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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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El agente Morris era uno de los dos policías asignados a la pequeña comisaría de Ebbingdon, el pueblo más próximo a Norton Hall. Él y el sargento local, Ludlow, eran responsables de mantener el orden no solo en Ebbingdon sino en las aldeas cercanas de Langton, Bracefield y Harbiston, así como en las zonas circundantes, tarea que cumplían usando una combinación de un único auto policial en mal estado, un par de bicicletas y la vigilancia de los pobladores locales. Yo apenas había hablado con Ludlow un puñado de veces, y había advertido que se trataba de un hombre bastante taciturno, pero veía a Morris habitualmente en el camino que pasaba delante de nuestra propiedad, y era alguien mucho más proclive que su superior a dedicar un momento a la conversación (y a recuperar el aliento).

– Un día caluroso -comenté.

El agente Morris, con el rostro enrojecido por el esfuerzo, se enjugó la frente con la manga de la camisa y coincidió conmigo en que sí, era por cierto un día endemoniado. Le ofrecí un vaso de limonada casera, y él lo aceptó con gusto. Hablamos de asuntos locales durante la breve caminata, y lo dejé junto al templete mientras entraba en la cocina a servirle la limonada. No se veía a Eleanor por ningún lado, pero la podía escuchar moviéndose en el ático de la casa, haciendo un tremendo barullo mientras apilaba cajas y desparramaba canastos. Preferí no molestarla con la noticia de la llegada de Morris.

Afuera, el policía se paseaba despreocupadamente alrededor del templete, con las manos anudadas a la espalda. Le di el vaso de limonada cuando me acerqué a él, con el hielo crujiendo audiblemente en su interior, y lo contemplé mientras trasegaba un enorme sorbo. Debajo de sus brazos y en su espalda se veían grandes manchas de sudor, de un color azul más oscuro sobre el matiz más claro de su camisa, como si fuera un mapa del relieve de los océanos.

– ¿Qué le parece? -le pregunté.

– Está muy buena -respondió, creyendo que me refería a la limonada-. Justo lo que me recetó el doctor para un día como el de hoy.

Lo corregí.

– No, me refería al templete.

Morris cambió ligeramente su punto de apoyo, incómodo, y bajó la cabeza.

– No me corresponde a mí decirlo, señor Merriman -dijo-. Jamás me jactaría de ser experto en la materia.

– Experto o no, seguramente tendrá una opinión al respecto.

– Bien, con franqueza, señor, no me gusta demasiado. Nunca me gustó.

– Lo que dice suena como si se hubiera visto obligado a involucrarse con esta construcción más de una vez -dije.

– Fue hace tiempo -dijo, con cautela-. El señor Ellis…

Se interrumpió. Esperé. Estaba ansioso por hacerle más preguntas, pero no quería que pensara que quería fisgonear.

– Oí decir -dije finalmente- que su esposa desapareció, y que el pobre hombre se quitó la vida poco después.

Morris tomó otro trago de limonada y me miró con atención. Era fácil subestimar a ese hombre, pensé: su torpeza, su peso, sus luchas con la bicicleta… todo eso resultaba bastante cómico a primera vista. Pero el agente Morris era un hombre sagaz, y el hecho de que no hubiera sido ascendido dentro de las filas policiales no se debía a ninguna deficiencia de su carácter o de su trabajo, sino a su propio deseo de permanecer en Ebbingdon y atender a los que estaban a su cargo. Ahora fue mi turno de sentirme incómodo bajo su mirada.

– Esa es la historia -dijo Morris-. Estaba por decir que al señor Ellis tampoco le gustaba mucho el templete. Quería demolerlo, pero las cosas se pusieron feas y, bien, usted ya conoce lo demás.

Pero, por supuesto, no lo conocía. Sólo sabía lo que había escuchado en el cotilleo local, e incluso eso me había sido retaceado, y se me había comunicado, por ser un recién venido, en módicas cantidades. Le conté a Morris cómo habían sido las cosas, y él sonrió.

