La guerra de la paz [The Peace War - es]
- Автор: Виндж Вернор (Вернон) Стефан
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0022-1
- Переводчик: Jose Maria Garcia
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
Apenas si había podido ver al anciano un puñado de veces, después de la primera tarde, y nunca había vuelto a hablar con él. Pero estaba en la casa. Ella había oído su voz, detrás de puertas cerradas, alguna vez hablaba con una mujer que no era Irma Morales. Aquella voz femenina le resultaba algo familiar.
¡Dios! Lo que daría por ver ahora una cara conocida. Alguien con quien poder hablar. Angus, Fred, Paul Hoehler.
Allison bajó, deslizándose, de su elevado mirador rocoso y se paseó, enfadada, de un lado a otro. En la costa, las nubes matutinas todavía cubrían las tierras bajas. El arco de plata que encerraba a Vandenberg y a Lompoc parecía flotar hasta medio camino del cielo. No podía existir una estructura de sostén tan grande. Las montañas, por lo menos, tenían la decencia de anunciarse con laderas y estribaciones. La Burbuja de Vandenberg simplemente estaba allí, perpendicular e inmaterial como un sueño. Sabía que aquella semiesfera contenía muchas cosas de su mundo, y a muchos de sus amigos. Estaban atrapados allí, sin que para ellos corriera el tiempo, tal como le había sucedido a ella, a Angus y a Fred cuando habían sido atrapados en la burbuja proyectada alrededor de su nave de reentrada. Y un día cualquiera la Burbuja de Vandenberg podía reventar.
Entre los árboles, fuera de su área de visión, se oyó un graznido; un cuervo se elevó por encima de los pinos y voló en círculos para cambiar de sitio. Sobre el murmullo de los insectos, Allison escuchó un ruido apagado de cascos. Se acercaba un caballo por el estrecho sendero situado detrás del mantón de rocas. Allison se retiró entre la sombra y esperó.
Pasaron tres minutos y apareció un jinete solitario. Era un negro, tan delgado que resultaba difícil saber su edad, aunque se podía asegurar que era joven. Iba vestido de verde oscuro, casi un uniforme de camuflaje, y su cabello era corto y encrespado. Parecía cansado, pero sus ojos no cesaban de inspeccionar a ambos lados del camino que tenía por delante. Sus ojos pardos la vieron.
—Jill! ¿Qué haces tan lejos de la terraza?
Las palabras tenían un marcado acento español; su significado era algo incongruente y que estaba fuera de su alcance. Una ancha sonrisa apareció en la cara del muchacho, que se apeó y se apresuró a reunirse con ella, sorteando las rocas situadas entre ambos.
—Naismith dice que… —el muchacho y las palabras se detuvieron a la vez. Estaba a la distancia de su brazo, y su boca entreabierta era señal de incredulidad—. Jill, ¿eres tú, de verdad?
Su mano describió un arco horizontal en dirección a la cintura de Allison. El gesto era demasiado lento para ser un golpe, pero ella no iba a correr riesgos. Le agarró la muñeca.
El muchacho lanzó un chillido, pero era a causa de la sorpresa y no del dolor. Era como si no pudiera creer que le hubiera tocado. Ella le obligó a regresar al camino y luego los dos se dirigieron hacia la casa, mientras la joven le sujetaba un brazo detrás de la espalda. El muchacho no luchó, aunque tampoco estaba acobardado. En su mirada se percibía más sorpresa que miedo.
Ahora que ya no era ella, sino el otro quien estaba en desventaja, tal vez podría obtener algunas respuestas.
—Ni tú, ni Naismith me habíais visto antes, pero parece ser que todos me conocéis. Quiero saber por qué.
Ella le dobló el brazo un poco más, aunque no lo bastante para que le doliera. La violencia estaba en su voz.
—Pero es que yo te he visto —hizo una pausa breve, y luego añadió—: en fotografías, quiero decir.
