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La guerra de la paz [The Peace War - es]

Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:

Paul Hoehler, un brillante científico, descubre el principio del funcionamiento de las “burbujas”, unos campos de fuerza esféricos completamente infranqueables. Gracias a ellos, sus usuarios se harán con el poder e impondrán una “paz” forzada y un estancamiento científico-tecnológico en un mundo diezmado por los conflictos y las plagas.
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
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El carro avanzó hasta llegar a la altura del muchacho. Rosas fue a ayudar al anciano para que se bajara, pero el ruso meneó la cabeza.

—Sólo estaremos unos minutos —murmuró.

Su hijo miró un instrumento que llevaba en su regazo.

—Por esta zona, somos los únicos animales del tamaño de un hombre, coronel.

—Está muy bien. Pero esta noche todavía tenemos que hacer muchas cosas en casa —durante un instante su voz parecía indicar que estaba cansado—. Wili, ¿sabes por qué nosotros tres hemos venido acompañándoos hasta aquí?

—No, señor.

El «señor» le salía espontáneamente cuando hablaba con el coronel. Después del mismo Naismith, Wili había encontrado en este hombre más cosas que merecieran su respeto que en nadie más. Los jefes Jonque, y los amos Ndelante Ali, exigían siempre unas maneras respetuosas de sus dependientes, pero el anciano Kaladze siempre daba algo a cambio.

—Pues bien, hijo. Quería convencerte de que eres importante, y que lo que haces es todavía más importante. No queríamos ofenderte anoche en la reunión; sólo se trataba de que sabíamos que estabas equivocado en lo de Mike —levantó un par de centímetros su mano y Wili sofocó el nuevo ruego que afloraba a sus labios—. No voy a tratar de convencerte de que estabas equivocado, sé que crees todo lo que dices. Pero, a pesar de este desacuerdo, todavía te necesitamos desesperadamente. Sabes que Paul Naismith es la clave de todo esto. Puede ser capaz de descubrir el secreto de las burbujas. Puede ser capaz de liberarnos a todos los que estamos bajo la Autoridad.

Wili hizo una señal afirmativa.

—Paul nos ha dicho que te necesita y que sin tu ayuda su éxito se retrasaría. Le están buscando, Wili. Si le cogen antes de que pueda ayudarnos creo que no nos quedaría ninguna posibilidad. Nos tratarían como a los Quincalleros de La Jolla. Así es. Hemos traído a Elmir —hizo un gesto en dirección a la yegua que conducía Rosas—. Mike dice que aprendiste a montar en Los Ángeles.

Wili asintió nuevamente. Aquello era una exageración. Sólo sabía mantenerse en la silla. Con los Ndelante Ali, las escapadas solían ser, a veces, a caballo.

—Queremos que vuelvas con Paul. Creemos que lo lograrás desde aquí. Este camino que se ve ahí delante cruza bajo la Old 101. No deberás encontrarte con nadie a no ser que te desvíes mucho hacia el sur. Hay un campamento de camioneros siguiendo este camino.

Por primera vez, Rosas habló:

—Paul necesita de verdad tu ayuda, Wili. Lo único que le protege es su escondite. Si te capturaran y te obligaran a hablar…

—No hablaría.

Wili dijo esto y trató de no pensar en lo que había visto que les pasaba en Pasadena a los prisioneros que no cooperaban.

—Con la Autoridad no podrías elegir.

—¿Sí? ¿Es esto lo que le pasó a usted, señor Jonque? No creo que hubiera planeado desde el principio hacernos traición. ¿Qué pasó? Ya sé que la perra china le ha conquistado. ¿Es esto lo que ha pasado? —Wili oyó cómo su propia voz iba subiendo de tono—. ¿Es tan bajo su precio?

—¡Ya basta! —La voz de Kaladze no era alta, pero su brusquedad hizo callar de golpe a Wili. El coronel luchó por bajar desde la banqueta al suelo, y luego se inclinó, llevando todavía las gafas de noche, hasta que su cara estuvo al nivel de la de Wili. De algún modo, Wili pudo sentir aquellos ojos que se clavaban en los suyos, a través de las oscuras lentes de plástico.