– Chismes discretos -dijo-. Nunca escuché algo semejante.

– Sé que así son las cosas en un pueblo pequeño -dije-. Supongo que si mis nietos vivieran aquí todavía los seguirían mirando con cierta suspicacia.

– ¿Entonces tiene usted hijos, señor?

– No -repliqué, sin poder controlar un matiz de pesar en la voz. Mi esposa no era particularmente maternal, y la naturaleza al parecer había confirmado esa característica temperamental.

– Es raro -dijo Morris, sin dar señal de haber percibido ninguna alteración en mi tono de voz-. Han pasado muchos años desde que hubo niños en Norton Hall, desde antes de la época del señor Gray. El señor Ellis tampoco tenía hijos.

No era un tema del que yo quisiera seguir hablando, pero la mención de Ellis me permitió timonear la conversación hacia aguas más interesantes, y aproveché la oportunidad con un poquito de excesiva rapidez.

– Dicen… bien, dicen que el señor Ellis podría haber matado a su esposa.

De inmediato me sentí avergonzado de haber hablado con tanta crudeza, pero a Morris no pareció importarle. De hecho, por lo que percibí, el hombre había apreciado mi franqueza al abordar el tema tan directamente.

– Se sospechó eso -admitió-. Lo interrogamos, y vinieron dos detectives de Londres a investigar, pero fue como si ella hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Inspeccionamos toda la propiedad, y todos los campos y las tierras circundantes, pero no hallamos nada. Había rumores de que ella tenía un amiguito en Brighton, así que lo rastreamos y lo interrogamos también a él. Nos dijo que hacía semanas que no la veía, a pesar del poco valor que uno pueda darle a la palabra de un hombre que duerme con la esposa de otro. Finalmente, tuvimos que dejar las cosas como estaban. No había cadáver, y sin un cadáver no había crimen. Después el señor Ellis se pegó un tiro, y la gente llegó a sus propias conclusiones sobre lo que podría haberle pasado a la esposa.

Bebió lo que le quedaba de la limonada, después me entregó el vaso vacío.

– Gracias -me dijo-. Fue muy refrescante.

Le dije que de nada, que siempre era bienvenido, y lo observé mientras se preparaba a montar una vez más en su bicicleta.

– ¿Agente?

Interrumpió sus preparativos.

– ¿Qué cree usted que le ocurrió a la señora Ellis?

Morris meneó la cabeza.

– No lo sé, señor, pero sí sé una cosa. Que Susan Ellis ya no camina sobre la faz de la tierra. Yace enterrada en ella.

Y con esas palabras, se alejó en su bicicleta.

La semana siguiente debía atender en Londres unos negocios impostergables. Tomé el tren y pasé casi todo un día frustrante discutiendo asuntos financieros, frustración agravada por una creciente inquietud, de modo que el tiempo que estuve en Londres se dividió en sólo una fracción de mi atención puesta en mis finanzas y el resto dedicado a la naturaleza del mal que parecía haber mancillado Norton Hall. Aunque no era supersticioso, me sentía cada vez más inquieto debido a la historia de nuestro nuevo hogar. Los sueños se me habían estado repitiendo cada vez con mayor regularidad, siempre acompañados por el ruido de garras golpeando y mandíbulas que entrechocaban y, a veces, por la visión de Eleanor inclinada sobre mí en el momento en que por fin me despertaba, con sus ojos brillantes y cómplices, sus pómulos a punto de entrar en erupción como cuchillos que le atravesaran la tensa piel de la cara. Inexplicablemente, además, el volumen de relatos de viaje de Gray se había perdido, y cuando interrogué a Eleanor al respecto sentí que ella me mentía al afirmar que no sabía nada de su paradero. Además, el ático y el sótano eran una jungla de cajas apiladas y papeles descartados, y ese caos desmentía lo que decía mi esposa, quien alegaba que solo estaba “reorganizando” nuestro orden doméstico.

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