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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—¡Fantástico! —dijo Guillermo—. ¡Esto se pone cada vez más interesante! —Echó una ojeada alrededor, y dijo—: Será mejor no exponer este descubrimiento a la curiosidad de nuestro misterioso huésped, suponiendo que aún esté aquí…

Se quitó las lentes y las dejó sobre la mesa. Después enrolló con cuidado el pergamino y lo guardó en el sayo. Todavía aturdido tras aquella secuencia de acontecimientos por demás milagrosos, estaba ya a punto de pedirle otras explicaciones cuando de pronto un ruido seco nos distrajo. Procedía del pie de la escalera oriental, por donde se subía a la biblioteca.

—Nuestro hombre está allí, ¡atrápalo! —gritó Guillermo.

Y nos lanzamos en aquella dirección, él más rápido y yo no tanto, por la lámpara. Oí un ruido como de alguien que tropezaba y caía; al llegar vi a Guillermo al pie de la escalera, observando un pesado volumen de tapas reforzadas con bullones metálicos. En ese momento oímos otro ruido, pero del lado donde estábamos antes.

—¡Qué tonto soy! —gritó Guillermo—. ¡Rápido, a la mesa de Venancio!

Me di cuenta de que alguien situado en la sombra detrás de nosotros había arrojado el libro para alejarnos del lugar.

De nuevo Guillermo fue más rápido y llegó antes a la mesa. Yo, que venía detrás, alcancé a ver entre las columnas una sombra que huía y embocaba la escalera del torreón occidental.

Encendido de coraje, pasé la lámpara a Guillermo y me lancé a ciegas hacia la escalera por la que había bajado el fugitivo. En aquel momento me sentía como un soldado de Cristo en lucha contra todas las legiones del infierno, y ardía de ganas de atrapar al desconocido para entregarlo a mi maestro. Casi rodé por la escalera de caracol tropezando con el ruedo de mi hábito (¡juro que aquella fue la única ocasión de mi vida en que lamenté haber entrado en una orden monástica!), pero en el mismo instante —la idea me vino como un relámpago— me consolé pensando que mi adversario también debía de sufrir el mismo impedimento. Y además, si había robado el libro, sus manos debían de estar ocupadas. Casi me precipité en la cocina, detrás del horno del pan, y a la luz de la noche estrellada que iluminaba pálidamente el vasto atrio, vi la sombra fugitiva, que salía por la puerta del refectorio, cerrándola detrás de sí. Me lancé hacia ella, tardé unos segundos en poder abrirla, entré, miré alrededor, y no vi a nadie. La puerta que daba al exterior seguía atrancada. Me volví. Sombra y silencio. Percibí un resplandor en la cocina. Me aplasté contra una pared. En el umbral que comunicaba los dos ambientes apareció una figura iluminada por una lámpara. Grité. Era Guillermo.

—¿Ya no hay nadie? Me lo imaginaba. Ese no ha salido por una puerta. ¿No ha cogido el pasadizo del osario?

—¡No, ha salido por aquí, pero no sé por dónde!

—Ya te lo he dicho, hay otros pasadizos, y es inútil que los busquemos. Quizás en este momento nuestro hombre esté saliendo al exterior en algún sitio alejado del Edificio. Y con él mis lentes.

—¿Vuestras lentes?

—Como lo oyes. Nuestro amigo no ha podido quitarme el folio, pero, con gran presencia de ánimo, al pasar por la mesa ha cogido mis lentes.

—¿Y por qué?

—Porque no es tonto. Ha oído lo que dije sobre estas notas, ha comprendido que eran importantes, ha pensado que sin las lentes no podría descifrarlas, y sabe muy bien que no confiaré en nadie como para mostrárselas. De hecho, es como si no las tuviese.

—Pero ¿cómo sabía que teníais esas lentes?

—¡Vamos! Aparte del hecho de que ayer hablamos de ellas con el maestro vidriero, esta mañana en el scriptorium las he usado mientras estaba hurgando entre los folios de Venancio. De modo que hay muchas personas que podrían conocer el valor de ese objeto. En efecto: todavía podría leer un manuscrito normal, pero éste no —y empezó a desenrollar el misterioso pergamino—, porque la parte escrita en griego está en letra demasiado pequeña, y la parte superior es demasiado borrosa…

Me mostró los signos misteriosos que habían aparecido como por encanto al calor de la llama:

—Venancio quería ocultar un secreto importante y utilizó una de aquellas tintas que escriben sin dejar huella y reaparecen con el calor. O, si no, usó zumo de limón. En todo caso, como no sé qué sustancia utilizó y los signos podrían volver a desaparecer, date prisa, tú que tienes buenos ojos, y cópialos en seguida, lo más parecidos que puedas, y no estaría mal que los agrandaras un poco.

