Sentido y Sensibilidad
- Автор: Остин Джейн
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
– ¡Pobre Elinor! ¡Cuántas penas te doy!
– Sólo desearía -replicó su hermana- que hubiera algo que pudiera hacer para consolarte.
Esto, al igual que habría ocurrido con cualquier otra cosa, fue demasiado para Marianne, que sólo pudo exclamar con toda la angustia de su corazón, “¡Ay, Elinor, que miserable me siento”, antes de que los sollozos ahogaran por completo su voz.
Elinor no pudo seguir contemplando en silencio este torrente de dolor que fluía sin encontrar resistencia.
– Haz un esfuerzo, Marianne -exclamó-, o te matarás y, junto contigo, a todos los que te aman. Piensa en tu madre; piensa en su aflicción al saber que tú sufres; por ella, tienes que esforzarte.
– No puedo, no puedo -exclamó Marianne-; déjame, déjame si te aflijo; déjame, ódiame, olvídame; pero no me tortures así. ¡Ay! ¡Qué fácil es para quienes no tienen penas propias hablar de esfuerzo! Dichosa, dichosa Elinor, tú no puedes tener idea de lo que sufro.
– ¡A mí me llamas dichosa, Marianne! ¡Ah! ¡Si supieras! ¡Y cómo crees que pueda serlo viéndote tan desgraciada!
– Perdóname, perdóname -echándole los brazos al cuello-; sé que me compadeces; sé cuán buen corazón tienes; pero aun así eres… debes ser feliz; Edward te ama… ¡Qué, dime qué podría matar una felicidad como ésa!
– Muchas, muchas circunstancias -dijo Elinor solemnemente.
– No, no, no -exclamó Marianne con voz ardiente-; él te ama, a ti y a nadie más que a ti. No puedes tener pena alguna.
– No puedo disfrutar de nada mientras te vea en tal estado.
– Y nunca más me verás en otra forma. La mía es una desdicha a la que nada puede poner fin.
– No debes hablar así, Marianne. ¿Acaso no tienes solaz alguno? ¿No tienes amigos? ¿Es tan grande tu pérdida que no deja espacio al consuelo? Por mucho que sufras ahora, piensa en lo que habrías sufrido si el descubrimiento de su carácter se hubiera postergado para más adelante… si tu compromiso se hubiera alargado por meses y meses, como podría haber ocurrido, antes-de que él hubiera decidido terminarlo. Con cada nuevo día de desventurada confianza de tu parte se habría hecho más atroz el golpe.
– ¡Compromiso! -exclamó Marianne-. No ha habido ningún compromiso.
– ¡Ningún compromiso!
– No, no es tan indigno como crees. No me ha engañado.
– Pero te dijo que te amaba, ¿no?
– Sí… no… nunca… en absoluto. Estaba siempre implícito, pero nunca declarado abiertamente. A veces creía que lo había hecho… pero nunca ocurrió.
– ¿Y aun así le escribiste?
– Sí… ¿podía estar mal después de todo lo que había ocurrido? Pero no puedo hablar más.
Elinor guardó silencio, y volviendo su atención a las tres cartas que ahora le despertaban mucho mayor curiosidad que antes, se dedicó de inmediato a examinar el contenido de todas ellas. La primera, que era la enviada por su hermana cuando llegaron a la ciudad, era como sigue:
Berkeley Street, enero.
¡Qué gran sorpresa te llevarás, Willoughby, al recibir ésta! Y pienso que sentirás algo más que sorpresa cuando sepas que estoy en la ciudad. La oportunidad de venir acá, aunque con la señora Jennings, fue una tentación a la que no pude resistir. Ojalá recibas ésta a tiempo para venir a verme esta noche, pero no voy a contar con ello. En todo caso, te esperaré mañana. Por ahora, adieu.
M.D.
