Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
Observó con placer que unas sombras se movían tras los cristales de la planta baja. Tenía una oportunidad.
La muchacha de servicio parecía agotada, pero accedió a llevar a Kassandra Lassen hasta la puerta siempre que fuera posible.
La expresión «llevar hasta la puerta» resultó más acertada de lo que el subcomisario había previsto en un principio.
Los gritos de protesta que salían del salón no tardaron en ser sustituidos por una exclamación.
– ¿Un joven, dices?
Era la quintaesencia de una estirada arrogante de clase alta que había conocido tiempos mejores y hombres mejores. Nada más lejos de la mujer delgada y sin una arruga del reportaje de Ella y su vida. La de cosas que podían ocurrir en treinta años. Llevaba puesto un kimono que le quedaba tan suelto que su ropa interior de satén había pasado a formar parte de la imagen de conjunto. Los grandes aspavientos de sus manos de larguísimas uñas salieron al encuentro del policía. Había comprendido de inmediato que era un hombre de verdad, una afición que al parecer no había perdido con la edad.
– Pero pase, pase -lo recibió.
El aliento le apestaba a alcohol añejo, pero del bueno. Whisky de malta, diría él. La densidad de la nube era tal que un entendido habría podido incluso determinar la cosecha.
Entró del brazo de su anfitriona, o quizá sería más correcto decir dirigido por el abrazo de sus garras, y fue a parar a una zona de la planta baja a la que ella, en un tono de voz más cavernoso, se refirió como My room.
Allí lo sentó en un sillón muy arrimadito al suyo con vistas frontales a sus caídos párpados y a sus aún más caídos pechos. Memorable.
También allí la amabilidad, o quizá sería mejor decir el interés, acabó en el instante en que le comunicó el motivo de su visita.
– ¿Dice que quiere información sobre Kimmie?
La mujer se llevó la mano al pecho en un gesto que daba a entender que si no se marchaba se desplomaría en el suelo.
En ese momento, Carl notó cómo su temperamento de Vendsyssel pasaba a la acción.
– He venido porque me han dicho que esta casa es la quintaesencia de los buenos modales y aquí siempre lo tratan a uno bien, independientemente de lo que le haya traído -intentó. Sin resultado.
Cogió la botella de cristal y le rellenó el vaso de whisky. Tal vez eso la ablandara.
– ¿Sigue viva esa niña? -preguntó Kassandra Lassen en un tono completamente desprovisto de empatía.
– Sí, vaga por las calles de Copenhague. Tengo una foto suya, ¿quiere verla?
Ella cerró los ojos y apartó el rostro como si acabaran de ponerle una mierda de perro delante de las narices. Cielo santo, mejor que le evitara esa experiencia.
– ¿Podría explicarme qué pensaron usted y el que entonces era su marido en 1987 cuando se enteraron de las sospechas que recaían sobre Kimmie y sus amigos?
Volvió a llevarse la mano al pecho, esta vez para concentrarse mejor, al parecer. Después le cambió la expresión. La sensatez y el whisky empezaban a cooperar.
– ¿Sabe una cosa, querido? La verdad es que no seguimos muy de cerca aquel asunto. Viajábamos mucho, ¿me comprende?
Se volvió bruscamente hacia él y tardó unos instantes en recobrar el sentido de la orientación.
– Dicen que viajar es el elixir de la vida. Mi marido y yo hicimos amistades maravillosas. El mundo es un lugar fantástico, ¿no le parece, señor…?
– Mørck, Carl Mørck.
Asintió. Un ser tan obtuso no lo encontraba uno ni en los cuentos de los hermanos Grimm.
– Sí, tiene usted toda la razón.
No tenía por qué saber que -aparte de un viaje en autocar a la Costa Brava, donde Vigga tenía trato con los artistas locales mientras él se cocía en una playa abarrotada de jubilados- jamás se había alejado mucho más de novecientos kilómetros de Valby Bakke.
– ¿Cree usted que esas sospechas podrían tener fundamento? -preguntó Carl.
Ella curvó las comisuras de los labios hacia abajo. Quizá fuera un intento de parecer seria.
