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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—¿El cillerero? ¿Remigio da Varagine un dulciniano? Me parece el ser más apacible, y en todo caso menos preocupado por nuestra señora la pobreza, que jamás haya visto… —dijo Guillermo.

—Y, en efecto, no puedo reprocharle nada, y le estoy agradecido por sus buenos servicios, que le han valido el reconocimiento de toda la comunidad. Pero digo esto para que comprendáis lo fácil que es encontrar relaciones entre un fraile y un fraticello.

—De nuevo vuestra excelencia es injusta, si puedo permitirme esta palabra —lo interrumpió Guillermo—. Estábamos hablando de los dulcinianos, no de los fraticelli. De los que podrá decirse cualquier cosa (sin saber tampoco de quiénes se habla, porque los hay de muchas clases), salvo que sean sanguinarios. Lo más que podrá reprochárseles es haber puesto en práctica sin demasiada sensatez lo que los espirituales han predicado con mayor mesura y animados por el auténtico amor a Dios, y en este sentido admito que el límite entre unos y otros es bastante tenue.

—¡Pero los fraticelli son herejes! —lo interrumpió secamente el Abad—. No se limitan a afirmar la tesis de la pobreza de Cristo y los apóstoles, doctrina que, si bien no tiendo a compartir, me parece un arma útil para contrarrestar la soberbia de los de Aviñón. Los fraticelli extraen de esa doctrina una consecuencia práctica, se valen de ella para legitimar la rebelión, el saqueo, la perversión de las costumbres.

—Pero, ¿qué fraticelli?

—Todos en general. Sabéis que se han manchado con crímenes innombrables, que no reconocen el matrimonio, que niegan el infierno, que cometen sodomía, que abrazan la herejía bogomila del ordo Bulgarie y del ordo Drygonthie…

—¡Por favor, no confundáis cosas distintas! ¡Habláis de los fraticelli, de los patarinos, de los valdenses, de los cátaros, y entre éstos de los bogomilos de Bulgaria y herejes de Dragovitsa, como si todos fuesen iguales!

—Lo son —dijo secamente el Abad—, lo son porque son herejes y lo son porque ponen en peligro el orden mismo del mundo civil, incluido el orden del imperio que al parecer vos defendéis. Hace más de cien años, los secuaces de Arnaldo da Brescia incendiaron las casas de los nobles y de los cardenales, y esos fueron los frutos de la herejía lombarda de los patarinos. Conozco historias terribles sobre aquellos herejes, y las he leído en Cesario de Eisterbach. En Verona, el canónigo de San Gedeón, Everardo, advirtió en cierta ocasión que el dueño de la casa donde se hospedaba salía todas las noches junto con su mujer y su hija. Interrogó a uno de los tres para saber adónde iban y qué hacían. Ven y verás, fue la respuesta, y los siguió hasta una casa subterránea muy grande, donde estaban reunidas muchas personas de ambos sexos. En medio del silencio general, un heresiarca pronunció un discurso plagado de blasfemias, con la intención de corromper sus vidas y sus costumbres. Después, apagadas las velas, cada cual se echó sobre su vecina, sin hacer distinciones entre la esposa legítima y la mujer soltera, entre la viuda y la virgen, entre la patrona y la sierva, como tampoco (¡aún peor!, ¡que el Señor me perdone por hablar de cosas tan horribles!) entre la hija y la hermana. Al ver todo eso, Everardo, joven frívolo y lujurioso, fingiéndose discípulo, se acercó no sé si a la hija del dueño de su casa o a otra muchacha, y cuando se apagaron las velas pecó con ella. Desgraciadamente, siguió partici-pando en esas reuniones durante más de un año, hasta que un día el maestro dijo que aquel joven frecuentaba con tanto provecho sus sesiones que no tardaría en poder iniciar a los neófitos. Fue entonces cuando Everardo comprendió en qué abismo había caído, y consiguió librarse de su seducción diciendo que no había frecuentado aquella casa porque lo atrajese la herejía, sino porque lo atraían las muchachas. Fue expulsado. Pero así, como veis, es la ley y la vida de los herejes, patarinos, cátaros, joaquinistas, espirituales de toda calaña. Y no hay que asombrarse de que así sea: no creen en la resurrección de la carne ni en el infierno como castigo de los malvados, y consideran que pueden hacer cualquier cosa impunemente. En efecto, se llaman a sí mismos catharoi, o sea puros.