La segunda nota, escrita la mañana después del baile donde los Middleton, iba en estas palabras:
No puedo expresar mi decepción al no haber estado aquí cuando viniste ayer, ni mi asombro al no haber recibido ninguna respuesta a la nota que te envié hace cerca de una semana. He estado esperando saber de ti y, más todavía, verte, cada momento del día. Te ruego vengas de nuevo tan pronto como puedas y me expliques el motivo de haberme tenido esperando en vano. Sería mejor que vinieras más temprano la próxima vez, porque en general salimos alrededor de la una. Anoche estuvimos donde lady Middleton, que ofreció un baile. Me dijeron que te habían invitado. Pero, ¿es posible que esto sea verdad? Debes haber cambiado mucho desde que nos separamos si así ocurrió y tú no acudiste. Pero no estoy dispuesta a creer que haya sido así, y espero que muy pronto me asegures personalmente que no lo fue.
M.D.
El contenido de la última nota era éste:
¿Qué debo imaginar, Willoughby, de tu comportamiento de anoche? Otra vez te exijo una explicación. Me había preparado para encontrarte con la natural alegría que habría seguido a nuestra separación, con la familiaridad que nuestra intimidad en Barton me parecía justificar. ¡Y cómo fui desairada! He pasado una noche miserable intentando excusar una conducta que a duras penas puede ser considerada menos que insultante; pero aunque todavía no he podido encontrar ninguna justificación razonable para tu comportamiento, estoy perfectamente dispuesta a escucharla de ti. Quizá te han informado mal, o engañado a propósito en algo relativo a mí que me pueda haber degradado en tu opinión. Dime de qué se trata, explícame sobre qué bases actuaste y me daré por satisfecha si puedo satisfacerte. Ciertamente me apenaría tener que pensar mal de ti; pero si me veo obligada a hacerlo, si voy a encontrarme con que no eres como hasta ahora te hemos creído, con que tu consideración por todas nosotras no era sincera y el único propósito de tu comportamiento hacia mí era el engaño, mejor saberlo lo antes posible. En este momento me siento llena de la más atroz indecisión; deseo absolverte, pero tener una certeza, en cualquier sentido que sea, aliviará mi sufrimiento actual. Si tus sentimientos ya no son lo que fueron, me devolverás mis cartas y el mechón de mis cabellos que tienes en tu poder.
M.D.
En consideración a Willoughby, Elinor no habría estado dispuesta a creer que tales cartas, tan llenas de afecto y confianza, pudieran haber merecido la respuesta que tuvieron. Pero su condena de la actuación de él no le impedía ver lo inapropiado, en último término, de que hubieran sido escritas; y lamentaba en su interior la imprudencia que había arriesgado pruebas de ternura tan poco solicitadas, que ningún precedente justificaba y que los hechos tan severamente condenaban, cuando Marianne, advirtiendo que ya había terminado con las cartas, le observó que ellas no contenían nada sino lo que cualquiera en la misma situación habría escrito.
– Yo me sentía -agregó- tan solemnemente comprometida con él como si estuviéramos unidos por el más estricto pacto legal.
– Puedo creerlo -dijo Elinor-; pero, por desgracia, él no sentía lo mismo.
– El sí sentía lo mismo, Elinor… semana tras semana lo sintió. Sé que fue así. No importa lo que lo haya hecho cambiar ahora (y nada sino las artes más negras usadas contra mí pueden haberlo logrado), alguna vez le fui tan querida como mis deseos más profundos pudieron desearlo. Este mechón de pelo, del cual ahora se deshace con tanta facilidad, lo obtuvo tras suplicármelo de la manera más vehemente. ¡Si hubieras visto su aspecto, sus maneras, si hubieras escuchado su voz en ese momento! ¿Has olvidado acaso la última tarde que pasamos juntos en Barton? ¡También la mañana en que nos separamos! Cuando me dijo que podrían pasar muchas semanas antes de que nos volviéramos a encontrar… su congoja, ¡cómo voy a olvidar su congoja!