El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
– Ha sido muy mala idea traer a tu novio hasta aquí.
– Es islandés y conoce la isla -justifiqué yo.
– Te ha mentido.
Esa vez tropecé de veras. Me había cogido desprevenida.
– ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir que su acento es extraño y que la granja de la que me ha hablado, la de su familia, está abandonada desde mucho antes de que él naciera. La vieja Björk -se refería a la yegua del ridículo sombrero- conoce bien la zona.
No podía creer lo que me decía, pero su actitud era claramente beligerante. Sabía que pondrían problemas a Gunnar fuese quien fuese, viniese de donde viniese; siempre había Omar dispuestas a hurgar en genealogías y sagas familiares y dispuestas a realizar informes intachables para permitir uniones con mortales.
De nuevo seguí el doble juego. Bostecé fingiendo que su somnífero me estaba haciendo efecto y le pedí su opinión.
– ¿Así pues qué me aconsejas respecto a Gunnar?
Fue tajante.
– Aléjate de él hasta nueva orden.
Me asombró su contundencia.
– Pero -protesté- él me cuida, me quiere y me ha protegido de la policía.
Entramos en el hotel y Hólmfrídur bajó el tono de voz:
– Estarás mucho tiempo retenida durante el juicio. Cuando venga Deméter, no le gustaría nada encontrárselo a tu lado.
Era eso. Tenía miedo de la ira de Deméter. Me querían a mí sola, manipulable, sumisa, prisionera. Gunnar era un engorro y lo mejor era despedirlo con viento fresco. Abrí con la tarjeta la puerta de la habitación y ahí yacía Gunnar como una piedra, ajeno a todas las conjuras que se cernían sobre su cabeza. Bostecé otra vez con mucha más exageración.
– La cama…
Y me dirigí con caminar torpe e inseguro hasta dejarme caer ruidosamente sobre el mullido colchón, como lo había hecho Gunnar horas antes. A los pocos segundos unas manos solícitas me quitaron los zapatos y me arroparon. Luego, los pasos se alejaron y la puerta se cerró suavemente.
Lo había conseguido. Creían que estaba profundamente dormida y hablarían de mí con la tranquilidad que da la certeza de que no podría oírlas. Esperé unos minutos. Después salí sigilosamente y me aproximé sin hacer ruido a la casa de Hólmfrídur. Agudicé mis instintos y pegué la oreja a la pared hasta conseguir dar con el lugar exacto donde sus voces resonaban con claridad.
Las mujeres del clan de la yegua estaban reunidas en conciliábulo.
Sólo sabía dos de sus nombres, pero podía leer perfectamente sus recelos.
– Me di cuenta nada más verla. Está poseída -afirmaba Hólmfrídur.
– Creí que era una Odish. Su descripción se correspondía con la que había recibido sobre Selene, pero su mirada y sus vibraciones me asustaron -exclamó la joven camarera de Rejkiavik.
– ¿Creéis que el proceso está muy avanzado? -preguntó la granjera.
– Yo más bien creo que acaba de comenzar, que es incipiente -consideró Björk.
El viento movió las cortinas de la ventana y vi cómo la ancianita había dejado su ridículo sombrero sobre la mesilla y se estaba poniendo morada de pastitas dulces mojadas en leche.
– Tenemos que ponernos en contacto con Ingrid -propuso la yegua de las gafas.
– ¿Por qué?
– Ella sabrá cómo exorcizarla.
– ¿Y el embarazo? ¿Es oportuno exorcizar con un embarazo?
– No lo resistirá. Perderá el bebé.
Me estremecí. ¿Consideraban la posibilidad de someterme a un exorcismo para expulsar de mí a Baalat? ¿Lo harían a pesar de que mi bebé no resistiría el conjuro?
– Es igual, es muy joven -afirmó Hólmfrídur-. Puede tener más embarazos.
Tuve un mareo. Hólmfrídur era una mujer dura, implacable y a lo mejor celosa de las jóvenes embarazadas. No le importaba lo que le sucedería a mi bebé.
– Necesitamos el permiso de Deméter -objetó la camarera.
