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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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– Ah. -Tuve la certeza de que se sintió incómodo. Se metió las manos en los bolsillos para disimular el desasosiego, como si mi presencia hubiese desbaratado un plan tan complejo que resultaba imposible modificar-. Me llamo Roux.

Me acordé de la postal firmada «R». ¿Era nombre o apodo? Probablemente se trataba de un mote. «Voy hacia el norte. Pasaré si puedo…» En ese momento supe por qué lo había reconocido. Lo había visto junto a Vianne Rocher en una foto de Lansquenet-sous-Tannes publicada en el periódico.

– ¿Roux? -pregunté-. ¿Roux de Lansquenet? -El hombre afirmó con la cabeza-. Annie habla constantemente de ti.

Al oír ese comentario sus colores se encendieron como las bombillas de un árbol de Navidad y empecé a entender lo que Vianne había visto en un individuo como Roux. Thierry únicamente enciende los cigarros, aunque hay que reconocer que tiene dinero, lo que compensa casi todo lo demás.

– ¿Por qué no te relajas mientras preparo chocolate caliente?

Roux sonrió de oreja a oreja.

– Es mi preferido.

Preparé un chocolate fuerte, con azúcar morena y ron. Lo bebió, volvió a inquietarse, caminó del local al obrador y miró los cazos, los botes, los platos y las cucharas que componen el equipo con el que Yanne fabrica chocolate.

– Te pareces a ella -comentó finalmente.

– ¿En serio?

En realidad, no me parezco en nada, pero ya he notado que los hombres casi nunca ven exactamente lo que tienen delante. Una gota de perfume, el pelo largo y suelto, falda roja y zapatos de tacón: encantos tan sencillos que hasta un niño podría desentrañarlos, mientras que un hombre siempre se confunde.

– Dime… ¿Cuándo viste por última vez a Yanne?

Roux se encogió de hombros.

– Hace demasiado.

– Ya sé cómo son las cosas. Ten, prueba este bombón.

Lo coloqué junto a la taza; se trataba de una trufa recubierta de cacao en polvo, preparada según mi receta especial y marcada con el signo del cacto de Xochipilli, el dios extático, que siempre contribuye a soltar la lengua.

En lugar de comer el bombón lo hizo rodar por el plato. Fue un ademán que reconocí, pese a que me resultó imposible identificarlo. Esperaba que empezase a hablar, que es lo que la gente suele hacer conmigo, pero Roux se dio por satisfecho con guardar silencio, juguetear con la trufa y mirar la calle cada vez más oscura.

– ¿Te quedarás en París? -inquirí.

Roux se encogió nuevamente de hombros.

– Depende…

Lo miré con actitud inquisitiva, pero no se dio por aludido.

– ¿De qué depende? -pregunté por último.

Volvió a enarcar los hombros.

– Llega un momento en el que me harto de estar en el mismo lugar.

Le serví otro chocolate en taza de café. Comenzaba a fastidiarme su reserva que, más que reserva, parecía hosquedad. Hacía casi media hora que había entrado en la chocolatería. Pensé que, a menos que hubiese perdido mis dotes, para entonces ya tendría que haberlo sabido todo de él, pero ahí estaba, convertido en la encarnación de los problemas e insensible a mis insinuaciones.

Sentí que estaba a punto de perder la paciencia. Había algo relacionado con ese hombre, algo que necesitaba averiguar. Lo notaba tan cercano que me erizó el vello de la nuca pero, por otro lado…

Maldita sea, piensa.

Un río, una pulsera, un dije de plata con forma de gato… Pensé que no era eso, que no era lo correcto. Un río, una embarcación, Anouk, Rosette…

– No has probado el bombón -puntualicé-. Deberías catarlo. Por si no lo sabes, es una de nuestras especialidades.

– Ay, lo siento.

Cogió el bombón y la señal del cacto de Xochipilli brilló tentadoramente entre sus dedos. Se llevó la trufa a la boca, hizo una pausa, tal vez frunció el ceño por el olor acre del chocolate, el perfume oscuro y amaderado de la seducción…

Pruébame.

Saboréame.

