El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
—¿Tendréis las lentes? ¿Cómo haréis para recuperarlas?
—He dicho que tendré lentes. Haré unas nuevas. Creo que el vidriero está esperando una ocasión como ésta para probar algo nuevo. Suponiendo que disponga de instrumentos adecuados para tallar los vidrios. Porque estos últimos no faltan en su taller.
Mientras deambulábamos buscando el camino, sentí de pronto, en medio de una habitación, una mano invisible que me acariciaba el rostro, al tiempo que un gemido, que no era humano ni animal, resonaba en aquel cuarto y en el de al lado, como si un espíritu vagase por las salas. Debería de haber estado preparado para las sorpresas de la biblioteca, pero de nuevo me aterroricé y di un salto hacia atrás. También Guillermo debía de haber sentido lo mismo que yo, porque se estaba tocando la mejilla, y, con la lámpara en alto, miraba a su alrededor. Alzó una mano, después observó la llama, que ahora parecía más viva. Entonces se humedeció un dedo y lo mantuvo vertical delante de sí.
—¡Claro! —exclamó después.
Y me mostró dos sitios, en dos paredes enfrentadas, donde, a la altura de un hombre, se abrían dos troneras muy estrechas. Bastaba acercar la mano para sentir el aire frío que llegaba del exterior. Y al acercar la oreja se oía un murmullo, como si ahora soplase viento afuera.
—Algún sistema de ventilación debía tener la biblioteca —dijo Guillermo—. Si no la atmósfera sería irrespirable, sobre todo en verano. Además, estas troneras también aseguran una dosis adecuada de humedad, para que los pergaminos no se sequen. Pero los fundadores fueron aún más ingeniosos. Dispusieron las troneras de tal modo que, en las noches de viento, el aire que penetra por estas aberturas forme corrientes cruzadas que, al atascarse en las sucesivas habitaciones, produzcan los sonidos que acabamos de oír. Sumados a los espejos y a las hierbas, estos últimos infunden aún más miedo a los incautos que, como nosotros, penetran en la biblioteca sin conocer bien su disposición. Por un instante hemos pensado que unos fantasmas nos estaban echando su aliento sobre el rostro. Hasta ahora no lo habíamos sentido porque sólo ahora se ha levantado viento. Otro misterio resuelto. ¡Pero todavía no sabemos cómo salir!
Mientras hablábamos seguíamos deambulando, extraviados, sin ni siquiera leer las inscripciones, que parecían todas iguales. Nos topamos con una nueva sala heptagonal, recorrimos las habitaciones adyacentes, y tampoco encontramos la salida. Retrocedimos. Pasó casi una hora. No intentábamos saber dónde podíamos estar. En determinado momento, Guillermo decidió que debíamos darnos por vencidos y que sólo quedaba echarse a dormir en alguna sala, y esperar que al otro día Malaquías nos encontrase. Mientras nos lamentábamos por el miserable final de nuestra hermosa empresa, reencontramos de pronto la sala donde estaba la escalera. Agradecimos al cielo con fervor, y bajamos llenos de alegría.
Una vez en la cocina, nos lanzamos hacia la chimenea. Entramos en el pasadizo del osario, y juro que la mueca mortuoria de aquellas cabezas descarnadas me pareció dulce como la sonrisa de alguien querido. Regresamos a la iglesia y salimos por la puerta septentrional, para ir a sentarnos, felices, entre las lápidas. El agradable aire de la noche me pareció un bálsamo divino. Las estrellas brillaban a nuestro alrededor, y las visiones de la biblioteca me parecieron bastante lejanas.
—¡Qué hermoso es el mundo y qué feos son los laberintos! —dije aliviado.
—¡Qué hermoso sería el mundo si existiese una regla para orientarse en los laberintos! —respondió mi maestro.
—¿Qué hora será? —pregunté.
—He perdido la noción del tiempo. Pero convendría que estemos en nuestras celdas antes de que llamen a maitines.