Hólmfrídur se negó. Se puso en pie, tan alta como era, y las exhortó a tomar una decisión.
– No hay tiempo para esperarla, tenemos que actuar. Hay algo en Selene que no me gusta. Sus poderes son mayores de lo que ella cree. Nuestra ventaja es que no tiene vara, pero el embarazo potenciará sus poderes, aunque le impedirá comunicarse.
– ¿Y el novio?
– Ése es el problema, debemos deshacernos de él.
Ahora entendía por qué querían deshacerse de Gunnar. Para ellas era un engorro. Sin Gunnar, actuarían sobre mí con total impunidad. Yo era una Omar apestada y prisionera de sus embrujos.
– Me gustaría ver a ese tal Gunnar -murmuró la entrañable viejecita-. Una ojeada me bastaría para saber si es un nieto del Ingar que yo conocí.
Pude oír el nombre de Ingar y me hubiera gustado escuchar más cosas, pero el frío me iba calando los huesos y tenía ganas de estornudar. Debía de estar a dos o tres grados bajo cero, o tal vez menos, y las manos se me estaban quedando azuladas y sin tacto. Además, ya había oído suficiente para tomar una decisión rápida. Sólo necesitaba solucionar un problema.
Aterida y temblorosa me dirigí a un jardín que divisé al entrar en el pueblo. Allí se erigía un único árbol. Un fresno. Necesitaba cortar una vara para protegerme. No era mi árbol, pero en el norte no encontraría encinas. Saqué el atame de la vieja Paltoö, me arrodillé ante el fresno y practiqué el ritual con devoción. Pedí al árbol que me permitiera disponer de su savia y su fuerza para utilizarlas benéficamente. El árbol dudó hasta que me concedió su favor. Corté una rama agradeciendo su colaboración y la tallé concienzudamente hasta conseguir una vara nueva y joven. Era flexible y procedía del norte, se había alimentado con tierra volcánica y agua sulfurosa y había crecido al calor del sol de medianoche. No me rendiría sin luchar y no podía luchar sin armas.
De regreso al hotel probé mi vara nueva. Al pasar ante la casa de Hólmfrídur me detuve un instante y formulé un conjuro de sueño para que las yeguas allí reunidas durmieran largamente.
Entonces, hablé por primera vez con mi bebé, mí niña, y le dije que no se preocupara, que nadie le haría daño, que ninguna Odish la atraparía en sus garras y que ninguna bruja Omar me obligaría a perderla ni la separaría de su padre.
Y con mi vara y mi secreto me crecí. Mi bebé sería una niña y tendría los ojos azules de Gunnar y mis largas piernas. Fue concebida la noche del solsticio y heredaría lo mejor de sus progenitores, por encima de maldiciones y malos augurios.
Había llegado la mañana, si se podía llamar mañana a ese sol tímido que se escondía vergonzosamente entre los nubarrones que ensuciaban el cielo. Lo importante era conseguir tiempo y pensar con detenimiento la jugada.
Desperté a Gunnar. Estaba relajado, tranquilo y había dormido tan plácidamente que me abrazó como un oso y peleó conmigo para meterme en la cama a su lado y hacerme cosquillas.
De buena gana hubiera accedido a su juego, de buena gana me hubiese acurrucado en el hueco de sus brazos y me hubiera abandonado al sueño, pero teníamos que huir rápidamente. Y de nuevo le mentí.
– Hólmfrídur se había enterado de la muerte de Meritxell y me ha hecho muchas preguntas. No me gusta, no me gustaría que enviase a la policía tras mi pista.
No hizo falta insistir. Gunnar se puso en pie inmediatamente.
– Vámonos -propuso sin vacilar.
– ¿Dónde? -pregunté esperanzada.
Gunnar miró a través de la ventana.
– Mi isla es salvaje y solitaria, pero no está lo suficientemente aislada del mundo. Si la policía te busca, acabará por encontrarte.
– ¿Entonces? -me inquieté.
Gunnar me tomó la cara con sus manos, sonriendo.
– ¿Te acuerdas de nuestro propósito de viajar a través de los hielos?
Me acordaba, claro. Se me desbocó el corazón.