El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
—O sea que —dijo el Abad con evidente malicia—, entre Dulcino y sus locos, y entre Gherardo Segalelli y aquellos infames asesinos, hubo cátaros malvados o fraticelli virtuosos, bogomilos sodomitas o patarinos reformadores. ¿Mé diréis, entonces, Guillermo, vos que todo lo sabéis sobre los herejes, hasta el punto de parecer uno de ellos, quién tiene la verdad?
—A veces ninguna de las partes —dijo con tristeza Guillermo.
—¿Veis cómo tampoco vos sabéis distinguir entre los diferentes tipos de herejes? Yo al menos tengo una regla. Sé que son herejes los que ponen en peligro el orden que gobierna al pueblo de Dios. Y defiendo al imperio porque me asegura la vigencia de ese orden. Combato al papa porque está entregando el poder espiritual a los obispos de las ciudades, que se alían con los mercaderes y las corporaciones, y serán incapaces de mantener ese orden. Nosotros lo hemos mantenido durante siglos. Y en cuanto a los herejes, también tengo una regla, que se resume en la respuesta de Arnaldo Amalrico, abad de Citeaux, cuando le preguntaron qué había que hacer con los ciudadanos de Beziers, ciudad sospechosa de herejía: «Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos».
Guillermo bajó la mirada y permaneció un momento en silencio. Después dijo:
—La ciudad de Beziers fue tomada, y los nuestros no hicieron diferencias de dignidad ni de sexo ni de edad, y pasaron por las armas a casi veinte mil hombres. Después de la matanza, la ciudad fue saqueada y quemada.
—Una guerra santa sigue siendo una guerra.
—Una guerra santa sigue siendo una guerra. Quizá por eso no deberían existir guerras santas. Pero, ¿qué estoy diciendo?, he venido para defender los derechos de Ludovico, quien, sin embargo, está arrasando Italia. También yo me encuentro atrapado en un extraño juego de alianzas. Extraña la alianza de los espirituales con el imperio; extraña la del imperio con Marsilio, que reclama la soberanía para el pueblo; extraña también la de nosotros dos, tan distintos por nuestros objetivos y nuestras tradiciones. Pero tenemos dos tareas en común. El éxito del encuentro, y el descubrimiento de un asesino. Tratemos de realizarlas en paz.
El Abad abrió los brazos:
—Dadme el beso de la paz, fray Guillermo. Con un hombre de vuestro saber podríamos discutir largamente de sutiles cuestiones teológicas y morales. Pero no debemos caer en la tentación de discutir por mero gusto, como hacen los maestros de París. Es cierto, hay una tarea importante que nos espera, y debemos proceder de común acuerdo. Pero he hablado de estas cosas porque creo que existe una relación, ¿comprendéis?, una posible relación, o bien la posibilidad de que otros puedan establecer una relación, entre los crímenes que se han producido y las tesis de vuestros hermanos. Por eso os he avisado, para que evitemos cualquier sospecha o insinuación por parte de los aviñoneses.
—¿No debería suponer también que vuestra sublimidad me ha sugerido además una pista para mi investigación? ¿Pensáis que en el fondo de los acontecimientos recientes puede haber alguna historia oscura, relacionada con el pasado herético de algún monje?
El Abad calló unos instantes, mirando a Guillermo, y sin que su rostro mostrara expresión alguna. Después dijo:
—En este triste asunto el inquisidor sois vos. A vos incumbe abrigar sospechas y arriesgaros incluso a que no sean justas. Yo sólo soy aquí el padre común. Y, añado, si hubiese sabido que el pasado de alguno de mis monjes permitía abrigar sospechas fundadas, ya habría procedido a arrancar esa mala hierba. Os he dicho todo lo que sé. Es justo que lo que no sé surja a la luz gracias a vuestra sagacidad. En todo caso, no dejéis de informarme, y a mí en primer lugar.
Saludó y salió de la iglesia.
—La historia se complica, querido Adso —dijo Guillermo con gesto sombrío—. Corremos detrás de un manuscrito, nos interesamos en las diatribas de algunos monjes demasiado curiosos y en el comportamiento de otros monjes demasiado lujuriosos, y de pronto se perfila, cada vez con mayor nitidez, otra pista, totalmente distinta. El cillerero, pues… Y con él vino ese extraño animal, Salvatore… Pero ahora debemos ir a descansar, porque hemos decidido no dormir durante la noche.
—Entonces, ¿todavía pensáis entrar en la biblioteca esta noche? ¿Creéis que esta historia del cillerero es una mera sospecha del Abad?
Guillermo caminó hacia el albergue de los peregrinos. Al llegar al umbral se detuvo y retomó lo que estaba diciendo:
—En el fondo; el Abad me pidió que investigara sobre la muerte de Adelmo cuando pensaba que algo turbio sucedía entre sus monjes jóvenes. Pero ahora la muerte de Venancio despierta otras sospechas. Quizás el Abad ha intuido que la clave del misterio se encuentra en la biblioteca, y no quiere que investigue sobre eso. Y entonces me ofrece la pista del cillerero precisamente para apartar mi atención del Edificio.
—Pero, ¿por qué no querría que…?
—No preguntes demasiado. El Abad me dijo desde el principio que la biblioteca no se toca. Sus razones tendrá. Quizá también él está envuelto en algo que al principio no creía vinculado con la muerte de Adelmo, y ahora ve que el escándalo se va extendiendo y que él mismo puede resultar implicado. Y no quiere que se descubra la verdad, o al menos no quiere que sea yo quien la descubra…
—Pero entonces vivimos en un sitio abandonado por Dios —dije con desánimo.
—¿Acaso has conocido alguno en el que Dios se sintiese a sus anchas? —me preguntó Guillermo, mirándome desde la cima de su estatura.
Después me dijo que fuese a descansar. Mientras me acostaba, pensé que mi padre no debería haberme enviado a recorrer el mundo, pues era más complejo de lo que yo creía. Estaba aprendiendo demasiado.
—Salva me ab ore leonis[64] —recé mientras me quedaba dormido.
DESPUÉS DE VÍSPERAS
Me desperté cuando estaba por sonar la hora de la cena. Me sentía atontado por el sueño, porque el sueño diurno es como el pecado carnaclass="underline" cuanto más dura mayor es el deseo que se siente de él, pero la sensación que se tiene no es de felicidad, sino una mezcla de hartazgo y de insatisfacción. Guillermo no estaba en su celda; era evidente que hacía mucho que se había levantado. Después de dar unas vueltas, lo encontré cuando salía del Edificio. Me dijo que había estado en el scriptorium, hojeando el catálogo y observando el trabajo de los monjes, siempre con la idea de acercarse a la mesa de Venancio para seguir revisándola. Sin embargo, por uno u otro motivo, todos parecían interesados en no dejar que curioseara entre aquellos folios. Primero se le había acercado Malaquías, para mostrarle unas miniaturas muy exquisitas. Después, Bencio lo había tenido ocupado con cualquier pretexto. A continuación, cuando estaba ya inclinado para proseguir su inspección, Berengario se había puesto a revolotear a su alrededor ofreciéndose a ayudarle.
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«sálvame de la boca del león».