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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—¿Y las ventanas? ¿Cómo puede haber tantas ventanas? Es imposible que todas las habitaciones den al exterior.

—Olvidas el pozo central. Muchas de las ventanas que hemos visto dan al octógono del pozo. Si fuese de día, la diferencia de luminosidad nos permitiría distinguir las ventanas externas de las internas, e incluso, reconocer quizá la posición de las habitaciones respecto al sol. Pero por la noche no se ven esas diferencias. Retrocedamos.

Regresamos a la habitación del espejo y nos dirigimos hacia la tercera puerta, por la que nos pareció que aún no habíamos pasado. Vimos una sucesión de tres o cuatro habitaciones, y en el fondo vislumbramos un resplandor.

—¡Hay alguien! —exclamé ahogando la voz.

—Si lo hay, ya ha percibido nuestra lámpara —dijo Guillermo, cubriendo, sin embargo, la llama con la mano. Permanecimos quietos durante uno o dos minutos. El resplandor seguía oscilando levemente, pero sin aumentar ni disminuir.

—Quizá sólo sea una lámpara —siguió Guillermo—, de las que se ponen para convencer a los monjes de que la biblioteca está habitada por las almas de los muertos. Pero hay que averiguarlo. Tú quédate aquí cubriendo la lámpara, mientras yo me adelanto con cautela.

Todavía avergonzado por el triste papel que había hecho delante del espejo, quise redimirme ante los ojos de Guillermo:

—No, voy yo —dije—, vos quedaos aquí. Avanzaré con cautela, soy más pequeño y más ágil. Tan pronto como compruebe que no hay peligro os llamaré.

Así lo hice. Atravesé tres habitaciones caminando pegado a las paredes, ágil como un gato (o como un novicio que baja a la cocina para robar queso de la despensa, empresa en la que había tenido ocasión de destacarme en Melk). Llegué hasta el umbral de la habitación de donde procedía el resplandor, bastante débil, y pegándome a la pared en que se apoyaba la columna de la derecha, me asomé‚ para espiar. No había nadie. Sobre la mesa había una especie de lámpara que, casi extinguida, despedía abundante humo. No era una linterna como la nuestra. Parecía más bien un turíbolo[82] descubierto; no tenía llama, pero bajo una tenue capa de ceniza algo se quemaba. Me armé de valor y entré. Junto al turíbolo, sobre la mesa, había un libro abierto en el que se veían imágenes de colores muy vivos. Me acerqué y vi cuatro franjas de diferentes colores: amarillo, bermellón, turquesa y tierra quemada. Destacaba la figura de una bestia horrible, un dragón de diez cabezas, que con la cola barría las estrellas del cielo y las arrojaba hacia la tierra. De pronto vi que el dragón se multiplicaba, y las escamas se separaban de la piel para formar un anillo rutilante que giraba alrededor de mi cabeza. Me eché hacia atrás y vi que el techo de la habitación se inclinaba y bajaba hacia mí. Después escuché como un silbido de mil serpientes, pero no terrorífico, sino casi seductor, y apareció una mujer rodeada de luz, que acercó su rostro al mío echándome el aliento. Extendí los brazos para alejarla y me pareció que mis manos tocaban los libros del armario de enfrente, o que éstos se agrandaban enormemente. Ya no sabía dónde me encontraba, ni dónde estaba la tierra ni el cielo. En el centro de la habitación vi a Berengario, que me miraba con una sonrisa desagradable, rebosante de lujuria. Me cubrí el rostro con las manos y mis manos me parecieron viscosas y palmeadas como patas de escuerzo. Grité, creo, y sentí un sabor ligeramente ácido en la boca. Y entonces me hundí en una oscuridad infinita, que parecía abrirse más y más bajo mis pies, y perdí el conocimiento.

Después de lo que me parecieron siglos, desperté al sentir unos golpes que retumbaban en mi cabeza. Estaba tendido en el suelo y Guillermo me estaba dando bofetadas en las mejillas. Ya no me encontraba en aquella habitación, y mis ojos descubrieron una inscripción que rezaba Requiescant a laboribus suis.[83]

—Vamos, vamos, Adso —me susurraba mi maestro—. No es nada.

