El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
Luego, tras el canto ritual, llegó el momento del diálogo. Yo era el objeto de debate. Yo y mi enfermedad.
Ninguna se atrevía a hablar. Era como asistir a la lectura del diagnóstico de un médico que acaba de descubrirnos una enfermedad terminal. Por fin Hólmfrídur rompió el hielo.
– Estás embarazada.
Si me hubiesen pegado con una maza no me hubieran dejado más atontada. Me esperaba cualquier cosa menos eso. Era cierto que llevaba cierto retraso con mi regla, pero era normal en mí, tenía sólo diecisiete años y nunca daba importancia a un retraso de unos pocos días.
– No puede ser -balbuceé-. He tomado mis hierbas.
– ¿Siempre?
Hice memoria. Siempre masticaba las hierbas que las Omar conocíamos bien para evitar embarazos. Era una costumbre que cumplía cada noche, nunca me olvidaba de hacerlo a no ser que… me durmiese antes. Como fue el caso de la noche del solsticio que pasé en el monte Domen. Esa noche se había borrado de mi mente, no recordaba nada. Era muy posible que no masticase mis hierbas.
– ¿Tienes mareos y vómitos?
Palidecí. Qué estúpida. Los atribuí al viaje por mar, pero comenzaron antes. Entonces…, mi debilidad, mis vómitos, mi insomnio eran síntomas de embarazo. Hólmfrídur leyó mis pensamientos.
– No te confundas.
Claro que estaba confundida. Mucho. Me acababan de decir que tenía una nueva vida en mi interior, que mi vientre se hincharía, que un pequeño ser crecería dentro de mí y me haría madre. Era tan absurdo y extraño que simplemente no me lo podía creer. ¡Claro que estaba confundida! Confundida era poco. Estaba mareada por la revelación.
– Estás siendo víctima de una Odish. Tu debilidad es por ese motivo. El embarazo no baja las defensas del cuerpo; al revés, las aumenta, estás más fuerte. Por eso has resistido más tiempo el embate de esa Odish.
A lo mejor era cierto. Si algo tenía claro era que no estaba dispuesta a rendirme. Quería luchar, resistir, continuar viva. ¿Y eso era a causa de esa nueva vida que llevaba en mi interior? Yo lo atribuía a mi enamoramiento.
– ¿Es Baalat? -pregunté con reparo.
A diferencia de las brujas mediterráneas, las islandesas de piel clara no se estremecieron al oír nombrar a la diosa fenicia. Al revés, fruncieron el ceño asombradas.
– Eso creemos, pero es muy extraño.
– Baalat nunca se ha atrevido a atacar en nuestros dominios -afirmó Hólmfrídur con convencimiento.
– Son los dominios de la dama de hielo -ratificó la de gafitas.
– ¿La dama de hielo? -pregunté inquieta. Ese nombre me trajo a la memoria algunas leyendas que aprendí de niña.- Helaba el corazón de los hombres a los que enamoraba -recordé de pronto.
– Y quemaba las pupilas de las muchachas que se atrevían a mirarla a los ojos -susurró la viejecilla Björk.
Y las yeguas Omar, con un temblor en la voz, fueron cosiendo retazos de la misteriosa Odish.
– La mitología la asimiló con algunas diosas como la bella Freijaa o la misteriosa esposa de Odín.
– Sus dominios son los árticos.
– Ninguna otra Odish se atrevió nunca a adentrarse en su territorio.
– Baalat no pudo nunca contra ella.
– Se refugió en los hielos eternos y se adormeció.
– Como la condesa.
Yo misma planteé el dilema:
– Sin embargo, Baalat, la dama oscura, atacó duramente en territorio de la condesa la noche de Imbolc. ¿No es posible que también se haya decidido a invadir las tierras de la dama de hielo?
Callaron. No se habían planteado esa cuestión. Para mí era muy importante que dispusieran de información. Sin ella, luchar contra la nigromancia de Baalat era casi imposible.
– Conjura a los muertos -recordé.
– Pero necesita un cuerpo, un cuerpo aunque sea de un muerto -dijo Björk, la adorable abuelita, que se había encasquetado de nuevo su horroroso sombrero.
