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La guerra de la paz [The Peace War - es]

Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:

Paul Hoehler, un brillante científico, descubre el principio del funcionamiento de las “burbujas”, unos campos de fuerza esféricos completamente infranqueables. Gracias a ellos, sus usuarios se harán con el poder e impondrán una “paz” forzada y un estancamiento científico-tecnológico en un mundo diezmado por los conflictos y las plagas.
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
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—Entonces ésta debe ser la explicación al hecho de que nuestros satélites de comunicaciones no funcionen.

—También nosotros pensamos así. Estamos intentando poner a punto las viejas instalaciones de radar de vigilancia que teníamos en los años veinte. Y sería de mucha ayuda que ustedes hicieran lo mismo.

—Píntelo cómo quiera, pero parece ser que tenemos la primera oposición efectiva en casi treinta años. Personalmente, pienso que han estado presentes durante mucho tiempo. Siempre hemos ignorado a estos Quincalleros, convencidos de que su tecnología no podía representar una amenaza para nosotros ya que no disponían de suficiente energía. «La industria de la casita de campo», decíamos. Cuando les hice ver a ustedes lo avanzada que estaba su electrónica en comparación con la nuestra, ustedes parecían creer que sólo representaban una amenaza para mis posesiones de la Costa Oeste.

—Ahora está claro que disponen de una operatividad de ámbito mundial que, en algunos aspectos, es igual a la nuestra. Me consta que hay Quincalleros en Europa y en China. Hay muchos sitios en donde, antes de la Guerra, existía una importante industria electrónica. Creo que ustedes deberían considerarles como una amenaza real, tal como hago con los de aquí.

—Sí, y podemos coger a los más importantes y… —Gerrault estaba ahora en su elemento. Las visiones de las torturas bailaban ya en sus ojos.

—Al mismo tiempo —dijo Tioulang—, hemos de convencer al resto del mundo de que los Quincalleros son una amenaza directa para su seguridad. Recuerden que todos nosotros necesitamos la buena voluntad de la gente. Tengo un control militar directo sobre la mayor parte de China, pero nunca podré mantener a raya a India, Indonesia y Japón si la gente del pueblo no tiene más confianza en mí que en sus gobiernos. Hay más de veinte millones de personas en estas posesiones.

—¡Ah!, éste es su problema. Usted es como la cigarra que se pasa todo el verano recreándose en la aprobación general. Yo soy la industriosa hormiga —Gerrault miró su enorme torso y se rió de la metáfora—que, con toda diligencia, ha mantenido guarniciones desde Oslo a Ciudad del Cabo. Si esto de ahora es «el invierno que llega», no necesito la aprobación de nadie —sus ojos se hicieron más estrechos—. Pero necesito saber más sobre este nuevo enemigo.

Miró a Avery.

—Creo que Avery ha sido muy inteligente al darnos un punto de partida para luchar contra ellos. Me preguntaba el motivo de que patrocinara su tonto campeonato de ajedrez en Aztlán, y de que utilizara su flota aérea para transportar sus equipos de todo el continente. Ahora ya lo sé. Cuando usted intervino con las tropas en el campeonato, pudo detener a algunos de los mejores Quincalleros del mundo. ¡Oh!, está claro que sólo unos pocos de ellos tenían conocimiento de la conspiración contra nosotros, pero también es verdad que tendrán amigos y familiares que les quieran, y algunos de éstos forzosamente han de conocer algo. Si juzgamos a los prisioneros, de uno en uno, acusándoles de traición a la Paz, estoy seguro de que encontraremos a más de uno que quiera hablar.

Avery estaba de acuerdo. No obtendría un placer especial en la operación, como haría Christian. Sólo haría cuanto fuera necesario para salvar la Paz.

—Y no se preocupe usted, K.T., podemos hacerlo sin enemistarnos con el resto de nuestro pueblo.

—Verá, los Quincalleros utilizan mucha litografía de rayos X y rayos gamma, ya que la necesitan para fabricar microcircuitos. Ahora bien, mi gente de relaciones públicas ha preparado una noticia sobre el descubrimiento de que los Quincalleros están potenciando estos equipos de láser para grabado a fin de usarlos como armas láser, tal como hacían los gobiernos de antes de la Guerra.