—Las cosas… —dije, todavía delirando—. Allí, la bestia…

—Ninguna bestia. Te he encontrado delirando al pie de una mesa sobre la que había un bello apocalipsis mozárabe, abierto en la página de la mulier amicta sole[84] enfrente del dragón. Pero por el olor me di cuenta de que habías respirado algo malo, y en seguida te saqué de allí. También a mí me duele la cabeza.

—Pero ¿qué he visto?

—No has visto nada. Lo que sucede es que en aquella habitación se quemaban unas sustancias capaces de provocar visiones. Las reconocí por el olor. Es algo de los árabes; quizá lo mismo que el Viejo de la Montaña hacía aspirar a sus asesinos antes de cada misión. Así se explica el misterio de las visiones. Alguien pone hierbas mágicas durante la noche para hacer creer a los visitantes inoportunos que la biblioteca está protegida por presencias diabólicas. En definitiva, ¿qué sentiste?

Confusamente, por lo que fui capaz de recordar, le describí mi visión. Guillermo se echó a reír:

—La mitad es una ampliación de lo que habías visto en el libro, y la otra mitad es la expresión de tus deseos y de tus miedos. Esos son los efectos que provocan dichas hierbas. Mañana tendremos que hablar con Severino; creo que sabe más de lo que quiere hacernos creer. Son hierbas, sólo hierbas, sin necesidad de las operaciones nigrománticas que mencionaba el vidriero. Hierbas, espejos… Son muchos y muy sabios los artificios que se utilizan para defender este sitio consagrado al saber prohibido. La ciencia usada, no para iluminar, sino para ocultar. La santa defensa de la biblioteca está en manos de una mente perversa. Pero la noche ha sido dura. Ahora hay que salir de aquí. Estás descompuesto y necesitas agua y aire fresco. Es inútil tratar de abrir estas ventanas; están demasiado altas y probablemente hace décadas que no se abren. ¿Cómo han podido pensar que Adelmo se arrojó por una de ellas?

Salir, dijo Guillermo. Como si fuese fácil. Sabíamos que a la biblioteca sólo podía llegarse por un torreón, el oriental. Pero ¿dónde estábamos en aquel momento? Habíamos perdido totalmente la orientación. Mientras deambulábamos temiendo no poder salir nunca de allí, yo tambaleándome aún y a punto de vomitar, Guillermo bastante preocupado por mí y enfadado consigo mismo por la insuficiencia de sus conocimientos, tuvimos, mejor dicho tuvo él, una idea para el día siguiente. Suponiendo que lográsemos salir, deberíamos regresar a la biblioteca con un tizón de madera quemada o con otra sustancia apta para marcar signos en las paredes.

—Sólo hay una manera —recitó, en efecto, Guillermo— de encontrar la salida de un laberinto. Al llegar a cada nudo nuevo, o sea hasta el momento no visitado, se harán tres signos en el camino de llegada. Si se observan signos en alguno de los caminos del nudo, ello indicará que el mismo ya ha sido visitado, y entonces sólo se marcará un signo en el camino de llegada. Cuando todos los pasos de un nudo ya estén marcados, habrá que retroceder. Pero si todavía quedan uno o dos pasos sin marcar, se escogerá uno al azar, y se lo marcará con dos signos. Cuando se escoja un paso marcado con un solo signo, se marcarán dos más, para que ya tenga tres. Si al llegar a un nudo sólo se encuentran pasos marcados con tres signos, o sea, si no quedan pasos que aún falte marcar, ello indicará que ya se han recorrido todas las partes del laberinto.

—¿Cómo lo sabéis? ¿Sois experto en laberintos?

—No, recito lo que dice un texto antiguo que leí en cierta ocasión.

—¿Y con esa regla se puede encontrar la salida?

—Que yo sepa, casi nunca. Pero igual probaremos. Además, en los próximos días tendré lentes y dispondré de más tiempo para examinar los libros. Quizás donde el itinerario de las inscripciones nos confunde, el de los libros, en cambio, nos proporcione una regla de orientación.

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82

Turíbulo: Incensario.

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83

«descansen de sus trabajos» (Apocalipsis, 14, 13).

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84

«mujer ceñida por el sol». Frase repetida en otros pasajes (Apocalipsis, 12,1).

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