—Si alguien ha de estar amargado, debemos ser Sergei Nicolayevich y yo. ¿No es cierto? Soy yo, y no tú, el que ha perdido a un nieto en la burbuja de la Autoridad. Si alguien ha de tener sospechas soy yo, y no tú. Mike Rosas te salvó la vida. Y no me refiero sólo a que regresó aquí, contigo y vivo. Consiguió meterte y sacarte de aquellos laboratorios secretos. Unos pocos segundos de diferencia y todos habrían quedado atrapados en la burbuja. Y lo que tú lograste allí, fue la propia vida. Te vi antes de que fueras a La Jolla. Si ahora estuvieses tan enfermo como entonces, estarías tan débil que no podrías permitirte el lujo de la ira.

Esto detuvo a Wili. Kaladze tenía razón, pero no acerca de la inocencia de Rosas. Los últimos ocho días habían sido de tanto trajín, tan llenos de furia y frustración, que no se había dado cuenta del todo. En veranos anteriores su estado siempre había mejorado. Pero desde que empezó a tomar aquello, el dolor le había ido abandonando, mucho más aprisa que las otras veces. Desde que había regresado a la granja había comido con más placer que en los cinco años anteriores.

—Conforme. Le ayudaré, pero con una condición.

Nikolai Sergeivich se puso tenso, pero no dijo nada. Wili prosiguió:

—El juego se habrá perdido si la Autoridad encuentra a Naismith. Mike Rosas y Lu tal vez conozcan dónde está. Si usted me promete, por su honor, mantenerles apartados durante diez días de todos los medios de comunicación exterior, entonces valdrá la pena que yo haga lo que usted dice.

Kaladze no contestó en seguida. Era una promesa muy fácil de hacer para seguirle la corriente en sus «fantasías», pero Wili sabía que si el ruso daba su palabra, la iba a mantener. Finalmente dijo:

—Lo que pides es muy difícil y muy inoportuno. Prácticamente me pides que les tenga encerrados —miró a Rosas.

—Por mí, no tengo inconveniente —el traidor habló aprisa, casi con impaciencia.

Wili se preguntó qué era lo que no alcanzaba a entender.

—Muy bien. Tienes mi palabra —Kaladze extendió su pequeña pero fuerte mano para estrechar la de Wili—. Ahora marchémonos, antes de que la aurora medie en nuestras agradables discusiones.

Sergei y Rosas dieron la vuelta a los caballos y al carro y cuidadosamente borraron las huellas de su presencia. El traidor evitó mirar a Wili cuando cerró la puerta secreta.

Y Wili se quedó solo con una pequeña yegua en la más negra de las noches. A su alrededor la lluvia caía inaudiblemente. A pesar del impermeable, su espalda empezaba a mojarse.

Wili no había previsto lo difícil que iba a resultarle guiar la yegua en aquella oscuridad absoluta pese a que Rosas había hecho suponer que le resultaría fácil. Desde luego, Rosas no tenía que luchar con ramas mal colocadas que, si no se apartaban cuidadosamente, golpearían la cabeza del animal. La primera vez que aquello sucedió, casi perdió el control de la pobre Elmir. El camino iba dando vueltas y revueltas alrededor de las colinas y desaparecía en algunos lugares donde las lluvias constantes habían hecho mayores las torrenteras de la estación anterior. Sólo los mapas de Kaladze podían sacarle entonces del apuro.

Ya sólo le faltaban quince kilómetros para llegar a la Oíd 101, y era un largo paseo, largo y húmedo. Pero todavía no estaba muy cansado, y el calor que sentía en sus músculos era la saludable sensación del ejercicio. Nunca, ni en sus mejores momentos, se había sentido tan activo. Acarició la pequeña bolsa que llevaba junto a su piel, y elevó una corta plegaria al Único Dios Verdadero para que siguiera concediéndole suerte.

Tenía mucho tiempo para pensar. Una y otra vez, Wili volvía a recordar la aparente facilidad con que Rosas había aceptado el arresto domiciliario para él y para Lu. Debían tener algo ya planeado. ¡Lu era tan lista y tan hermosa! No sabía qué era lo que había maleado a Mike, pero se inclinaba a creer que lo había hecho sólo por causa de ella. ¿Serían todas las chicas chinas como ella? Nunca había visto una dama, negra, Anglo o Jonque, como Della Lu. Wili iba distraído, imaginando varias confrontaciones finales y victoriosas, hasta que, pese a llevar las gafas de noche, cayó por el borde de un torrente lleno a medias de agua, que bajaba con fuerza. Tardaron, él y su caballo, quince minutos en poder salir de allí. Tuvieron que trepar por los resbaladizos márgenes embarrados, y casi perdió las gafas en la aventura.

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