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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– ¿Ha llegado ya el señor Lucas? -preguntó a Kiri.

La chica se encogió de hombros. ¿Cómo iba a saberlo ella? A fin de cuentas había pasado todo el tiempo con Gwyneira.

– ¿Cómo es el señor Lucas, Kiri? -Gwyn sabía que su madre la habría reprendido con dureza por hacer tal pregunta: no se forzaba al personal a que cotilleara acerca de sus señores. Pero Gwyneira no podía dominarse.

Kiri se encogió de hombros y puso los ojos en blanco al mismo tiempo, lo que resultó divertido.

– ¿El señor Lucas? No sé. Es pakeha. Para mí todos iguales. -Era evidente que la joven maorí nunca se había planteado cuáles eran los atributos especiales de la persona que le daba trabajo. Pero luego, cuando vio la expresión de decepción de Gwyneira volvió a reflexionar-. El señor Lucas… es amable. Nunca gritar, nunca enfadarse. Amable. Sólo un poco delgado.

2

Helen no sabía cómo había ocurrido, pero ahora no podía demorar el encuentro con Howard O’Keefe de ninguna de las maneras. Nerviosa, se arregló el vestido y se repasó el peinado. ¿Debía quitarse el sombrerito o dejárselo puesto? Al menos había un espejo en el recibidor de la señora Baldwin y Helen le lanzó una mirada insegura antes de examinar al hombre que se sentaba en el sofá. En ese momento estaba de todos modos de espaldas, ya que el tresillo de la señora Baldwin miraba hacia la chimenea. Así que Helen al menos tuvo tiempo de echar un breve y disimulado vistazo a su figura antes de hacer acto de presencia. Howard O’Keefe parecía corpulento y tenso. A ojos vistas cohibido, mantenía en equilibrio en sus manos grandes y callosas una tacita delicada del servicio de té de la señora Baldwin.

Helen ya se disponía a carraspear para advertir a la esposa del párroco y al visitante. Pero entonces vio a la señora Baldwin. La esposa del pastor reía inexpresiva como siempre, pero se comportaba con cordialidad.

– ¡Oh, ya está aquí, señor O’Keefe! Ya ve, sabía que no estaría mucho tiempo fuera. Entre, Miss Davenport. Quiero presentarle a alguien. -La voz de la señora Baldwin adquirió un tono casi risueño.

Helen se acercó. El hombre se levantó del sofá con tal brusquedad que casi tiró de la mesa el servicio de té.

– ¿Miss…, hummm, Helen?

Helen tuvo que alzar la vista hacia su futuro esposo. Howard O’Keefe era alto y corpulento, no era un hombre gordo, pero sí de complexión robusta. También el corte de su rostro era más bien rudo, pero no carente de afabilidad. La tez morena y acartonada expresaba largos años de trabajo al aire libre. Estaba surcada por profundas arrugas que marcaban un rostro cargado de expresividad, si bien en esos momentos dibujaban en sus rasgos una expresión de asombro e incluso de admiración. En sus ojos de un azul acerado se leía aprobación: Helen parecía gustarle. A ella, a su vez, le llamó la atención sobre todo su cabello. Era oscuro, abundante y estaba pulcramente cortado. Seguramente había hecho una visita al barbero antes del primer encuentro con su futura esposa. No obstante, ya clareaba por las sienes. Era evidente que Howard era mayor de lo que Helen había imaginado.

– Señor…, señor O’Keefe… -dijo con un tono apagado, y acto seguido se habría dado un cachete por ello. Él la había llamado «Miss Helen» y ella podría haber respondido ya con un «señor Howard».

– Yo…, hum, bueno, ¡ya está usted aquí! -exclamó Howard algo brusco-. Esto…, hum, ¡ha sido una sorpresa!

Helen se preguntó si se trataba de una crítica. Se sonrojó.

– Sí. Las…, hum, circunstancias. Pero yo…, me alegro de conocerle.

Tendió la mano a Howard. Él la estrechó con firmeza.

– Yo también me alegro. Siento haberla hecho esperar.

¡Ah, a eso se refería! Helen sonrió aliviada.

– No importa, señor Howard. Me han dicho que podía tardar algo de tiempo hasta que recibiera la noticia de que había llegado. Pero ahora ya está usted aquí.

– Ahora estoy aquí.