– ¿Sabe una cosa? Kimmie era un asco de cría. A veces pegaba. Sí, ya desde pequeñita. Empezaba a mover los brazos como los palos de un tambor en cuanto alguien le llevaba la contraria. Así.
Intentó ilustrarlo mientras los jugos de malta salían disparados en todas direcciones.
¿Qué criatura con un desarrollo medianamente normal no habría hecho lo mismo?, se preguntó Carl. Sobre todo con semejantes padres.
– ¿Y también se comportaba así de mayor?
– ¡Ja! Era odiosa. Me llamaba cosas horribles, no se puede hacer una idea.
Sí que podía.
– Además, era muy ligera de cascos.
– ¿Puede explicarse un poco mejor?
La señora Lassen se frotó las finas venillas azules del dorso de la mano. Solo entonces advirtió su invitado lo afectadas que tenía las articulaciones por la artritis. Observó el vaso de whisky casi vacío y pensó que el alivio del dolor tenía muchos rostros.
– Cuando volvió de Suiza se traía a casa a cualquiera y… sí, las cosas como son… jodía con ellos como un animal, con la puerta abierta, cuando yo estaba en casa. No era nada fácil estar sola, señor Mørck.
Agachó la cabeza y lo observó con seriedad.
– Sí, Willy, el padre de Kimmie, ya había hecho las maletas y se había largado.
Bebió un sorbito del vaso.
– Como si quisiera que se quedara. Ridículo…
Luego volvió a mirarlo con la dentadura teñida de vino tinto.
– ¿Está usted solo en la vida, señor Mørck?
Su caída de hombros y su más que evidente invitación eran de folletín.
– Así es -contestó él recogiendo el guante. La miró a los ojos y le sostuvo la mirada hasta que ella enarcó las cejas lentamente y bebió otro sorbo. Sus cortas pestañas eran lo único que asomaba por el borde del vaso. Hacía mucho que un hombre no la miraba de ese modo.
– ¿Sabía que Kimmie se había quedado embarazada? -la interrogó el policía.
Ella tomó aire y por un momento pareció ausente, aunque con las huellas del pensamiento grabadas en la frente, como si lo que le doliera fuera más la palabra embarazada que el recuerdo de una inmensa frustración. Hasta donde Carl sabía, ella no había sido capaz de engendrar vida.
– Sí -contestó con la mirada fría-, eso hizo la señorita. No fue una sorpresa para nadie.
– ¿Qué pasó después?
– Después vino pidiendo dinero, claro.
– ¿Y se lo dieron?
– ¡Yo no!
Renunció al coqueteo para dar paso al mayor de los desprecios.
– Pero su padre le dio doscientas cincuenta mil coronas y le pidió que no volviera a ponerse en contacto con él.
– ¿Y usted? ¿Volvió a saber de ella?
Negó con la cabeza. Su mirada decía: mejor así.
– ¿Quién era el padre del niño? ¿Lo sabe usted?
– Ah, sería ese retrasado que le prendió fuego al negocio de su padre.
– ¿Se refiere a Bjarne Thøgersen, el hombre al que encerraron por el crimen?
– Seguramente. La verdad es que ya no me acuerdo de cómo se llamaba.
– ¡Claro, claro!
Era mentira, seguro. Con whisky o sin él. Esas cosas no se olvidan así como así.
– Kimmie vivió aquí una temporada y me dice usted que no fue nada fácil.
Ella lo observó con aire de incredulidad.
– ¿No pensará que aguanté en este gallinero mucho tiempo? No, preferí trasladarme a la costa.
– ¿A la costa?
– A la Costa del Sol, claro. A Fuengirola. Tenía una terraza estupenda frente al paseo marítimo. Un sitio maravilloso. ¿Conoce Fuengirola, señor Mørck?
Él asintió. Seguramente ella iba por la artritis, pero era el destino favorito de todos los inadaptados con algo de dinero y trapos sucios. Si hubiera dicho Marbella lo habría entendido mejor. Al fin y al cabo, tenía un capital considerable.