variedad de confituras y aceitunas y un buen fuego de chimenea. Sin embargo, apenas la conciencia de todo esto se abrió paso en Marianne por repetirse una y otra vez, no pudo seguir ahí. Con una viva exclamación de dolor y una señal a su hermana para que no la siguiera, se levantó y salió a toda pr isa de la habitación.

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