Howard también sonrió, suavizando con ello y haciendo más atractivo su rostro. Por el refinado estilo de sus cartas, Helen había contado, no obstante, con una conversación más ingeniosa. Pero bueno, tal vez era tímido. Helen tomó las riendas de la conversación.

– ¿De dónde viene exactamente, señor Howard? Había pensado que Haldon estaba más cerca de Christchurch. Pero se trata en efecto de una ciudad en sí. ¿Su granja se encuentra algo alejada…?

– Haldon está junto al lago Benmore -explicó Howard, como si eso le dijera algo a Helen-. No sé si todavía puede llamarse ciudad. Pero hay un par de tiendas. Puede comprar allí las cosas más importantes. Lo necesario, vaya.

– ¿Y cuánto se tarda en llegar? -quiso saber Helen, sintiéndose como una tonta. Ahí estaba ella con el hombre con quien posiblemente iba a casarse, y conversaba sobre distancias y tiendas de pueblo.

– Dos días justo con el coche de caballos -respondió Howard tras una breve reflexión. Helen hubiera preferido un dato en kilómetros, pero no quiso insistir. En lugar de eso se quedó callada, por lo que siguió una molesta pausa. Entonces Howard carraspeó.

– Y… ¿ha tenido usted un buen viaje?

Helen suspiró aliviada. Por fin una pregunta que le permitía contar algo. Describió la travesía con las niñas.

Howard asintió.

– Hum. Un viaje largo…

Helen deseaba que también él contara algo de su propia partida, pero él permaneció callado.

Por fortuna, el vicario Chester se unió en ese momento a su compañía. Mientras saludaba a Howard, Helen tuvo tiempo de recuperar el control y de examinar un poco más de cerca a su futuro esposo. La ropa del granjero era sencilla. Llevaba unos pantalones de montar de piel que seguramente le habían acompañado en muchas cabalgadas y una chaqueta encerada sobre una camisa blanca. La hebilla del cinturón, espléndidamente adornada y de latón, era el único objeto de valor de su vestuario, llevaba además una cadenita de plata en torno al cuello de la cual pendía una piedra verde. Su actitud había sido tensa y vacilante, pero al relajarse ahora, ganaba en firmeza y seguridad en sí mismo. Sus movimientos adquirían soltura, casi eran gráciles.

– ¡Pero explíquele a Miss Helen algo de su granja! -lo animó el vicario-. De los animales, por ejemplo, de la casa…

O’Keefe se encogió de hombros.

– Es una casa bonita, miss. Muy sólida, yo mismo la he construido. En cuanto a los animales…, bueno, tenemos un mulo, un caballo, una vaca y un par de perros. Y, naturalmente, ovejas. ¡Unas mil!

– Pero son…, son muchas -observó Helen, y deseó ardientemente haber escuchado con mayor atención las inagotables historias de Gwyneira sobre la cría de ovejas. ¿Cuántas ovejas había dicho que tenía el señor Gerald?

– No son muchas, miss, pero serán más. Y hay tierra suficiente, ya llegará. Cómo…, hum, ¿cómo lo hacemos entonces?

Helen frunció el ceño.

– ¿Cómo hacemos el qué, señor Howard? -preguntó Helen, arreglándose un mechón del cabello que se había desprendido de su sobrio peinado.

– Bueno… -Howard jugueteó cohibido con su segunda taza de té-. Lo de la boda…

Con el permiso de Gwyneira, al final Kiri se retiró en dirección a la cocina para correr en ayuda de Moana. Gwyn empleó los últimos minutos que le quedaban antes de la hora del té para inspeccionar a fondo sus aposentos. Todo estaba impecablemente colocado, hasta los artículos de aseo reunidos con primor en el vestidor. Gwyneira admiró los peines de marfil y los cepillos a juego. El jabón olía a rosa y tomillo, con certeza no era un producto de origen maorí; el jabón quizá procediera de Christchurch o fuera importado de Inglaterra. También emanaba un agradable perfume de un cuenco de pétalos secos, colocado en su salón. No cabía duda, ni siquiera un ama de casa perfecta del tipo de su madre o su hermana Diana habría podido arreglar de forma tan acogedora una habitación como… ¿Lucas Warden? ¡Gwyneira no lograba creerse que un hombre fuera el responsable de tal maravilla!

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