—Abbone, vivís aislado en esta espléndida y santa abadía, alejada de las iniquidades del mundo. La vida de las ciudades es mucho más compleja de lo que creéis, y, como sabéis, también en el error y en el mal hay grados. Lot fue mucho menos pecador que sus conciudadanos, que concibieron pensamientos inmundos incluso sobre los ángeles enviados por Dios, y la traición de Pedro fue nada comparada con la traición de Judas; en efecto, uno fue perdonado y el otro no. No podéis considerar que los patarinos y los cátaros sean lo mismo. Los patarinos son un movimiento de reforma de las costumbres dentro de las leyes de la santa madre iglesia. Lo que siempre quisieron fue mejorar el modo de vida de los eclesiásticos.

—Afirmando que no debían tomarse los sacramentos impartidos por sacerdotes impuros…

—En lo que erraron, pero este fue su único error de doctrina. Porque ellos nunca se propusieron alterar la ley de Dios.

—Pero la prédica patarina de Arnaldo da Brescia, en Roma, hace más de doscientos años, lanzó a la turba de los campesinos a incendiar las casas de los nobles y de los cardenales.

—Arnaldo intentó atraer hacia su movimiento de reforma a los magistrados de la ciudad. Estos no lo siguieron. Quienes sí lo escucharon fueron los pobres y los desheredados. Él no fue responsable de la energía y la furia con que estos últimos respondieron a sus llamamientos en pro de una ciudad menos corrupta.

—La ciudad siempre es corrupta.

—La ciudad es el sitio donde hoy vive el pueblo de Dios, del que vos, del que nosotros somos los pastores. Es el sitio del escándalo, donde el prelado rico predica la virtud al pueblo pobre y hambriento. Los desórdenes de los patarinos nacen de esa situación. Son dolorosos, pero no son incomprensibles. Los cátaros son otra cosa. Es una herejía oriental, ajena a la doctrina de la iglesia. No sé si realmente cometen o han cometido los crímenes que se les imputan. Sé que rechazan el matrimonio, que niegan el infierno. Me pregunto si muchas de las falsas imputaciones que se les han hecho no se basan sólo en el carácter (sin duda, abominable) de sus ideas.

—¿Me estáis diciendo que los cátaros no se mezclaron con los patarinos, y que ambos no son sino dos de las innumerables caras de la misma manifestación demoníaca?

—Digo que muchas de esas herejías, independientemente de las doctrinas que defienden, tienen éxito entre los simples porque les sugieren la posibilidad de una vida distinta. Digo que en general los simples no saben mucho de doctrina. Digo que a menudo ha sucedido que las masas de simples confundieran la predicación cátara con la de los patarinos, y ésta en general con la de los espirituales. La vida de los simples, Abbone, no está iluminada por el saber y el sentido agudo de las distinciones, propios de los hombres sabios como nosotros. Además, es una vida obsesionada por la enfermedad y la pobreza, y por la ignorancia, que les impide expresarlas en forma inteligible. A menudo, para muchos de ellos, la adhesión a un grupo herético es sólo una manera como cualquier otra de gritar su desesperación. La casa de un cardenal puede quemarse porque se desea perfeccionar la vida del clero, o bien porque se considera inexistente el infierno que éste predica. Pero siempre se quema porque existe el infierno de este mundo, donde vive el rebaño que debemos cuidar. Y sabéis muy bien que, si ellos no distinguen entre la iglesia búlgara y los secuaces del cura Liprando, a menudo ha sucedido que las autoridades imperiales y sus partidarios tampoco han distinguido entre los espirituales y los herejes. No pocas veces grupos de gibelinos han apoyado movimientos populares de inspiración cátara, porque les convenía en su lucha política. Considero que obraron mal. Pero luego he sabido que a menudo esos mismos grupos, para deshacerse de esos adversarios inquietos y peligrosos, y demasiado «simples», atribuyeron a unos las herejías de los otros, y los empujaron a todos a la hoguera. He visto, os juro Abbone, he visto con mis propios ojos, hombres de vida virtuosa, partidarios sinceros de la pobreza y la castidad, pero enemigos de los obispos, a quienes estos últimos entregaron al brazo secular, estuviese éste al servicio del imperio o de las ciudades libres, acusándolos de promiscuidad sexual y sodomía, prácticas abominables en las que otros, quizá, pero no ellos habían incurrido. Los simples son carne de matadero: se los utiliza cuando sirven para debilitar al poder enemigo, y se los sacrifica cuando ya no sirven.

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