Quizá no fuera toda la verdad, pero… Tal vez las cosas fueran como en aquellas fantasías que Angus acostumbraba leer. A lo mejor ella era importante y el mundo había estado esperando a que salieran de su sueño intemporal. En este caso sus fotografías deberían haber sido difundidas ampliamente.
Dieron una docena de pasos más por el blando camino cubierto de agujas de pino. No. Debía haber algo más. Aquellas gentes actuaban como si la hubieran conocido en persona. ¿Era posible esto? No lo era en cuanto al muchacho, pero Bill e Irma, y aún más Naismith, tenían edad suficiente para que ella les hubiera conocido antes. Intentó imaginarse aquellas caras cincuenta años más jóvenes. Los sirvientes no podían ser más que niños muy pequeños, pero el anciano debía tener la misma edad que ella tenía ahora.
Dejó que el muchacho fuera delante. Ahora le cogía la mano en vez de torcerle el brazo y pensaba en la lápida funeraria que llevaba su nombre, lo cual representaba que alguien se había preocupado mucho por ella. Pasaron andando por delante de la entrada de la casa y bajaron por la rampa que llevaba hasta una entrada situada bajo el nivel del suelo. La puerta estaba abierta, tal vez para dejar entrar los frescos aromas de la mañana. Naismith se encontraba sentado, dándoles la espalda, y muy atento a los mecanismos con los que estaba jugando. El muchacho, que todavía sostenía las riendas de su caballo, atravesó la puerta y dijo:
—¿Paul?
Allison miró por encima del hombro del anciano la pantalla que éste contemplaba. Un caballo y un muchacho, y una mujer estaban mirando por la abertura de una puerta a un anciano que estaba mirando a una pantalla que… Allison, como un eco del muchacho, pero en un tono mucho más suave, más amargo y más interrogativo, preguntó:
—¿Paul?
El anciano, que un mes antes había sido joven, se volvió, al fin, para reunirse con ella.
23
Existían muy pocos sitios en la Tierra que fueran más activos y populosos que antes de la Guerra. Livermore era uno de éstos. Cuando se hallaba en su apogeo, antes de la Guerra. Junto a la ciudad, y desparramados por sus colinas se había construido un gran número de laboratorios comerciales y federales. Aquéllos eran tiempos de esplendor, con los antiguos Laboratorios de Energía de Livermore que poseían docenas de grandes empresas, y trabajaban con centenares de compañías contratadas, desde su gigantesca sede en las afueras de la ciudad. Y una de estas empresas contratadas, desconocidas para el resto de ellas, había sido la llave de su futuro. Su director, el padre de Hamilton Avery, había sido lo suficientemente listo para comprender lo que se podía conseguir con el invento de determinado científico de la plantilla, y había cambiado el curso de la historia.
De esta manera, cuando el antiguo mundo desapareció dentro de unas burbujas de plata, después de ser arrasado por los hongos de fuego nuclear y desangrado por las plagas, Livermore había seguido creciendo. Al principio desde todo el continente y luego desde todo el planeta, los nuevos gobernantes habían concentrado allí su gente mejor y más brillante. Con excepción de un breve período durante la peor etapa de las plagas, el crecimiento había sido casi exponencial. Y la Paz había gobernado el nuevo mundo.
El corazón de la Autoridad cubría mil kilómetros cuadrados, a lo largo de una franja que se extendía hacia las pequeñas ciudades de Berkeley y Oakland, al oeste de la Bahía. Ni los Enclaves de Beijing y París podían compararse con el de Livermore. Hamilton Avery había querido que aquello fuera un edén. Habían dispuesto de cuarenta años, además de la riqueza y los genios de todo el planeta, para conseguirlo.
Pero, todavía, en el centro del corazón se encontraba la Milla Cuadrada, los primitivos laboratorios federales y la Universidad de California, con su arquitectura de cien años atrás, en medio de las burbujas de mil metros de diámetro, de las torres de obsidiana y de los parques forestales.