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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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Estoy convencida de que mi madre no habría estado de acuerdo. Para la adivinación siempre prefirió la tradicional bola de cristal aunque, en casos de necesidad, aceptó alternativas más modestas como espejos mágicos o barajas de tarot. Claro que no podía ser de otra manera; al fin y al cabo, tenía existencias de esos artículos. Si a través de ellos alguna vez experimentó una revelación verdadera, debo reconocer que no me enteré.

Existen diversos mitos populares sobre la adivinación. Hay uno que sostiene que se necesitan aparatos especiales. No es cierto. A veces basta con cerrar los ojos, aunque prefiero las imágenes que se obtienen de mirar la televisión sin sintonizar los canales o los fractales del salvapantallas de mi portátil. Es un sistema tan válido como cualquier otro, un modo de mantener ocupado con tonterías el analítico hemisferio cerebral izquierdo mientras el creativo hemisferio derecho busca pistas.

A continuación…

Basta con dejarse ir.

Se trata de una sensación bastante agradable, que se agudiza cuando la droga comienza a surtir efecto. Empieza por una ligera sensación de dislocación; el aire bosteza a mi alrededor y, pese a que no aparto la mirada de la pantalla, soy consciente de que la habitación parece mucho más grande, las paredes retroceden hacia una distancia media y resuenan, se inflan…

Respiro a fondo y pienso en Vianne.

Su rostro está en la pantalla, delante de mí, y en sepia, como en los periódicos. Con el rabillo del ojo vislumbro un círculo de luces a mí alrededor, que me atraen como si fuesen luciérnagas.

Vianne, ¿cuál es tu secreto?

Anouk, ¿cuál es el tuyo?

¿Qué necesitáis?

Tengo la sensación de que el Espejo Humeante riela. Quizá se debe a la droga: una metáfora visual hecha realidad. En la pantalla aparece una cara: Anouk, tan definida como si fuera una foto; luego veo a Rosette, con un pincel en la mano; una sobada postal del Ródano y una pulsera de plata, demasiado pequeña para ser de un adulto, de la que cuelga un dije con forma de gato.

En ese momento se produce una bocanada de aire, el sonido arrollador de los aplausos, el encumbramiento de alas invisibles. Me siento muy próxima a algo importante. Ahora puedo verlo… Veo el casco de una embarcación. Se trata de una embarcación larga, de poca altura y lenta. Diviso algo escrito, descuidadamente garabateado…

¿Quién?, pregunto. Maldita sea, ¿quién?

No obtengo respuesta de la pantalla luminosa, salvo el sonido del agua, el siseo y el zumbido de los motores bajo la línea de flotación, que poco a poco se convierten en el tenue quejido del portátil, en los movimientos del salvapantallas, en el incipiente dolor de cabeza.

Algarabía, esfuerzo y…

Creo que ya he dicho que, como método, suele ser poco fiable.

De todas maneras, me parece que algo he aprendido. Alguien vendrá. Alguien se acerca. Me refiero a alguien del pasado, a alguien que causará problemas.

Vianne, bastará con otro golpe. Solo me queda identificar otra debilidad. Después la piñata liberará su contenido y finalmente me pertenecerán sus tesoros y sus secretos, es decir, la vida de Vianne Rocher, por no hablar de esa niña con tanto talento.

8

Miércoles, 28 de noviembre

La primera vida que robé pertenecía a mi madre. Puedo asegurar que, por muy poco elegante que sea, el primer robo siempre se recuerda. No es que en su momento lo considerase un robo, sino necesidad de escapar, y el pasaporte de mi madre se apolillaba, sus ahorros se morían de risa en el banco y, por añadidura, para mí era como si estuviese muerta…

Solo tenía diecisiete años. Podía parecer mayor, algo que hacía a menudo y, en caso necesario, más joven. La gente casi nunca ve lo que cree ver. Solo se entera de lo que nosotros queremos que vea: belleza, ancianidad, juventud, ingenio e incluso olvido cuando no queda otra opción. Yo había ejercitado ese arte prácticamente hasta la perfección.

Viajé en aerodeslizador a Francia. En la aduana apenas se fijaron en mi pasaporte robado. Lo había planificado para que ocurriese así. Un toque de maquillaje, cambio de peinado y un abrigo perteneciente a mi madre redondearon la ilusión. Como suele decirse, el resto corresponde a la imaginación.

Claro que en aquellos tiempos no había demasiadas medidas de seguridad. Crucé el canal de la Mancha con nada, salvo un ataúd y un par de zapatos: los dos primeros dijes de mi pulsera. Desembarqué casi sin saber francés y sin dinero, a excepción de las seis mil libras que logré sacar de la cuenta de mi madre.

Lo abordé como un desafío. Encontré trabajo en una pequeña fábrica textil de las afueras de París. Compartí habitación con una compañera de trabajo: Martine Matthieu, de Ghana, de veinticuatro años y a la espera del permiso de trabajo por seis meses. Le dije que yo tenía veintidós y era portuguesa. Me creyó… o, al menos, eso pensé. Se mostró amistosa y yo me sentía sola. Confié en ella y bajé la guardia. Fue el único error que cometí. Martine era curiosa, registró mis cosas y encontró los documentos de mi madre escondidos en el último cajón de la cómoda. No sé por qué los guardé. Quizá por descuido, tal vez por pereza o por nostalgia mal entendida. Ciertamente, no estaba dispuesta a volver a usar esa identidad. Se vinculaba demasiado con Saint Michael-on-the-Green y quiso la mala suerte que Martine recordase que había leído algo sobre el tema en un periódico y vinculara la foto conmigo.

Entendedme, era joven. La mera amenaza de llamar a la policía bastó para provocarme un ataque de pánico. Martine lo sabía y lo aprovechó a cambio de la mitad de mi semanada. Fue una extorsión pura y dura. Me aguanté…, ¿qué otra cosa podía hacer?

Supongo que podría haber huido, pero ya entonces era terca y, sobre todo, quería vengarme. Pagué a Martine el vencimiento semanal, me mostré dócil y acobardada, aguanté sus berrinches, hice su cama, cociné su cena y, en un sentido amplio, esperé mi ocasión. Cuando por fin Martine recibió los papeles, llamé al trabajo para decir que estaba enferma y, en su ausencia, saqué del piso todo lo que podía resultarme útil (incluidos dinero, pasaporte y documento de identidad). A continuación denuncié a mi compañera de habitación, a los explotadores de la fábrica y al resto de mis colegas a las autoridades de inmigración.

Martine me proporcionó el tercer dije: un colgante de plata con forma de disco solar, que rápidamente incorporé a mi pulsera. Para entonces ya tenía los rudimentos de una colección y, desde entonces, he añadido uno por cada vida coleccionada. Se trata de una pequeña vanidad que me permito, como un recordatorio del largo camino recorrido.

Está claro que quemé el pasaporte de mi madre. Al margen de los recuerdos desagradables que evocaba, era demasiado incriminatorio como para conservarlo. Aquel fue mi primer triunfo digno de recordar y si algo me enseñó es lo siguiente: si hay vidas en juego, no hay lugar para la nostalgia.

Desde entonces sus fantasmas me han perseguido vanamente. Los espíritus solo se desplazan en línea recta, o eso creen los chinos, y la colina de Montmartre es un refugio ideal por sus escalones, escalinatas y calles serpenteantes, en los cuales un fantasma no encontraría nada.

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