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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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– Es posible. Yo, teniendo en cuenta la situación, no llegué a ver gran cosa, y no he vuelto a ocuparme del caso desde entonces. No ha sido la única víctima, pero supongo que ya lo sabes. En Sorø mataron a otros dos hombres con el mismo sistema. Creen que los asesinos son los mismos.

La psicóloga asintió. Por supuesto que lo sabía.

– Este caso te atormenta, ¿verdad, Carl? -le preguntó.

– No, yo no diría tanto.

– ¿Qué te atormenta entonces?

Se aferró al lateral del diván de piel. Ahora tenía la oportunidad que estaba esperando.

– Lo que me atormenta es que cada vez que intento invitarte a salir me digas que no. Eso sí que me atormenta, joder.

Salió de la consulta de Mona Ibsen con un burbujeo por todo el cuerpo. Cielo santo, qué bronca le había caído. Después, mientras ella lo acribillaba a preguntas que ya a varios kilómetros de distancia apestaban a acusaciones y dudas, había sentido el impulso de levantarse del diván hecho una furia y exigir que lo creyera, pero en lugar de hacerlo había permanecido echado contestando obedientemente. Al final, sin grandes aspavientos pero con una sonrisa apresurada, había accedido a que salieran a cenar juntos cuando, y solo cuando, terminara su relación con él como paciente.

Quizá se creyera segura con esa vaga promesa, quizá pensara que podría tenerlo eternamente bajo sospecha de no haber concluido el tratamiento, pero Carl lo sabía mejor que nadie: ya se encargaría él de que cumpliera su promesa.

Echó un vistazo calle abajo por la avenida Jægersborg Allé y contempló el maltratado núcleo urbano de Charlottenlund. Tras cinco minutos a pie hasta la estación de tren y otra media hora más de transporte, volvería a encontrarse mano sobre mano en su silla regulable del rincón del sótano. No era precisamente el escenario más adecuado para su recién recuperado optimismo.

Tenía que ocurrir algo y allí dentro no había más que la nada.

Al llegar a la esquina de Lindegårdsvej miró a lo lejos. Sabía perfectamente que al final de la calle el pueblo pasaba a llamarse Ordrup y que no sería mala idea ir a dar un paseo por allí.

Nada más marcar el número de Assad, su mirada se desvió automáticamente hacia el indicador de la batería. Acababa de cargarla y ya estaba a la mitad. Qué pesadez.

Assad parecía sorprendido. ¿Es que ya podían hablar?

– Déjate de idioteces, Assad. Basta con que no anunciemos a bombo y platillo por Jefatura que seguimos en ello. Escucha, ¿por qué no averiguas con quién podemos hablar que fuera al internado? En la carpeta grande hay un anuario. Ahí podrás ver quién iba a clase con Kimmie. Eso o búscame a algún profesor que trabajara allí entre 1985 y 1987.

– Ya lo he mirado.

¿Por qué coño no lo habría adivinado?

– Tengo unos nombres, entonces, pero no he terminado, jefe.

– Bien. Pásame a Rose, por favor.

Al cabo de un minuto oyó su voz jadeante.

– ¡Sí!

Los títulos de sus superiores no formaban parte de su retórica.

– Montando las mesas, supongo.

– ¡Sí!

Si con una palabra tan corta se podía expresar irritación, reproche, frialdad y un inmenso hartazgo ante un jefe que venía a interrumpir labores más importantes, decididamente Rose Knudsen era la persona más indicada para hacerlo.

– Necesito la dirección de la madrastra de Kimmie Lassen. Sé que me la pasaste en una nota, pero no la llevo encima. Tú dame la dirección y ya está, ¿vale? ¡Nada de preguntas, por favor!

Estaba a la puerta del Danske Bank, donde una larga fila de señoras y caballeros muy bien conservados aguardaban pacientemente en fila a que llegara su turno. Lo mismo ocurría en zonas menos exclusivas como Brøndby y Tåstrup cuando llegaba el día de cobrar, pero eso le parecía más comprensible. ¿Por qué demonios hacía cola en el banco gente tan acaudalada como los vecinos de Charlottenlund? ¿Es que no podían mandar a nadie a pagar los recibos? ¿No disponían de oficina virtual? ¿O había algo en los hábitos de los ricachones que se le escapaba? ¿Se gastarían la paga en acciones nada más cobrarla igual que los vagabundos de Vesterbro invertían la suya en tabaco y cerveza?