Caminamos junto a la pared izquierda de la iglesia, pasamos frente a la portada (giré la cabeza porque no quería ver a los ancianos del Apocalipsis, ¡super thronos viginti quatuor!) y atravesamos el claustro para llegar al albergue de los peregrinos. En el umbral del edificio estaba el Abad, que nos miró con gesto severo.
—Os he buscado durante toda la noche —dijo, dirigiéndose a Guillermo—. No os he encontrado en vuestra celda ni en la iglesia…
—Estábamos siguiendo una pista —dijo vagamente Guillermo, con visible incomodidad.
El Abad lo miró un momento y luego dijo con voz grave y pausada:
—Os busco desde que acabó el oficio de completas. Berengario no estaba en el coro.
—¡Qué me estáis diciendo! —exclamó Guillermo con aire risueño. En efecto: acababa de convencerse de que había estado escondido en el scriptorium.
—No estaba en el coro durante el oficio de completas —repitió el Abad—, y no ha regresado a su celda. Están por llamar a maitines. Veremos si aparece ahora. Si no, me temo que haya sucedido otra desgracia.
Cuando llamaron a maitines, Berengario no estaba.
TERCER DÍA
ENTRE LAUDES Y PRIMA
Mientras escribo vuelvo a sentir el cansancio de aquella noche, mejor dicho, de aquella mañana. Después del oficio, el Abad ordenó a la mayoría de los monjes, ya alarmados, que buscaran por todas partes. Búsqueda infructuosa.
Cuando estaban por llamar a laudes, un monje que buscaba en la celda de Berengario encontró, bajo el jergón, un paño manchado de sangre. Al verlo, el Abad pensó que era un mal presagio. Estaba presente Jorge, quien, una vez enterado, dijo: «¿Sangre?», como si le pareciera inverosímil. Cuando se lo dijeron a Alinardo, éste movió la cabeza y comentó:
—No, no, con la tercera trompeta la muerte viene por agua…
—Ahora todo está claro —dijo Guillermo al observar el paño.
—¿Entonces dónde está Berengario? —le preguntaron.
—No lo sé —respondió.
Al oírlo, Aymaro alzó los ojos al cielo y dijo por lo bajo a Pietro da San Albano:
—Así son los ingleses.
Ya cerca de prima, cuando el sol había salido, se enviaron sirvientes a explorar al pie del barranco, a todo lo largo de la muralla. Regresaron a la hora tercia, sin haber encontrado nada.
Guillermo me dijo que no podíamos hacer nada útil, que había que esperar los acontecimientos. Dicho eso, se dirigió a la herrería, donde se enfrascó en una sesuda conversación con Nicola, el maestro vidriero.
Yo me senté en la iglesia, cerca de la puerta central, mientras se celebraban las misas. Así, devotamente, me quedé dormido, y por mucho tiempo, porque, al parecer, los jóvenes necesitan dormir más que los viejos, quienes ya han dormido mucho y se disponen a hacerlo para toda la eternidad.
TERCIA
Salí de la iglesia menos fatigado pero con la mente confusa, porque sólo en las horas nocturnas el cuerpo goza de un descanso tranquilo. Subí al scriptorium, pedí permiso a Malaquías y me puse a hojear el catálogo. Mientras miraba distraído los folios que iban pasando ante mis ojos, lo que en realidad hacía era observar a los monjes.
Me impresionó la calma y la serenidad con que estaban entregados a sus tareas, como si no hubiese desaparecido uno de sus hermanos y no lo estuvieran buscando afanosamente por todo el recinto, y como si ya no hubiesen muerto otros dos en circunstancias espantosas. Aquí se ve, dije para mí, la grandeza de nuestra orden: durante siglos y siglos, hombres como éstos han asistido a la irrupción de los bárbaros, al saqueo de sus abadías. Han visto precipitarse reinos en vórtices de fuego, y, sin embargo, han seguido ocupándose con amor de sus pergaminos y sus tintas, y han seguido leyendo en voz baja unas palabras transmitidas a través de los siglos y que ellos transmitirían a los siglos venideros. Si habían seguido leyendo y copiando cuando se acercaba el milenio, ¿por qué dejarían de hacerlo ahora?