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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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Creía que teníamos un trato: yo no menciono su divorcio y Thierry no habla de mi pasado. Da resultado…, mejor dicho, lo dio hasta ayer.

Roux, buen momento has escogido, pensé amargamente. Claro que Roux es como es. Ahora su voz resuena en mi mente como la del viento: Vianne, no te engañes. Aquí no puedes asentarte. Te crees a salvo en tu casita pero, como el lobo del cuento, yo sé que no es posible.

Fui al obrador a preparar chocolate. Thierry me siguió y, a causa del grueso abrigo, se movió con torpeza entre las pequeñas mesas y sillas.

– ¿Quieres que te hable de Roux? -pregunté y rallé el chocolate en el cazo-. Verás, lo conocí cuando estaba en el sur. Durante una temporada tuve una chocolatería en un pueblo próximo al Carona. Roux vivía en una barcaza, navegaba de un pueblo a otro y hacía de todo un poco: trabajos de carpintería, techos, recolección de fruta. Trabajó un par de veces para mí. Hacía más de cuatro años que no lo veía. ¿Satisfecho?

Thierry se mostró avergonzado.

– Perdona, Yanne. Mi actitud ha sido ridícula. Obviamente, no pretendía interrogarte. Te prometo que no volverá a ocurrir.

– Jamás imaginé que fueras celoso -aseguré e incorporé una vaina de vainilla y una pizca de nuez moscada.

– No lo soy y, para demostrártelo… -Apoyó las manos en mis hombros y me obligó a mirarlo-. Yanne, escúchame. Es amigo tuyo y resulta evidente que necesita dinero. Dado que realmente quiero que el apartamento esté terminado para Navidad y, puesto que ya sabes lo difícil que es contratar a alguien en esta época del año, se me ocurrió ofrecerle el trabajo.

Le clavé la mirada.

– ¿Se lo has dicho?

Thierry sonrió.

– Si lo prefieres, considéralo una penitencia. Es mi modo de demostrarte que mi yo verdadero no es ese hombre celoso con el que anoche te topaste. Y hay algo más… -Se llevó la mano al bolsillo del abrigo-. Te he traído una tontería. Pretendía ser un regalo de compromiso, pero…

Las tonterías de Thierry siempre son lujosas: un ramo con cuatro docenas de rosas, joyas de Bond Street, pañuelos de Hermès. Tal vez un pelín convencionales, pero Thierry es así: previsible hasta la médula.

– ¿Cómo?

Me entregó un paquete delgado, poco más grueso que un sobre acolchado. Lo abrí y encontré un portadocumentos de piel con cuatro billetes de avión en primera para volar a Nueva York el 28 de diciembre.

Me quedé con la mirada fija en los billetes.

– Te encantará -aseguró Thierry-. Es el único sitio del mundo donde merece la pena recibir el Año Nuevo. He reservado habitaciones en un gran hotel…, a las niñas les gustará, habrá nieve, música, fuegos artificiales… -Me abrazó con todas sus fuerzas-. Ay, Yanne, me muero de ganas de mostrarte Nueva York…

A decir verdad, yo ya había estado en la ciudad. Allí murió mi madre, en una calle ajetreada, frente a una tienda de exquisiteces italianas, un cuatro de julio. Entonces hacía calor y brillaba el sol. En diciembre hará frío. En diciembre la gente muere de frío en Nueva York.

– Pues no tengo pasaporte -comenté lentamente-. Mejor dicho, lo tenía, pero…

– ¿Está caducado? Yo lo arreglaré.

En realidad, está algo más que caducado. Está a otro nombre, el de Vianne Rocher, y me pregunté cómo explicarle que la mujer de la que se ha enamorado es otra persona.