Esto hice, sin saber lo que copiaba. Era una serie de cuatro o cinco líneas que en verdad parecían de brujería. Aquí sólo reproduzco los primeros signos, para dar al lector una idea del enigma que teníamos ante nuestros ojos:

Cuando hube acabado de copiar, Guillermo cogió mi tablilla y, a pesar de estar sin lentes, la mantuvo lejos de sus ojos para poderla examinar.

—Sin duda se trata de un alfabeto secreto, que habrá que descifrar —dijo—. Los trazos no son muy firmes, y es probable que tu copia tampoco los haya mejorado, pero es evidente que los signos pertenecen a un alfabeto zodiacal. ¿Ves? En la primera líneas tenemos… —Alejó aún más la tablilla, entrecerró los ojos en un esfuerzo de concentración dijo—: Sagitario, Sol, Mercurio, Escorpión…

—¿Qué significan?

—Si Venancio hubiese sido un ingenuo, habría usado el alfabeto zodiacal más corriente: A igual a Sol, B igual a Júpiter… Entonces la primera línea se leería así… intenta transcribirla: RAIOASVL… —Se interrumpió—. No, no quiere decir nada, y Venancio no era ningún ingenuo. Se valió de otra clave para transformar el alfabeto. Tendré que descubrirla.

—¿Se puede? —pregunté admirado.

—Sí, cuando se conoce un poco la sabiduría de los árabes. Los mejores tratados de criptografía son obra de sabios infieles, y en Oxford he podido hacerme leer alguno de ellos. Bacon tenía razón cuando decía que la conquista del saber pasa por el conocimiento de las lenguas. Hace siglos Abu Bakr Ahmad ben Ali ben Washiyya an-Nabati escribió un Libro del frenético deseo del devoto por aprender los enigmas de las escrituras antiguas, donde expuso muchas reglas para componer y descifrar alfabetos misteriosos, útiles para las prácticas mágicas, pero también para la correspondencia entre los ejércitos o entre un rey y sus embajadores. He visto asimismo otros libros árabes donde se enumera una serie de artificios bastante ingeniosos. Por ejemplo, puedes remplazar una letra por otra, puedes escribir una palabra al revés, puedes invertir el orden de las letras, pero tomando una sí y otra no, y volviendo a empezar luego desde el principio, puedes, como en este caso, remplazar las letras por signos zodiacales, pero atribuyendo a las letras ocultas su valor numérico, para después, según otro alfabeto, transformar los números en otras letras…

—¿Y cuál de esos sistemas habrá utilizado Venancio?

—Habría que probar todos éstos, y también otros. Pero la primera regla para descifrar un mensaje consiste en adivinar lo que quiere decir.

—¡Pero entonces ya no es preciso descifrarlo! —exclamé riendo.

—No quise decir eso. Lo que hay que hacer es formular hipótesis sobre cuáles podrían ser las primeras palabras del mensaje, y después ver si la regla que de allí se infiere vale para el resto del texto. Por ejemplo, aquí Venancio ha cifrado sin duda la clave para entrar en el finis Africae. Si trato de pensar que el mensaje habla de eso, de pronto descubro un ritmo… Trata de mirar las primeras tres palabras, sin considerar las letras, atendiendo sólo a la cantidad de signos IIIIIIII IIIII IIIIIII… Ahora trata de dividir los grupos en sílabas de al menos dos símbolos cada una, y recita en voz alta: ta-ta-ta, ta-ta, ta-ta-ta… ¿No se te ocurre nada?

—A mí no.

—Pero a mí sí. Secretum finis Africae… Si es así, en la última palabra la primera y la sexta letra deberían ser iguales; y así es, el símbolo de la Tierra aparece dos veces. Y la primera letra de la primera palabra, la S, debería ser igual a la última de la segunda: y, en efecto, el signo de la Virgen se repite. Tal vez estemos en el buen camino. Sin embargo, también podría tratarse de una serie de coincidencias. Hay que descubrir una regla de correspondencia…

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