– Puede haber utilizado una treta, un cuerpo para trasladarse -aventuró la intelectual.
– ¿Cuál? -me pregunté en voz alta.
– Un animal no puede adaptarse a tantos lugares ni viajar tan lejos por sus propios medios -objetó la campesina.
– A no ser que viaje con humanos -puntualizó Hólmfrídur.
– O a no ser que se haya encarnado en un ser humano vivo como… -la joven camarera vikinga que había comenzado esa frase se llevó la mano a la boca mirándome horrorizada.
Sus compañeras siguieron la trayectoria de sus ojos, con aprensión, y respiraron hondo, como desprendiéndose de un mal pensamiento. Inconscientemente se alejaron algunos milímetros de mí. Lo sentí. Volvía a tener mis facultades en pleno rendimiento. Me estaban rechazando. Conocía el mecanismo que me enseñó mi madre para activar el rechazo ante la sospecha de la presencia de cualquier Odish. Las Omar creían que yo en persona podía ser Baalat. O que parte de Baalat se había instalado en mí. Lo notaba.
Ante esa sospecha habían bloqueado sus vivencias. Tenía que convencerlas de que era Selene. Si no lo hacía, no sólo no me ayudarían sino que me destruirían.
Yo era impulsiva, inmediata, y así como mi temperamento podía darme muchos quebraderos de cabeza y a veces meterme en líos tremendos, también era mi mejor arma. Les arrojé la verdad a la cara para cortarles la posible retirada.
– ¿Qué prueba necesitáis para que os convenza?
Hólmfrídur habló en nombre de todas:
– ¿Convencernos de qué? -preguntó incómoda.
– De que soy Selene, de que no soy Baalat, de que no me ha poseído.
Rieron forzadas. Leí en sus risas que la consigna que se pasaban con sus gestos isleños y endogámicos era reír.
– ¡Qué tontería!
Pero no era ninguna tontería. O el embarazo había agudizado mis sentidos o yo podía leer con claridad sus pensamientos a pesar de la coraza que se esforzaban en levantar. Todas coincidían. Se decían a ellas mismas que yo tenía sangre Odish en mis venas. La habían detectado. Baalat no me estaba desangrando, Baalat me estaba poseyendo como a Meritxell.
Estaban locas de remate. Pero tuve miedo a que optaran por destruirme para librarse del peligro que una infiltrada como yo podía suponer.
– Quiero ponerme en contacto con mi madre Deméter. Ella os convencerá de que Baalat no me ha poseído. Ella me conoce -lo dije exigiendo como exige la hija de una matriarca o de una primera ministra.
– Ahora no es oportuno -comentó lacónicamente Hólmfrídur.
Y leí una dureza de pedernal en los reflejos dorados de sus ojos. Imposible insistir sin perder los papeles. Había perdido mi primera batalla y no podía continuar embistiendo de frente. Opté por una retirada.
– ¿Mañana entonces? -pregunté simulando obediencia.
– Mañana, sí. Hoy será mejor que descanses.
Les dirigí una nerviosa sonrisa a todas enfatizando mi apuro.
– Lo siento. Son los nervios. Me han pasado tantas cosas y estoy tan asustada. Necesito una vara para sentirme tranquila.
Pero ya sabía la respuesta. No me darían ninguna vara porque desconfiaban de mí.
– Mañana, hoy no hay tiempo.
Hólmfrídur me ofreció su mano fría y resbaladiza. Sudaba y no ofrecía garantías ni confianza. Era una mano traidora.
– Ve a dormir, Selene. Necesitas descansar.
– Hace una semana que no duermo -confesé-. Necesito dormir en territorio Omar y necesito tomar algo potente.
Y era cierto.
Me acompañaron de nuevo hasta la casa y en la cocina Hólmfrídur me ofreció una infusión cargada de dormidera, supuse que cargadísima. Se lo agradecí con una sonrisa y, al darse la vuelta, la arrojé al tiesto que había en la ventana.
Luego me despedí y Hólmfrídur me acompañó al hotel. Naturalmente hice teatro. Cada tres pasos tropezaba y fingía trastabillar. Hólmfrídur me sujetaba con fuerza y quizá por la proximidad se permitió un comentario muy directo.