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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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– No llevas el anillo -precisó.

Me miré instintivamente las manos.

– Es por el chocolate -dije-. Se pega a todo lo que toco.

– Tú y tu chocolate… -replicó Thierry.

No fue uno de nuestros paseos más afortunados. Tal vez se debió al día gris, al gentío, a la falta de apetito de Anouk o a la persistente negativa de Rosette a usar la cuchara. Thierry apretó los labios al ver que Rosette toqueteaba los guisantes y formaba una espiral en el plato.

– Los modales, Rosette -puntualizó cuando ya no pudo más. Rosette no le hizo el más mínimo caso, ya que concentró toda su atención en el dibujo-. Rosette -repitió Thierry con tono imperativo.

Aunque la niña no se dio por enterada, la mujer que ocupaba la mesa contigua se volvió al oír el tono de voz del constructor.

– Cálmate, Thierry. Ya sabes cómo es. Déjala en paz y así…

Thierry emitió una nota de exasperación:

– ¡Dios mío! ¿Cuántos años tiene? ¿No está a punto de cumplir cuatro? -Se volvió hacia mí con la mirada encendida-. Yanne, no es normal. Tienes que afrontarlo. Necesita ayuda. Quiero que la mires y… -Contempló furioso a Rosette, que comía los guisantes con los dedos, de uno en uno, con expresión de profunda concentración. Thierry se estiró por encima de la mesa y aferró la mano de Rosette. Sobresaltada, la niña lo miró-. Ten, coge la cuchara. Rosette, sujétala… -Por la fuerza le puso la cuchara en la mano. Rosette la soltó y Thierry la recuperó.

– Thierry…

– No, Yanne, tiene que aprender.

Por enésima vez intentó darle la cuchara a Rosette. La pequeña apretó los dedos y cerró el puño para demostrar que se negaba a cogerla.

– Thierry, escúchame. -Comencé a cabrearme-. Yo decidiré lo que Rosette…

– ¡Ay! -Thierry calló bruscamente y apartó la mano-. ¡Me ha mordido! ¡Esta mocosa me ha mordido!

Desde el borde de mi campo de visión me pareció vislumbrar un brillo dorado, un ojo pequeño, redondo y brillante y una cola en espiral…

Rosette hizo el signo de «ven aquí».

– Rosette, te ruego que no…

– Bam -dijo Rosette.

Ay, no, ahora no…

Me levanté dispuesta a irme.

– Anouk, Rosette… -Miré a Thierry. Vi pequeñas dentelladas en su muñeca. El pánico se abrió en mí como un capullo de rosa. Una cosa era un Accidente en la chocolatería, pero en público y en presencia de tantas personas…-. Lo siento. Tenemos que irnos.

– Pero si no habéis terminado -se lamentó Thierry.

Lo vi debatirse entre la cólera, el ultraje y la abrumadora necesidad de retenernos para demostrarse a sí mismo que todo iba bien, que esa situación podía evitarse, que todo sería según el plan original.

– No puedo quedarme -insistí y cogí en brazos a Rosette-. Lo siento… Tengo que salir de aquí…

– Yanne… -musitó Thierry, me sujetó del brazo y la ira que experimenté por haberse atrevido a interferir en la vida de mi hija y en la mía se disolvió en cuanto vi su expresión-. Quería que fuese perfecto -acotó.

– Está todo bien -aseguré-. No es culpa tuya.

Thierry pagó y volvimos andando a casa. A las cuatro ya había anochecido y la luz de las farolas se reflejaba en los adoquines mojados. Caminamos prácticamente en silencio; Anouk aferró la mano de Rosette y ambas pusieron mucho empeño en no pisar las grietas de la acera. Thierry guardó silencio, apretó las facciones y avanzó con las manos hundidas en los bolsillos.