Tioulang sonrió:

—¡Ah Este tipo de amenaza directa es la que puede darnos un mayor apoyo. Será casi tan efectivo como si dijéramos que se dedican a la investigación biocientífica.

—Pues ya está —Gerrault alzó las manos como si fuera a bendecir a sus amigos directores—. Ya podemos ser felices. Su pueblo se quedará apaciguado y podremos dedicarnos al enemigo con todas nuestras fuerzas. Hizo bien al llamarnos, Avery. Este es un asunto que requiere nuestra atención personal e inmediata.

Avery sintió un placer morboso al contestar:

—Además hay otro asunto, Christian, por lo menos de importancia semejante. Paul Hoehler está vivo.

—¿El matemático de antaño, sobre el que usted siempre ha tenido una idea fija? Sí, lo sé. Nos lo avisó usted hace unas semanas, con un tono secreto y aterrorizado.

—Una de mis mejores agentes se ha infiltrado entre los Quincalleros de la California Central. Me ha informado de que Hoehler ha logrado construir un generador, o está a punto de lograrlo, de burbujas.

Aquélla era la segunda bomba que hacía explotar delante de ellos, y en cierto modo, la mayor. Los vuelos espaciales eran una cosa. Algunos gobiernos los habían realizado antes de la Guerra. Pero la burbuja era algo muy distinto. Que un enemigo pudiera tenerla era tan mal recibido e increíble como si el demonio instalara una capilla. Gerrault fue tajante:

—Absurdo. ¿Cómo es posible que un anciano haya descubierto un secreto que hemos guardado tan celosamente durante todos estos años?

—¡Usted se olvida, Christian, de que fue este anciano quien, en primer lugar, inventó la burbuja! Durante diez años, después de la Guerra, fue de laboratorio en laboratorio, siempre un paso delante de nosotros y siempre buscando la manera de echarnos abajo. Entonces, desapareció de una manera tan absoluta que sólo yo, de entre todos los originales, estaba convencido de que se escondía en algún lugar mientras trabajaba contra nosotros. Y yo tenía razón. Tiene una increíble habilidad para sobrevivir.

—Lo siento, Hamilton, pero a mí también me cuesta creerlo. No tiene usted una evidencia consistente; aparentemente se basa sólo en la palabra de una mujer. Creo que siempre se ha alterado demasiado cuando se trataba de Hoehler. Puede que hubiera tenido alguna de las ideas originales, pero fue el trabajo del resto del equipo de su padre lo que hizo realmente posible el invento. Además se requiere una planta de fusión y algunos condensadores enormemente grandes para alimentar a un generador de burbujas. Los Quincalleros jamás podrían…

La voz de Tioulang se fue apagando cuando se dio cuenta de que si se podía esconder una instalación para vuelos espaciales, era mucho más probable que se pudiera esconder un reactor de fusión nuclear.

—¿Lo ve usted? —dijo Avery.

Tioulang no había intervenido en el grupo de investigación de su padre, y no podía darse cuenta del talento matemático de Hoehler. Otros habían participado en el proyecto, pero Hoehler había estado detrás de todos los aspectos eminentemente teóricos. Por descontado, la historia no se había escrito así. Pero a pesar de los muchos años transcurridos, Avery recordaba la cólera de Hoehler cuando se dio cuenta de que el desarrollo no se hubiera podido mantener en secreto si él, además de inventar «el monstruo» (como lo llamaba), no hubiera realizado personalmente el trabajo de todo un laboratorio de investigación. Había resultado evidente que les iba a denunciar, y su padre confió en su hijo Hamilton Avery para hacer callar al matemático. Avery había fracasado en el cargo. Este había sido su primer fracaso, y el último, en este tipo de operaciones durante todos aquellos años, pero era un fracaso que no podía olvidar.

—Está aquí fuera, K. T. Es cierto, créame. Y mi agente es Della Lu, la que realizó esa misión de Mongolia que ninguno de los suyos podía hacer. Puede usted creer lo que ella diga. ¿No ve usted lo que va a ocurrir si no hacemos nada? Si tienen capacidad para realizar vuelos espaciales y además poseen la burbuja, son superiores a nosotros. Nos van a barrer tan fácilmente como nosotros barrimos a los gobiernos de los viejos tiempos.

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