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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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Como es obvio nadie más se da por enterado, menos aún el propio Roux. Si he de hacer una suposición, diría que la falta de desarrollo físico y mental de Rosette lo ha llevado a suponer que es mucho más pequeña.

– ¿Te quedarás mucho tiempo en París? -pregunta Thierry-. Lo digo porque algunos podrían pensar que en la ciudad ya tenemos bastante gente que vive en botes. -Vuelve a reír, aunque de forma excesivamente estentórea. Roux se limita a mirarlo con expresión impasible-. De todos modos, si buscas trabajo no me vendría mal ayuda para reformar mi piso de la rue de la Croix, que está por allí… -Ladea la cabeza para mostrar la dirección-. Es un apartamento grande y muy bonito, pero hay que remodelarlo, enyesar las paredes, poner los suelos, decorarlo… Me gustaría tenerlo terminado dentro de tres semanas a fin de que Yanne y las niñas no se vean obligadas a pasar otras navidades aquí… -Con actitud protectora abraza a Yanne, que se aparta mudamente consternada-. Supongo que ya te has dado cuenta de que vamos a casarnos.

– Felicitaciones -responde Roux.

– ¿Estás casado?

Roux niega con la cabeza. Su rostro no transmite la más mínima emoción. Tal vez se produce un ligero chispazo en sus ojos, al tiempo que sus colores se iluminan con violencia incontenible.

– Bueno, si decides intentarlo, ven a verme -apostilla Thierry-. Te buscaré una casa. Es posible comprar una vivienda sorprendentemente adecuada más o menos por medio millón…

– Escucha, tengo que irme -lo interrumpe Roux.

Anouk protesta:

– ¡Pero si acabas de llegar!

La niña lanza una colérica mirada a Thierry, que no se da por enterado. Más que racional, su antipatía hacia Roux es visceral. Por su cabeza todavía no ha discurrido ni el menor atisbo de la verdad, pero lo cierto es que ya sospecha del forastero, no por algo que haya dicho o hecho sino, lisa y llanamente, por su pinta.

¿Qué pinta? Claro que sí, ya sabéis a qué me refiero. No tiene nada que ver con la ropa barata, el pelo demasiado largo o su torpeza social. Hay algo en él, algo ambiguo, algo semejante a lo que muestran los que han nacido sumidos en la pobreza. Parece un hombre capaz de todo: de falsificar una tarjeta de crédito, abrir una cuenta bancaria con un carnet de conducir robado como única documentación, conseguir una partida de nacimiento y hasta un pasaporte a nombre de alguien que ha muerto hace años o robar el hijo de una mujer y esfumarse como el flautista de Hamelín, sin dejar nada a su paso, salvo un montón de preguntas.

Como ya he dicho, parece la encarnación de mis problemas.

2

Sábado, 1 de diciembre

¡Ay, tío! Mejor dicho, hola, desconocido. Estaba allí, en medio de la chocolatería, como si hubiese pasado fuera una tarde en lugar de cuatro años; cuatro años con sus aniversarios y sus navidades prácticamente sin decir ni pío, jamás una visita y de repente…

– ¡Roux!

Quería estar enfadada con él. Me apetecía de verdad, pero el tono de voz no me lo permitió.

Grité su nombre más alto de lo que me proponía.

– Nanou, ya eres toda una mujer.

Su modo de decirlo contuvo cierta tristeza, como si lamentara que yo hubiese cambiado. Él era el mismo Roux de siempre: el pelo más largo, las botas más limpias y ropa distinta, pero el de siempre, con los hombros caídos y las manos en los bolsillos, postura que adopta cuando no quiere estar en un sitio; de todos modos, sonrió para demostrar que yo no tenía la culpa y estoy segura de que, si Thierry no hubiese estado presente, me habría cogido en brazos y hecho girar, como en los viejos tiempos en Lansquenet.

– No lo soy -puntualicé-. Tengo once años y medio.

