Zapatos de caramelo
- Автор: Харрис Джоанн
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
– Es…, es distinto. -Tal vez imaginé los indicios de consternación en su tono de voz cuando contempló las paredes de colores vivos, las figuras trazadas con plantillas, los muebles pintados con las manos, los viejos butacones, el cazo de calentar chocolate y las tazas en la mesa de tres patas y el escaparate con los zapatos rojos de Zozie en medio de las montañas de tesoros dulces-. Parece… -Dejó de hablar y capté la parábola de su mirada y el pequeño arco en dirección a mi mano. Me pareció que apretaba los labios, como suele hacer cuando algo no le gusta. De todas maneras, añadió con tono cálido-: Está espectacular. Has obrado maravillas.
– ¿Chocolate? -preguntó Zozie, y le ofreció una taza.
– Yo… no… bueno… de acuerdo, está bien, solo un poco.
Zozie le entregó una taza de las de café con una de mis trufas en el plato y explicó sonriente:
– Es una de nuestras especialidades.
Con expresión de ligero desconcierto e incomprensión, Thierry volvió a mirar las cajas apiladas, los platos de cristal, los fondants, las cintas, los florones, las galletas, las eremitas de violeta, los bombones de chocolate blanco y café, las trufas de ron negro, los cuadrados de guindilla, el parfait de limón y el pastel de café que reposaban sobre el mostrador.
– ¿Has preparado todo eso? -preguntó finalmente Thierry.
– No sé qué tiene de sorprendente.
– Supongo que lo haces porque se acerca Navidad… -Frunció ligeramente el ceño al mirar la etiqueta con el precio de una caja de cuadrados de chocolate con guindilla-. ¿La gente los compra?
– Sin cesar -repuse con una sonrisa.
– Tanta pintura y decoración debió de costarte una fortuna.
– Lo hicimos nosotras, todas nosotras.
– Es fantástico. Se ve que habéis trabajado mucho.
Thierry probó el chocolate caliente y una vez más apretó los labios.
– Quiero decirte algo: si no te gusta, no estás obligado a beberlo -añadí e hice un esfuerzo por no mostrarme impaciente-. Si prefieres te preparo un café.
– No, así está bien. -Volvió a beber un sorbo. Mentir se le da fatal. Sé que su franqueza debería halagarme, pero lo cierto es que me produce un escalofrío de incomodidad. Por debajo de esa seguridad en sí mismo es muy vulnerable y no tiene ni la más remota idea de los caminos del viento-. Estoy sorprendido, nada más. Tengo la sensación de que, de la noche a la mañana, prácticamente todo ha cambiado.
– Todo no -puntualicé sonriendo. Reparé en que Thierry no respondió a mi sonrisa-. ¿Qué tal Londres? ¿Qué hiciste?
– Fui a ver a Sarah y le hablé de nuestra boda. No puedes ni imaginar lo mucho que te he echado de menos.
Sonreí al oír esas palabras.
– ¿Y Alan, tu hijo?
Ante esa pregunta, a Thierry le tocó sonreír. Aunque casi nunca habla de su hijo, suele sonreír siempre que lo menciono. Me he preguntado muchas veces cómo se llevan, ya que es posible que la sonrisa sea un poco forzada; si Alan se parece a su padre, lo más probable es que sus personalidades sean demasiado afines como para entenderse.
Noté que no había probado la trufa.
Se mostró ligeramente incómodo cuando lo comenté.
– Yanne, me conoces perfectamente. El dulce no es lo mío.
Volvió a dedicarme esa sonrisa amplia y descarada, la misma que traza cuando habla de su hijo. Si lo piensas, resulta muy divertido: aunque es bastante goloso, Thierry se avergüenza, como si reconocer su debilidad por el chocolate con leche pusiese en duda su virilidad. Claro que mis trufas son excesivamente oscuras y ricas y el amargor le resulta extraño…
Le acerqué un cuadrado de chocolate con leche.
– Vamos, te he adivinado el pensamiento -lo incité.
En ese momento Anouk abandonó la calle lluviosa y entró con el pelo revuelto, impregnada de olor a hojas húmedas y con un cucurucho de castañas asadas en la mano. Los últimos días se ha instalado un vendedor delante del Sacré-Coeur y a Anouk le ha dado por comprar una ración cada vez que pasa por allí. Hoy está de excelente humor y, con el pelo rizado encrespado por la lluvia, el abrigo rojo y el pantalón verde, parece un adorno navideño fuera de sitio.
