El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Cuando llegaron al salón, buena parte de la concurrencia ya estaba allí presente, formando corros y charlando mientras esperaban a que bajara el resto de invitados. Kate, que nunca antes había asistido a una de estas reuniones campestres, advirtió con sorpresa que casi todo el mundo parecía más relajado y un poco más animado que en Londres. Debía de ser el aire fresco, pensó con una sonrisa. O tal vez la distancia relajaba las normas estrictas de la capital. Fuera lo que fuera, decidió que prefería este ambiente al de cualquier cena en Londres.
Vio a lord Bridgerton al otro lado de la estancia. O más bien pensó que le había visto. En cuanto le avistó de pie junto a la chimenea, ella mantuvo la mirada escrupulosamente apartada.
Pero de todos modos le notaba. Era consciente de que tenía que estar loca, pero juraría que sabía cuándo ladeaba la cabeza y que le oía cuando hablaba o se reía.
Y desde luego sabía cuándo tenía la mirada puesta en su espalda. Era como si el cuello fuera a encendérsele en llamas.
– No me había percatado de que lady Bridgerton hubiera invitado a tanta gente -dijo Penelope.
Con cuidado de mantener la vista alejada de la chimenea, recorrió la habitación con la mirada para ver quién estaba allí.
– Oh, no -medio susurró, medio gimió Penelope-. Cress Cowper está aquí.
Kate siguió discretamente la mirada de Penelope. Si Edwina tenía alguna rival al título de belleza reinante de 1814, ésa era Cress Cowper. Alta, delgada, con pelo color miel y destelleantes ojos verdes, casi nunca se la veía sin su pequeño enjambre de admiradores. Pero si Edwina era amable y generosa, Cressida era, en opinión Kate, una bruja egoísta de malos modales que se divertía atormentando a los demás.
– Me odia -susurró Penelope.
– Odia a todo el mundo -contestó Kate.
– Ya, pero a mí me odia de verdad.
– ¿Y eso por qué? -Kate se volvió a su amiga con ojos curiosos-. ¿Qué podrías haberle hecho?
– Tropecé con ella el año pasado y por mi culpa derramó todo el ponche encima… de ella y del duque de Ashbourne.
– ¿Eso es todo?
Penelope entornó los ojos.
– Fue suficiente para Cressida. Está convencida de que el duque, le habría propuesto en matrimonio si ella no hubiera parecido tuan torpe en aquel momento.
Kate soltó un resoplido que ni siquiera intentó que sonara femenino.
– Ashbourne no es tan fácil de atrapar. Eso lo sabe todo el mundo Casi es tan calavera como Bridgerton.
– Quien probablemente acabará casándose este año -le recordó Penelope-. Si los chismorreos no fallan.
– Bah -se mofó Kate-. La propia lady Confidencia escribió que no pensaba que fuera a casarse este año.
– Eso fue hace semanas -contestó Penelope con un ademán disuasorio-. Lady Confidencia cambia de opinión todo el rato. Aparte, a todo el mundo le resulta obvio que el vizconde está cortejando a tu hermana.
Kate se mordió la lengua para no mascullar un «no me lo recuerdes».
Pero su gesto de dolor quedó disimulado por el susurro ronco de Penelope:
– Oh, no, viene hacia aquí -refiriéndose a Cressida.
Kate le dio un apretujón tranquilizador.
– No te preocupes por ella. No es mejor que tú.
Penelope le lanzó una mirada llena de sarcasmo.
– Eso ya lo sé. Pero eso no hace que sea menos desagradable. Y siempre se empeña en que yo le haga caso.
– Kate, Penelope -gorjeó Cressida, situándose al lado de ellas, tras lo cual sacudió con afectación su brillante cabello.
– Qué sorpresa veros aquí.
– ¿Y eso por qué? -preguntó Kate.
Cressida pestañeó, era obvio que le sorprendía incluso que Kate cuestionara su declaración.
– Bien -dijo despacio-, supongo que no es tanta sorpresa verte a ti, ya que tu hermana está muy solicitada y todos sabemos que tienes que ir adonde ella vaya, pero la presencia de Penelope… -Se encogió de hombros con delicadeza-. Bien, ¿quién soy yo para juzgar? Lady Bridgerton es una mujer muy generosa.
Fue un comentario tan descortés que Kate no pudo evitar quedarse boquiabierta. Y mientras miraba escandalizada a Cressida, ésta se dispuso a rematar:
– Qué vestido tan precioso -dijo con una sonrisa tan dulce que Kate hubiera jurado que el aire sabía a azúcar-. Me encanta el amarillo -añadió pasando la mano por su propio vestido amarillo pálido-. Hace falta un cutis especial para poder llevarlo, ¿no crees?
Kate apretó los dientes. Por descontado, Cressida estaba espléndida con su vestido. Cressida estaría fantástica incluso envuelta en arpillera.
Cressida volvió a sonreír, esta vez le recordó a Kate a una serpiente, luego se volvió lentamente para hacer una señal a alguien situado al otro lado de la estancia.
– ¡Oh, Grimston, Grimston! ¡Acérquese un momento aquí!
Kate miró por encima del hombro para ver a Basil Grimston que se acercaba a ellas y apenas consiguió contener un gruñido. Grimston era el equivalente masculino a Cressida: maleducado, superficial y engreído. Por qué le habría invitado una dama tan encantadora como la vizcondesa de Bridgerton era algo que nunca sabría. Probablemente para equilibrar el amplio número de señoritas invitadas a su casa.
Grimston acudió hasta allí y estiró un extremo de su boca para esbozar una sonrisa burlona.
– Su servidor -dijo a Cressida después de dedicar a Kate y a Penelope una fugaz mirada de desdén.
– ¿No le parece que la querida Penelope está guapísima con vestido? – preguntó Cressida -. El amarillo tiene que ser sin duda el color de la temporada.
Grimston llevó a cabo un examen insultante de Penelope, desde alto de su cabeza a la punta de los pies y otra vez hasta arriba. Apenas movió la cabeza, nada más dejó que sus ojos recorrieran de arriba abajo su cuerpo. Kate contuvo un acceso de repugnancia que estuvo a punto de provocarle una oleada de náuseas. Más que nada, sintió ganas de rodear con sus brazos a Penelope y estrechar a la pobre muchacha. Pero tanta atención sólo serviría para destacarla como alguien débil y fácil de intimidar.
Cuando Grimston acabó por fin su maleducada inspección, se volvió hacia Cressida y se encogió de hombros, como si no se le ocurriera algo elogioso que decir.
– ¿No tiene ningún otro sitio adonde ir? -soltó Kate.
Cressida la miró consternada.
– Caray, señorita Sheffield, me cuesta tolerar su impertinencia. El señor Grimston y yo sólo estábamos admirando el aspecto de Penelope. Ese tono amarillo favorece mucho su cutis. Y es tan encantador ver que tiene tan buen aspecto después de cómo estaba el año pasado.
– Y tanto que sí -corroboró Grimston arrastrando las sílabas. Su tono empalagoso hizo que Kate se sintiera verdaderamente sucia.
Kate notaba a Penelope temblando a su lado. