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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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– Ay, si pudiéramos hacer al menos eso, señora -dijo Elinor-, nos arreglaríamos de lo más bien con o sin el coronel Brandon.

Levantándose, entonces, fue a reunirse con Marianne, a quien encontró, tal como se lo había esperado, en su habitación, inclinada en silenciosa desesperación sobre los restos de lumbre en la chimenea, que hasta la entrada de Elinor habían sido su única luz.

– Mejor me dejas sola -fue toda la señal de atención que dio a su hermana.

– Lo haré -dijo Elinor-, si te vas a la cama.

A esto, sin embargo, con la momentánea porfía de un ardoroso padecimiento, se negó en un principio. Pero los insistentes, aunque gentiles, argumentos de su hermana pronto la condujeron suavemente a la docilidad; y antes de dejarla, Elinor la vio recostar su adolorida cabeza sobre la almohada y, tal como esperaba, en camino a un cierto sosiego.

En la, sala, adonde entonces se dirigió, pronto se le reunió la señora Jennings con un vaso de vino, lleno de algo, en la mano.

– Querida -le dijo al entrar-, acabo de recordar que acá en la casa tengo un poco del mejor vino añejo de Constantia que haya probado, así que le traje un vaso para su hermana. ¡Mi pobre esposo! ¡Cómo le gustaba! Cada vez que le daba uno de sus ataques de gota hepática, decía que nada en el mundo le hacía mejor. Por favor, lléveselo a su hermana.

– Mi querida señora -replicó Elinor, sonriendo ante la diferencia de los males para los que lo recomendaba-, ¡qué buena es usted! Pero acabo de dejar a Marianne acostada y, espero, casi dormida; y como creo que nada le servirá más que el descanso, si me lo permite, yo me beberé el vino.

La señora Jennings, aunque lamentando no haber llegado cinco minutos antes, quedó satisfecha con el arreglo; y Elinor, mientras se lo tomaba, pensaba que aunque su efecto en la gota hepática no tenía ninguna importancia en el momento, sus poderes curativos sobre un corazón desengañado bien podían probarse en ella tanto como en su hermana.

El coronel Brandon llegó cuando se encontraban tomando el té, y por su manera de mirar a su alrededor para ver si estaba Marianne, Elinor se imaginó de inmediato que ni esperaba ni deseaba verla ahí y, en suma, de que ya sabía la causa de su ausencia. A la señora Jennings no se le ocurrió lo mismo, pues poco después de la llegada del coronel cruzó la habitación hasta la mesa de té que presidía Elinor y le susurró:

– Vea usted, el coronel está tan serio como siempre. No sabe nada de lo ocurrido; vamos, cuénteselo, querida.

Al rato él acercó una silla a la mesa de Elinor, y con un aire que la hizo sentirse segura de que estaba plenamente al tanto, le preguntó sobre su hermana.

– Marianne no se encuentra bien -dijo ella-. Ha estado indispuesta durante todo el día y la hemos convencido de que se vaya a la cama.

– Entonces, quizá -respondió vacilante-, lo que escuché esta mañana puede ser verdad… puede ser más cierto de lo que creí posible en un comienzo.

– ¿Qué fue lo que escuchó?

– Que un caballero, respecto del cual tenía motivos para pensar… en suma, que un hombre a quien se sabía comprometido… pero, ¿cómo se lo puedo decir? Si ya lo sabe, como es lo más seguro, puede ahorrarme el tener que hacerlo.

– Usted se refiere -respondió Elinor con forzada tranquilidad- al matrimonio del señor Willoughby con la señorita Grey. Sí, sí sabemos todo al respecto. Este parece haber sido un día de esclarecimiento general, porque hoy mismo en la mañana recién lo descubrimos. ¡El señor Willoughby es incomprensible! ¿Dónde lo escuchó usted?

– En una tienda de artículos de escritorio en Pall Mall, adonde tuve que ir en la mañana. Dos señoras estaban esperando su coche y una le estaba contando a la otra de esta futura boda, en una voz tan poco discreta que me fue imposible no escuchar todo. El nombre de Willoughby, John Willoughby, repetido una y otra vez, atrajo primero mi atención, y a ello siguió la inequívoca declaración de que todo estaba ya decidido en relación con su matrimonio con la señorita Grey; ya no era un secreto, la boda tendría lugar dentro de pocas semanas, y muchos otros detalles sobre los preparativos y otros asuntos. En especial recuerdo una cosa, porque me permitió identificar al hombre con mayor precisión: tan pronto terminara la ceremonia partirían a Combe Magna, su propiedad en Somersetshire. ¡No se imagina mi asombro! Pero me seria imposible describir lo que sentí. La tan comunicativa dama, se me informó al preguntarlo, porque permanecí en la tienda hasta que se hubieron ido, era una tal señora Ellison; y ése, según me han dicho, es el nombre del tutor de la señorita Grey.

