El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
La cena fue triste y silenciosa. Habían pasado poco más de doce horas desde el descubrimiento del cadáver de Venancio. Todos miraban a hurtadillas su sitio vacío. Cuando fue la hora de completas, la procesión que se dirigió al coro parecía un cortejo fúnebre. Nosotros participamos en el oficio desde la nave, sin perder de vista la tercera capilla. Había poca luz, y, cuando vimos que Malaquías surgía de la oscuridad para dirigirse a su asiento, no pudimos descubrir el sitio exacto por el que había entrado. En todo caso nos mantuvimos ocultos en la sombra de la nave lateral, para que nadie viese que nos quedábamos al acabar el oficio. En mi escapulario tenía la lámpara que había cogido en la cocina durante la cena. Después la encenderíamos con la llama del gran trípode de bronce que ardía durante toda la noche. Tenía una mecha nueva, y mucho aceite. De modo que no nos faltaría luz.
Estaba demasiado excitado por lo que íbamos a hacer como para prestar atención al rito, y casi no me di cuenta de que éste había acabado. Los monjes se bajaron las capuchas y con el rostro cubierto salieron en lenta fila hacia sus celdas. La iglesia quedó vacía, iluminada por los resplandores del trípode.
—¡Vamos! —dijo Guillermo—. ¡A trabajar!
Nos acercamos a la tercera capilla. La base del altar parecía realmente un osario: talladas con singular maestría, se veía, encima de un montón de tibias, una serie de calaveras que, con sus órbitas huecas y profundas, infundían temor a cualquiera que las contemplase. Guillermo repitió en voz baja las palabras que había pronunciado Alinardo (cuarta calavera a la derecha, hundirle los ojos). Introdujo los dedos en las órbitas de aquel rostro descarnado y en seguida oímos como un chirrido ronco. El altar se movió, girando sobre un gozne secreto, y ante nosotros apareció una negra abertura donde, al levantar mi lámpara, divisamos unos escalones cubiertos de humedad. Decidimos bajar, no sin antes haber discutido sobre la eventual conveniencia de cerrar la entrada al pasadizo. Mejor no hacerlo, dijo Guillermo, porque no estábamos seguros de saber cómo abrirla al regresar. Y en cuanto al peligro de que nos descubrieran, si a aquella hora llegase alguien con la intención de poner en funcionamiento dicho mecanismo, sin duda sabría cómo entrar, y no por encontrarse con el acceso cerrado dejaría de penetrar en el pasadizo.
Después de bajar algo más de diez escalones, llegamos a un pasillo a cuyos lados estaban dispuestos unos nichos horizontales, similares a los que más tarde pude observar en muchas catacumbas. Pero aquella era la primera vez que entraba en un osario, y sentí un miedo enorme. Durante siglos se habían depositado allí los huesos de los monjes: una vez desenterrados, los habían ido amontonando en los nichos sin intentar recomponer la figura de sus cuerpos. Sin embargo, en algunos nichos sólo había huesos pequeños, y en otros sólo calaveras, dispuestas con cuidado, casi en forma de pirámide, para que no se desparramasen, y, en verdad, el espectáculo era terrorífico, sobre todo por el juego de sombras y de luces que creaba nuestra lámpara a medida que nos desplazábamos. En un nicho vi sólo manos, montones de manos, ya irremediablemente enlazadas entre sí, una maraña de dedos muertos. Lancé un grito, en aquel sitio de muertos, porque por un momento tuve la impresión de que ocultaba algo vivo, un chillido y un movimiento rápido en la sombra.
—Ratas —me tranquilizó Guillermo.
—¿Qué hacen aquí las ratas?
—Pasan, como nosotros, porque el osario conduce al Edificio y, por tanto, a la cocina. Y a los sabrosos libros de la biblioteca. Y ahora comprenderás por qué es tan severa la expresión de Malaquías. Su oficio lo obliga a pasar por aquí dos veces al día, al anochecer y por la mañana. Él sí que no tiene de qué reír.