– Para mí alguien de once años y medio es bastante grande. ¿Quién es la pequeña desconocida?

– Rosette.

– Rosette -repitió Roux.

Roux la saludó con la mano, pero Rosette no respondió de la misma manera ni se expresó con signos. Casi nunca se comunica con quienes no conoce; se limitó a observarlo con sus ojos felinos hasta que Roux desvió la vista.

Thierry le ofreció chocolate. A Roux siempre le ha gustado, incluso en los viejos tiempos. Lo bebió puro, con azúcar y ron, mientras Thierry le hablaba de negocios, de Londres, de la chocolatería y del apartamento…

¡Ah, sí, el apartamento…! Resulta que Thierry quiere arreglarlo y ponerlo guapo para cuando nos mudemos. Lo comentó en presencia de Roux: incluirá un dormitorio nuevo para Rosette y para mí, así como adornos nuevos, y quiere que esté a punto para Navidad porque así sus chicas estarán cómodas…

De todas maneras, hubo algo ruin en el modo de expresarlo. Ya se sabe; sonrió, pero no con los ojos; sonrió como hace Chantal cuando habla de su nueva iPod, de un vestido nuevo, de sus zapatos nuevos, o de su pulsera de Tiffany y yo estoy ahí y la escucho…

Roux estaba ahí, con cara de haber recibido una bofetada.

– Lo siento, pero tengo que irme -comunicó en cuanto Thierry cerró el pico-. Solo quería saber cómo estabais, pasaba por aquí de camino a otra parte…

Mentiroso, te has limpiado las botas, pensé.

– ¿Dónde te alojas?

– En un barco.

Esa respuesta tiene sentido. Las embarcaciones siempre le han gustado. Recordé la de Lansquenet, la que se quemó. También recuerdo la expresión que Roux puso cuando sucedió, la misma cara que se te queda cuando te has esforzado por conseguir algo que te importa realmente y alguien ruin te lo quita.

– ¿Dónde? -insistí.

– En el río -repuso Roux.

– Bien, chico -acoté, comentario que tendría que haberle hecho sonreír.

En ese momento me di cuenta de que no le había dado un beso ni un abrazo y me sentí mal porque, si lo hacía ahora, parecería que acababa de acordarme y sonaría a falso.

Por eso lo cogí de la mano, que estaba áspera y callosa por el trabajo.

Me pareció que se sorprendía y enseguida sonrió.

– Me gustaría ver tu embarcación.

– Puede que la veas -replicó Roux.

– ¿Es tan bonita como la última?

– Eso tendrás que decidirlo tú.

– ¿Cuándo?

Roux se encogió de hombros.

Mamá me miró con esa expresión que adopta cuando está molesta, pero no dice nada porque hay público. Respondió a Roux:

– Lo lamento, Roux. Si hubieras llamado para avisar que venías…, no te esperaba…

– Te escribí, envié una postal.

– Nunca llegó.

– Bueno. -Me di cuenta de que Roux no le creyó y también supe que mamá no consideró válida su respuesta. Roux es el peor escritor de cartas del mundo. Se propone escribir, pero nunca lo hace y, por si eso fuera poco, no le gusta hablar por teléfono. Por otro lado, envía cosas pequeñas por correo: una hoja de roble tallada y colgada de una cuerda, una piedra veteada que encontró a orillas del mar o un libro, a veces con una nota y casi siempre sin nada. Miró a Thierry y declaró-: Tengo que irme.

Sí, eso es, como si tuviese que acudir a otro sitio; precisamente Roux, que siempre hace lo que le viene en gana, que no permite que nadie le diga lo que tiene que hacer.

– Volveré -acotó Roux.

Ay, mentiroso.

De pronto me enfurecí tanto que estuve en un tris de hablar en voz alta: Roux, ¿por qué volviste? ¿Por qué te tomaste la molestia de regresar?

Se lo dije mentalmente, con mi voz espectral y con todas mis fuerzas, tal como el primer día había hablado con Zozie a la puerta de la chocolatería.

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