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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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– Un resfriado.

Entonces Gunnar la increpó en islandés. Creo que la amenazó con llevarme a un hospital si no me atendía debidamente. La pálida islandesa salió de la sala y volvió al cabo de poco con un antibiótico que mostró a Gunnar antes de ofrecérmelo y una pomada que me aplicó en los brazos.

– ¿Da el señor su aprobación?

Gunnar asintió con un gesto de cabeza.

La cena fue tensa y difícil. Hólmfrídur consultaba continuamente su reloj de pulsera y se mostraba seca e impertinente. A ratos Gunnar y ella hablaban en islandés, y Gunnar parecía incómodo por el tipo de preguntas con que Hólmfrídur lo bombardeaba. Yo tenía que mediar entre ambos y relataba, de la forma más amena posible, nuestra aventura en el ballenero y nuestro viaje hasta Cabo Norte. Hablé de los fiordos, de los mosquitos, de los renos y los sami. Hacia los postres, Gunnar comenzó a bostezar sospechosamente. Se levantó a duras penas y se disculpó por estar agotado. Y era absolutamente cierto. Había conducido a lo largo de más de once horas sin apenas descanso. Nos despedimos de Hólmfrídur y ella me hizo la señal convenida.

De camino al hotel, Gunnar tropezaba con todas las piedras y perdía frecuentemente el equilibrio. Temí que no llegaríamos a tiempo, pero lo conseguimos por los pelos. Gunnar cayó vestido sobre la cama. Le quité los zapatos, lo abrigué con la colcha y salí de nuevo en dirección a casa de Hólmfrídur. La poción que le había suministrado la yegua Omar, en venganza a su insolencia, debía de ser para dormir a un paquidermo.

Esta vez, cuando volví a llamar a su puerta, la mujer fría que me había despedido minutos antes se había transformado en un rostro lleno de ansiedad que me arrancó la ropa a tirones y me obligó a mostrarle de nuevo mis brazos.

– Niña loca, irresponsable, cabezota, ¿cómo te has podido dejar hacer esto?

Cubrió mi piel de cataplasmas y me hizo tomar una fuerte infusión que me quemó la lengua y abrasó las entrañas. Al momento sentí cómo alrededor de mi cintura se ceñía el escudo protector tras el conjuro de Hólmfrídur.

– Lancé mi vara, lo siento, no pude tallar ninguna.

– No hables, no digas nada. Luego te haré muchas preguntas.

Y a pesar de la tranquilidad de saberme protegida, no me gustó la expresión de Hólmfrídur. Sus ojos amarillentos brillaban en la semioscuridad y sus pupilas dilatadas radiografiaban mi cuerpo mientras las palmas de sus manos calientes palpaban mi piel temblando como las varas de una zahori. ¿Había caído en una trampa?

La mujeres a quienes esperaba Hólmfrídur, y a causa de las cuales consultaba su reloj, fueron llegando silenciosamente a partir de la medianoche. Un par de ellas, una campesina robusta y una anciana vestida como la reina de Inglaterra y que atendía por el nombre de Björk, Abedul, habían viajado desde aldeas remotas; otra, con gafas y aire de intelectual trasnochada, vivía en un pueblo cercano; pero fue la última de todas la que me produjo un escalofrío. Era ni más ni menos que la joven y bella camarera vikinga que me atendió en el único bar en el que puse los pies en Rejkiavik. La misma que me ofreció un café cargado que me mantuvo despierta hasta ese momento, la que sonrió a Gunnar mientras yo lo convencía de la necesidad de visitar a Hólmfrídur, la que proporcionó el listín a Gunnar y que finalmente guió mi dedo hasta el número correcto. Todo había sido demasiado fácil, demasiado sencillo. Pero nada era casual a mi alrededor. Me movía por un mundo programado, pautado, controlado. Deméter había alertado a las brujas islandesas de mi próxima llegada. De nuevo me perseguía, me vigilaba y gobernaba los hilos de mi vida. Aunque yo no hubiese tomado la decisión de acudir a las Omar, ellas me hubieran encontrado a mí y me hubieran apresado como a un ratón.