Claro que tampoco podía ocultarlo. La escena de la víspera me ha enseñado algo: Thierry no es tan previsible como imaginaba. La mentira es como la mala hierba y, si no se corta de raíz, lo invade todo, corroe, se extiende y asfixia hasta que al final no queda más que una sarta de falsedades…

Thierry estaba muy cerca, con los ojos azules encendidos por… por la ansiedad o tal vez por otra cosa. Despedía un olor ligeramente reconfortante, como a hierba segada, libros viejos, savia de pino o pan. Acortó un poco más las distancias, me abrazó, apoyó mi cabeza en su hombro (momento en el que pregunté dónde estaba ese pequeño hueco que parecía hecho exclusivamente para mí) y me resultó tan conocido, tan seguro…, aunque esta vez también percibí cierta tensión. La sentí como cables con carga eléctrica a punto de rozarse…

Sus labios encontraron los míos. Volví a notar esa carga; fue como si entre nosotros hubiera estática, en parte placentera y otro tanto desagradable. Me di cuenta de que pensaba en Roux. Maldito seas, ahora no. Ese beso persistente… Me aparté.

– Escucha, Thierry, tengo algo que decirte.

Me miró.

– ¿Qué tienes que decirme?

– El nombre que figura en mi pasaporte, el mismo que daré en el Registro Civil… -Respiré hondo-. No es el que uso ahora. Me lo he cambiado. Se trata de una larga historia. Tendría que habértela explicado, pero…

Thierry no me dejó continuar.

– Carece de importancia. No quiero explicaciones. Todos tenemos cosas de las que preferimos no hablar. Para mí que te hayas cambiado el nombre no tiene importancia. Eres tú quien me interesa, me da igual si te llamas Francine, Marie-Claude o, Dios no lo permita, Cunégonde.

Esbocé una sonrisa.

– ¿Hablas en serio?

Thierry meneó la cabeza.

– Prometí que no te haría preguntas. El pasado es el pasado. No tengo por qué saberlo, a menos que estés a punto de decirme que antes eras hombre o algo por el estilo.

Me reí.

– En ese aspecto, no existe el menor riesgo.

– Creo que voy a comprobarlo, solamente para cerciorarme.

Thierry cruzó las manos a la altura de mi talle. Su beso fue más intenso y exigente, pese a que nunca hace demandas. Su cortesía chapada a la antigua es una de las características que siempre me han atraído, si bien hoy se muestra ligeramente distinto: intuyo un esbozo de pasiones apenas contenidas, de impaciencia, de anhelo de algo más. Durante unos segundos me dejo llevar por la situación y Thierry desliza las manos por mi cintura y mis pechos. Hay algo puerilmente voraz en la forma en la que me besa los labios y la cara, como si intentase reclamar como propia mi persona, al tiempo que no cesa de susurrar: «Te quiero, Yanne; te deseo, Yanne…».

Reí a medias e intenté respirar.

– Aquí no. Son más de las nueve y media.

Thierry dejó escapar un cómico gruñido de oso.

– ¿Crees que estoy dispuesto a esperar seis semanas?

Sus extremidades también semejaron las de un oso y me estrechó con fuerza; olía a sudor almizcleño y a cigarro; de repente y por primera vez en nuestra larga amistad nos imaginé haciendo el amor, desnudos y sudados entre las sábanas, y me sorprendió el espasmo de repugnancia que la idea me provocó…

Apoyé las manos en su pecho.

– Thierry, por favor… -El constructor mostró los dientes-. Zozie llegará en cualquier momento…

– En ese caso, subamos antes de que se presente.

Yo ya me había quedado sin aliento. El olor a sudor se intensificó y se mezcló con el aroma a café, a lana virgen y a cerveza de la noche anterior. Dejó de resultarme reconfortante, pues evoca imágenes de bares llenos a rebosar, escapadas por los pelos y desconocidos ebrios en plena noche. Las manos de Thierry son impacientes, como losas, presentan manchas de pigmentación y están recubiertas de vello.

Me puse a pensar en las manos de Roux: en sus hábiles dedos de ratero y en el aceite de motor bajo las uñas.

– Yanne, subamos.

Prácticamente me empujó por el local. Tenía la mirada encendida de expectación. De pronto me habría gustado protestar, pero es demasiado tarde. Pensé que ya no había vuelta atrás y lo seguí hacia la escalera…

Estalló una bombilla que sonó como un petardo.

Sobre nuestras cabezas cayó una lluvia de vidrio pulverizado.

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