– Sí lo es. Pero, ¿escuchó también que la señorita Grey tiene cincuenta mil libras? Eso puede explicarlo, si es que algo puede.

– Podría ser así; pero Willoughby es capaz… al menos eso creo -se interrumpió durante un instante, y luego agregó en una voz que parecía desconfiar de sí misma-; y su hermana, ¿cómo lo ha…?

– Su sufrimiento ha sido enorme. Tan sólo me queda esperar que sea proporcionalmente breve. Ha sido, es la más cruel aflicción. Hasta ayer, creo, ella nunca dudó del afecto de Willoughby; e incluso ahora, quizá… pero, por mi parte, tengo casi la certeza de que él nunca estuvo realmente interesado en ella. ¡Ha sido tan falso! Y, en algunas cosas, parece haber una cierta crueldad en él.

– ¡Ah! -dijo el coronel Brandon-, por cierto que la hay. Pero su hermana no… me parece habérselo oído a usted… no piensa lo mismo que usted, ¿no?

– Usted sabe cómo es ella, y se imaginará de qué manera lo justificaría si pudiera.

El no respondió; y poco después, como se retirara el servicio de té y se for mara n los grupos para jugar a las cartas, debieron dejar de lado el tema. La señora Jennings, que los había observado conversar con gran placer y que esperaba ver cómo las palabras de la señorita Dashwood producían en el coronel Brandon un instantánea júbilo, semejante al que correspondería a un hombre en la flor de la juventud, de la esperanza y de la felicidad, llena de asombro lo vio permanecer toda la tarde más pensativo y más serio que nunca.

CAPITULO XXXI

Tras una noche en que había dormido más de lo esperado, Marianne despertó a la mañana siguiente para encontrarse sabiéndose tan desdichada como cuando había cerrado los ojos.

Elinor la animó cuanto pudo a hablar de lo que sentía; y antes de que estuviera listo el desayuno, habían recorrido el asunto una y otra vez, Elinor sin alterar su tranquila certeza y afectuosos consejos, y Marianne manteniendo la exacerbación de sus emociones y cambiando una y otra vez sus opiniones. A ratos creía a Willoughby tan desdichado e inocente como ella; y en otros, se desconsolaba ante la imposibilidad de absolverlo. En un momento le eran absolutamente indiferentes los comentarios del mundo, al siguiente se retiraría de él para siempre, y luego iba a resistirlo con toda su fuerza. En una cosa, sin embargo, permanecía constante al tratarse ese punto: en evitar, siempre que fuera posible, la presencia de la señora Jennings, y en su decisión de mantenerse en absoluto silencio cuando se viera obligada a soportarla. Su corazón se rehusaba a creer que la señora Jennings pudiera participar en su dolor con alguna compasión.

– No, no, no, no puede ser -exclamó-, ella es incapaz de sentir. Su afabilidad no es conmiseración; su buen carácter no es ternura. Todo lo que le interesa es chismorrear, y sólo le agrado porque le doy material para hacerlo.

Elinor no necesitaba escuchar esto para saber cuántas injusticias podía cometer su hermana, arrastrada por el irritable refinamiento de su propia mente cuando se trataba de opinar sobre los demás, y la excesiva importancia que atribuía a las delicadezas propias de una gran sensibilidad y al donaire de los modales cultivados. Al igual que medio mundo, si más de medio mundo fuera inteligente y bueno, Marianne, con sus excelentes cualidades y excelente disposición, no era ni razonable ni justa. Esperaba que los demás tuvieran sus mismas opiniones y sentimientos, y calificaba sus motivos por el efecto inmediato que tenían sus acciones en ella. Fue en estas circunstancias que, mientras las hermanas estaban en su habitación después del desayuno, ocurrió algo que rebajó aún más su opinión sobre la calidad de los sentimientos de la señora Jennings; pues, por su propia debilidad, permitió que le ocasionara un nuevo dolor, aunque la buena señora había estado guiada por la mejor voluntad.

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