Sobre gustos no hay nada escrito, pensó. Al levantar la vista hacia la fachada de la farmacia descubrió el letrero del abogado Bent Krum en una ventana del edificio: «Licencia para ejercer ante el Tribunal Supremo». Con clientes como Pram, Dybbøl Jensen y Florin, no tardaría en verse obligado a echar mano de esa licencia.

Dejó escapar un hondo suspiro.

Pasar de largo por delante de aquel despacho sería como ignorar todas las tentaciones bíblicas. Casi podía oír la risa del diablo. Si llamaba al timbre, subía e interrogaba a Bent Krum, el abogado no tardaría ni diez minutos en tener a la directora de la policía al aparato. Y entonces, adiós Departamento Q y adiós Carl Mørck.

Por un momento se debatió entre el ocio involuntario y la posibilidad de dejar el enfrentamiento para mejor ocasión.

Lo más sensato es pasar de largo, se dijo mientras uno de sus dedos cobraba vida propia y pulsaba hasta el fondo el botón del telefonillo. Aún no había nacido el guapo que le parara una investigación. Bent Krum tendría que pasar por el banquillo tarde o temprano.

Soltó el botón con aire contrariado. La misma situación que ya había vivido miles de veces: acababa de darle caza la maldición de su juventud. Si alguien tenía que decidir, ese era él y solo él.

Una voz femenina algo grave lo informó con desgana de que tendría que esperar. Al cabo de unos instantes oyó pasos en las escaleras y al otro lado de la puerta de cristal apareció una mujer muy bien vestida, con un pañuelo de marca echado por los hombros y un abrigo de piel igualito al que Vigga se había pasado al menos cuatro quintas partes de su vida en común adorando en el escaparate de la tienda de Birger Christensen que había en Strøget. Como si a Vigga fuera a sentarle así. De habérselo comprado, lo más probable era que el abrigo hubiese corrido la triste suerte de acabar destrozado a tijeretazos para que alguno de sus salvajes amantes artistas le hiciera un drapeado a sus cuadros psicodélicos.

La mujer abrió la puerta y le dedicó una de esas blanquísimas sonrisas que solo se logran con dinero.

– No sabe cómo lo siento, pero me pilla usted saliendo. Mi marido no viene los jueves. Quizá pueda darle cita para otro día.

– No, yo…

Carl se llevó la mano al bolsillo por instinto en busca de su placa y no encontró más que pelusas. Pensaba decir que estaba llevando a cabo una investigación, algo así como que quería hacerle unas preguntas de rutina a su marido y que volvería dentro de una o dos horas si no les venía mal, algo breve, pero acabó preguntando:

– ¿Está en el campo de golf?

Ella lo miró sin comprender.

– Que yo sepa, mi marido no juega al golf.

– Muy bien.

Inspiró antes de continuar:

– Lamento tener que decírselo, pero nos están engañando a los dos. Su marido y mi mujer están juntos y yo quisiera saber en qué situación me encuentro exactamente.

Trató de adoptar un aire abatido mientras observaba lo duro que había sido el golpe para aquella inocente mujer.

– Perdóneme -prosiguió-, lo siento muchísimo.

Le puso una mano en el brazo con delicadeza.

– Ha sido un error enorme por mi parte, le reitero mis disculpas.

Luego salió a toda prisa hacia Ordrup, algo impresionado al comprobar hasta qué punto se había contagiado de los impulsivos arrebatos de Assad. Un error por su parte. Sí, por decirlo suavemente.

Vivía enfrente de la iglesia, en Kirkevej. Tres cocheras, dos escaleras en forma de torreón, un pabellón de ladrillo en el jardín, centenares de metros de tapia recién arreglada y un palacete de cuatrocientos o quinientos metros cuadrados con más latón en las puertas que todo el Dannebrog, el barco de la reina. Decir que era una vivienda modesta y humilde habría sido equivocarse de medio a medio en la descripción.

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