– ¡Ven aquí, jeune fille! -saludó Thierry-. ¿Dónde te has metido? ¡Estás chorreando!
Anouk le dirigió una de sus miradas de adulta antes de responder:
– He ido al cementerio con Jean-Loup. No estoy chorreando. Llevo puesto un anorak que impide que me moje.
Thierry rió.
– A la necrópolis… Annie, ¿sabes qué significa la palabra necrópolis?
– Por supuesto. Quiere decir ciudad de los muertos.
El vocabulario de Anouk, que siempre fue amplio, ha mejorado gracias a su trato con Jean-Loup Rimbault.
Thierry adoptó expresión burlona.
– ¿No es un lugar muy sombrío para reunirse con los amigos?
– Jean-Loup hizo fotos de los gatos del cementerio.
– ¿De verdad? En ese caso, si eres capaz de alejarte de la necrópolis, has de saber que he reservado mesa para comer en La Maison Rose…
– ¿Para comer? Pero entonces la chocolatería…
– Yo defenderé el fuerte -se ofreció Zozie-. Espero que disfrutéis durante toda la tarde.
– Annie, ¿estás lista? -quiso saber Thierry.
Vi que Anouk le dirigía una mirada que no fue exactamente de desdén… sino, quizá, de resentimiento. No me sorprende demasiado. Aunque bienintencionado, Thierry muestra una actitud anticuada con los niños y sin duda Anouk percibe que algunos de sus hábitos, ya sea correr con Jean-Loup bajo la lluvia, pasar horas en el viejo cementerio (donde se reúnen prostitutas e indeseables) o jugar ruidosamente con Rosette, no cuentan con su aprobación.
– Creo que deberías ponerte un vestido -opinó Thierry.
La expresión de resentimiento se agudizó.
– Me gusta lo que llevo puesto.
Si he de ser sincera, a mí también. En una ciudad en la que la conformidad elegante es la primera norma, Anouk se atreve a ser imaginativa. Tal vez tiene que ver con la influencia de Zozie; de todas maneras, los colores contrastados por los que se decanta y la costumbre recién adquirida de personalizar su vestuario con una cinta, una chapa o un trozo de galón concede a cuanto usa una exuberancia que no he visto desde los tiempos de Lansquenet.
Tal vez es eso lo que intenta recuperar: una época en la que todo era más simple. En Lansquenet, Anouk campaba a sus anchas, jugaba todo el día a orillas del río, hablaba incesantemente con Pantoufle, organizaba juegos de piratas y cocodrilos y en la escuela siempre estaba castigada.
Lo cierto es que aquel era un mundo muy distinto. Con excepción de los gitanos del río, que tal vez tenían mala fama e incluso a veces eran tramposos, pero nunca peligrosos, en Lansquenet no había forasteros. Nadie se tomaba la molestia de cerrar la puerta con llave y hasta los perros eran conocidos.
– No me gusta ponerme vestidos -declaró Annie.
Noté, a mi lado, la muda desaprobación de Thierry. En su mundo, las niñas llevan vestidos. A decir verdad, durante el último medio año ha comprado varios, tanto para Anouk como para Rosette, con la esperanza de que me dé por aludida.
Thierry me observó con los labios apretados.
– ¿Sabes una cosa? -pregunté-. En realidad, no tengo hambre. ¿Por qué no vamos a dar un paseo y, de camino, compramos algo de comer en una cafetería? Podemos ir al parc de la Turlure o a…
– Pero si he reservado mesa -puntualizó Thierry.
Me eché a reír al ver su expresión. En el mundo de Thierry todo debe llevarse a cabo según los planes. Hay reglas para cada cosa, horarios que cumplir y directrices que seguir. Es imposible anular una reserva y, a pesar de que ambos sabemos que sería más feliz en un bar como Le P'tit Pinson, hoy ha escogido La Maison Rose, razón por la cual Anouk debe ponerse un vestido. Thierry es así: firme como una roca, previsible y controlado, aunque a veces me gustaría que no fuera tan inflexible, que dejase espacio para una mínima espontaneidad…