Las amigas de Hólmfrídur, que habían acudido a su llamada, eran cuatro mujeres de diferente edad, profesión y clase social. Pero todas tenían un nexo en común: eran brujas Omar del clan de la yegua y, como tales, se debían a la comunidad y dejaban sus vidas privadas y públicas a un lado para salir corriendo en ayuda de cualquier otra Omar. A pesar de mi rebeldía, reconozco que se lo agradecí, aunque tal vez, unas horas más tarde se convirtieran en mis verdugos.

– ¿Y bien, Selene? -inició su parlamento Hólmfrídur como portavoz de la comunidad-. ¿Has decidido entregarte?

Las miré alternativamente. El único papel que podía permitirme era el de la sumisión.

– Me equivoqué escapando de la tribu -admití compungida.

Hólmfrídur suspiró.

– Tendrás un juicio justo, ha habido novedades.

Björk, la anciana, me miró desde detrás de sus lentes.

– ¿Ya sabes lo de Meritxell?

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

– ¿El qué?

Cualquier descubrimiento que me aligerase la conciencia o iluminase el oscuro incidente sería bien recibido.

– Estaba poseída -susurró la joven camarera con espanto.

– ¿Poseída? ¿Por quién?

– Por Baalat -afirmó Hólmfrídur-. Eso es lo que han deducido las expertas. Ingrid, la erudita, había estudiado muchos casos parecidos.

Me pareció más inquietante que tranquilizador.

– ¿Y eso qué aporta?

– Cambia la perspectiva de su muerte.

– El atame no estaba destinado a Meritxell.

– ¿Ah, no? -me permití objetar.

– El atame se clavó en el corazón. Es el lugar donde se conjura el poder de las Odish reencarnadas.

Empezaba a entender lo que insinuaban. Me acordé de la serpiente que yo misma troceé y cuyo corazón destruí con mi atame antes de quemarla.

– ¿Queréis decir que Meritxell ya había muerto y que el cuerpo de Meritxell estaba poseído por Baalat?

– Exacto.

– Entonces…

– Entonces -me cortó Hólmfrídur- tu acción fue heroica, nos salvaste de Baalat.

Me indigné. Daban por supuesto que yo había clavado el cuchillo.

– ¡No fui yo! Yo no le clavé mi atame, ni siquiera sabía que estuviese poseída.

Recordé su violencia, sus argucias impropias de una Omar, su furia, pero también recordé su gesto al bajar el brazo y no clavarme el atame a mí. No. A pesar de que ese dato me exculpara, cuando yo dejé a Meritxell en mi habitación, una hora antes de morir, la conciencia de Meritxell aún existía. Baalat no la había poseído completamente.

– Está bien -me cortó Hólmfrídur-. Dejemos eso para el tribunal. Ahora tenemos que ayudarte.

Levantó las mangas de mi jersey y mostró mis brazos a las otras brujas, que se llevaron las manos a la boca horrorizadas.

– Rápido -exclamó la robusta campesina, poco dada a las elucubraciones.

Y sin mediar ni una palabra más me cogieron en volandas y me llevaron con ellas hasta lo alto de una roca iluminada por el dorado sol de medianoche, un promontorio que dominaba el océano grisáceo. Me hicieron tenderme en el suelo y encendieron las velas en un perfecto pentágono. Permanecí inmóvil durante largo rato mientras cinco pares de manos expertas exploraban a conciencia todos los rincones de mi cuerpo y mi mente y me proporcionaban la energía que había ido perdiendo durante ese tiempo.

Reconstituida, con nuevas fuerzas, abrí los ojos y lo que vi no me gustó nada. Conocía sus expresiones sombrías. No auguraban ninguna buena noticia, eran el preámbulo de una desgracia.

Hólmfrídur oficiaba la ceremonia con tristeza. Me ofrecieron piedra de jade y reforzaron mis debilitadas defensas con hierro. Me invitaron a beber un sorbo de su potente poción y al poco me inundó un bienestar que se extendió como un cosquilleo fluyendo a través de mi sangre. Mi mente se iluminó hasta adquirir una lucidez inusual. Me uní a su danza y bailé con ellas, con el pelo suelto, flotando al viento, sin frío, sin sueño, sin hambre, relinchando ante ese sol ceniciento que me desconcertaba y sintiéndome etérea como una pluma. A lo lejos, en las montañas, creí distinguir unas lucecillas que bien podrían ser los ojos curiosos de unos elfos que nos espiaban. Me pareció natural.

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