Examíname…

En ese preciso instante, justo cuando estaba a punto de ser mío, en la puerta resonaron voces.

Roux soltó el bombón y se puso de pie.

Las campanillas tintinearon y se abrió la puerta.

– Vianne -dijo Roux.

En ese momento fue ella la que se quedó de piedra y lo miró; el color abandonó su cara y extendió las manos como si intentase evitar un choque letal.

A sus espaldas, Thierry permaneció desconcertado y tal vez percibió que algo iba mal, pero estaba demasiado ensimismado como para reparar en lo evidente. Junto a Yanne, Rosette y Anouk se encontraban de la mano; Rosette miraba fascinada y el rostro de Anouk se iluminó súbitamente…

Mientras tanto, Roux…

Roux lo observó todo: el hombre, la niña, la expresión consternada, el anillo que Vianne lucía en el anular… Vi que sus colores se difuminaban, mermaban y recuperaban ese tono azul de mechero de gas al mínimo.

– Lo lamento -se disculpó-. Tú ya me entiendes, pasaba por aquí con mi barco…

Me di cuenta de que no está acostumbrado a mentir. Su presunta ligereza sonó forzada y vi que apretaba los puños en los bolsillos del tejano.

Yanne se limitó a mirarlo con expresión impávida. No se movió ni sonrió; solo fue una máscara tras la cual vislumbré la turbulencia de sus colores.

Anouk salvó la situación al gritar:

– ¡Roux!

La tensión se hizo añicos. Yanne avanzó varios pasos con una sonrisa formada parcialmente por el miedo, la simulación y algo más que no logré reconocer.

– Thierry, se trata de un viejo amigo… -Se ruborizó seductoramente y, pese a que sus colores me indicaron lo contrario, el tono agudo de su voz pudo corresponder al entusiasmo de encontrarse con un viejo conocido. Su mirada se volvió brillante y ansiosa-. Roux, de Marsella, y… y Thierry, mi… hummm…

La palabra no pronunciada pendió entre ellos como una bomba.

– Roux…, encantado de conocerte.

¡Vaya con el otro mentiroso! La antipatía que Thierry experimenta ante ese hombre, ese intruso, es instantánea, irracional y totalmente instintiva. El intento de compensación adquiere la forma de una espantosa cordialidad bastante parecida a la que muestra con Laurent Pinson. Su voz resuena como la de Papá Noel, cuando le estrecha la mano los huesos crujen y dentro de un segundo no se le ocurrirá mejor idea que llamar mon pote al desconocido.

– ¿Así que eres amigo de Yanne? ¿Os dedicáis al mismo negocio? -Roux niega con la cabeza-. Me lo sospechaba, claro que no. -Thierry sonríe, se hace cargo de la juventud del otro y la compara con todo lo que él puede ofrecer. El ataque de celos amaina; lo noto en sus colores: el hilo gris azulado de la envidia se convierte en el tono cobrizo bruñido de la autosuficiencia-. Mon pote, ¿tomaremos una copa? -Ya está, no podía ser de otra manera-. ¿Qué tal un par de cervezas? Calle abajo hay una cafetería…

Roux menea la cabeza.

– Te lo agradezco, pero solo bebo chocolate.

Thierry se encoge de hombros para quitar importancia a ese alegre desdén. Cual un elegante anfitrión, sirve chocolate al intruso sin apartar la mirada de su rostro.

– ¿A qué te dedicas?

– A nada -responde Roux.

– ¿No trabajas?

– Claro que trabajo.

– ¿En qué? -insiste Thierry y esboza una sonrisa.

Roux también se encoge de hombros.

– Hago de todo un poco.

El regocijo de Thierry no conoce límites.

– ¿Has dicho que vives en un barco?

En realidad, lo ha dicho Anouk, pero Roux se limita a asentir y sonríe. Anouk es la única que parece alegrarse sinceramente de verlo, mientras Rosette lo estudia con total fascinación.

En ese momento veo lo que antes se me escapó. Las facciones de Rosette todavía no están definidas, pero posee los tonos de su padre, el cabello pelirrojo y los ojos entre grises y verdes, así como su inquietante temperamento.

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