—Pero, ¿por qué el evangelio no dice en ninguna parte que Cristo rió? —pregunté sin estar demasiado seguro de que así fuera—. ¿Es verdad lo que dice Jorge?
—Han sido legiones los que se han preguntado si Cristo rió. El asunto no me interesa demasiado. Creo que nunca rió porque, como hijo de Dios, era omnisciente y sabía lo que haríamos los cristianos. Pero, ya hemos llegado.
En efecto, gracias a Dios el pasillo había acabado y estábamos ante una nueva serie de escalones, al final de los cuales sólo tuvimos que empujar una puerta de madera dura con refuerzos de hierro para salir detrás de la chimenea de la cocina, justo debajo de la escalera de caracol que conducía al scriptorium.
Mientras subíamos nos pareció escuchar un ruido arriba.
Permanecimos un instante en silencio, y luego dije:
—Es imposible. Nadie ha entrado antes que nosotros…
—Suponiendo que ésta sea la única vía de acceso al Edificio. Durante siglos fue una fortaleza, de modo que deben de existir otros accesos secretos además del que conocemos. Subamos despacio. Pero no tenemos demasiadas alternativas. Si apagamos la lámpara, no sabremos por dónde vamos; si la mantenemos encendida, avisaremos al que está arriba. Sólo nos queda la esperanza de que, si hay alguien, su miedo sea mayor que el nuestro.
Llegamos al scriptorium por el torreón meridional. La mesa de Venancio estaba justo del lado opuesto. Al desplazarnos íbamos iluminando sólo partes de la pared, porque la sala era demasiado grande. Confiamos en que no habría nadie en la explanada, porque hubiese visto la luz a través de las ventanas. La mesa parecía en orden, pero Guillermo se inclinó en seguida para examinar los folios de la estantería, y lanzó una exclamación de contrariedad.
—¿Falta algo? —pregunté.
—Hoy he visto aquí dos libros, y uno era en griego. Ese es el que falta. Alguien se lo ha llevado, y a toda prisa, porque un pergamino cayó al suelo.
—Pero la mesa estaba vigilada…
—Sí. Quizás alguien lo cogió hace muy poco. Quizás aún esté aquí. —Se volvió hacia las sombras y su voz resonó entre las columnas—: ¡Si estás aquí, ten cuidado!
Me pareció una buena idea: como ya había dicho mi maestro, siempre es mejor que el que nos infunde miedo tenga más miedo que nosotros.
Guillermo puso encima de la mesa el folio que había encontrado en el suelo, y se inclinó sobre él. Me pidió que lo iluminase. Acerqué la lámpara y vi una página que hasta la mitad estaba en blanco, y que luego estaba cubierta por unos caracteres muy pequeños cuyo origen me costó mucho reconocer.
—¿Es griego? —pregunté.
—Sí, pero no entiendo bien —extrajo del sayo sus lentes, se los encajó en la nariz y después se inclinó aún más sobre el pergamino—. Es griego. La letra es muy pequeña, pero irregular. A pesar de las lentes me cuesta trabajo leer. Necesitaría más luz. Acércate…
Mi maestro había cogido el folio y lo tenía delante de los ojos. En lugar de ponerme detrás de él y levantar la lámpara por encima de su cabeza, lo que hice, tontamente, fue colocarme delante. Me pidió que me hiciese a un lado y al moverme rocé con la llama el dorso del folio. Guillermo me apartó de un empujón, mientras me preguntaba si quería quemar el manuscrito. Después lanzó una exclamación. Vi con claridad que en la parte superior de la página habían aparecido unos signos borrosos de color amarillo oscuro. Guillermo me pidió la lámpara y la desplazó por detrás del folio, acercando la llama a la superficie del pergamino para calentarla, cuidando de no rozarla. Poco a poco, como si una mano invisible estuviese escribiendo «Mane, Tekel, Fares», vi dibujarse en la página blanca, uno a uno, a medida que Guillermo iba desplazando la lámpara, y mientras el humo que se desprendía de la punta de la llama ennegrecía el dorso del folio, unos rasgos que no se parecían a los de ningún alfabeto, salvo a los de los nigromantes.