– Por favor, Thierry, no seas así. Rosette se saltó la siesta y ya sabes que se altera. -Ahora que lo pienso, me pregunto si lo sabe. Su hijo debe de tener veintipico y tal vez ha olvidado lo que significa lidiar con un crío; me refiero a los berrinches, el llanto, el ruido y el alboroto. También es posible que Sarah se ocupase de todo mientras Thierry se encargaba de interpretar el papel de generoso: los partidos de fútbol, los paseos por el parque, las guerras de almohadas, los juegos-. Te has olvidado de cómo son las cosas -apostillé-. A veces me cuesta salir adelante y, si intervienes, la situación empeora…

Pálido y tenso, Thierry se volvió hacia mí.

– No he olvidado tanto como supones. Cuando Alan nació… -Calló bruscamente y me di cuenta de que hacía un esfuerzo sobrehumano por controlarse.

Le apoyé la mano en el brazo.

– ¿Qué pasa?

Thierry meneó la cabeza y respondió con voz quebrada:

– Más tarde, te lo contaré más tarde.

Por fin llegamos a la place de Faux-Monnayeurs y me detuve en el umbral de Le Rocher de Montmartre. El letrero recién pintado crujió levemente y aspiré una profunda bocanada de aire gélido.

– Thierry, lo lamento -repetí. Se encogió de hombros. Parecía un oso a causa del abrigo de cachemira, pero su expresión se suavizó-. Te lo compensaré. Te prepararé la cena, acostaremos a Rosette y luego hablaremos de todo esto.

Thierry suspiró.

– Está bien.

Abrí la puerta.

En el interior vi a un hombre, un individuo vestido de negro, que permaneció inmóvil, cuyo rostro me era más conocido que el mío y cuya sonrisa, poco corriente y brillante como los relámpagos en verano, comenzó a esfumarse…

– Vianne -dijo.

Era Roux.

QUINTA PARTE. Adviento

1

Sábado, 1 de diciembre

Desde el momento en el que entró en el local supe que se convertiría en mi problema particular. Por si no lo sabéis, algunas personas portan carga…, se ve en sus colores y en el caso de ese hombre correspondían a la llama azul amarillenta de un mechero de gas al mínimo, por lo que podía estallar en cualquier momento.

No es que se notase al mirarlo. Al verlo ni se te ocurría pensar que se trataba de alguien especial. Cada año París se traga a un millón de seres como éclass="underline" hombres de tejano y botas de trabajo, hombres que se sienten incómodos en la ciudad, hombres que cobran el salario en efectivo. Había estado en París lo suficiente como para reconocer su calaña. Me dije que, si había venido a comprar bombones, yo era la virgen de Lourdes.

Estaba subida en una silla para colgar un cuadro. Mejor dicho, mi retrato, hecho por Jean-Louis. Lo oí entrar, percibí el tintineo de las campanillas y el sonido de las botas en el parquet.

Pronunció el nombre «Vianne»… y su tono de voz reveló algo que me obligó a girarme. Lo miré. Vi a un hombre de tejano, camiseta negra y melena pelirroja recogida con una coleta. Como ya he dicho, nada del otro mundo.

Sin embargo, había algo en él, algo que me resultó conocido. Su sonrisa fue tan brillante como los Champs-Elysées en Nochebuena, lo que lo volvió extraordinario…, aunque solo durante un instante, ya que esa expresión deslumbradora se trocó en confusión al percatarse de que había cometido un error.

– Disculpa -dijo-. Te tomé por… -De pronto calló-. ¿Eres la dueña?

Su tono era apacible y se caracterizaba por las erres guturales y las vocales marcadas del Midi.

– No, solamente trabajo aquí -repuse sonriente-. La dueña es madame Charbonneau. ¿La conoces? -Durante unos segundos se mostró indeciso-. Me refiero a Yanne Charbonneau.

– Sí, claro que la conozco.

– Verás, en este preciso momento ha salido, pero estoy segura de que no tardará en volver.

– De acuerdo. La esperaré.

El hombre tomó asiento ante una mesa y echó un vistazo a su alrededor para contemplar el local, los cuadros, los bombones…, supongo que con placer y con cierta inquietud, como si no estuviera seguro de cómo sería recibido.

– ¿Y tú eres…?

– Bueno, simplemente un amigo.

Sonreí.

– Preguntaba cómo te llamas.

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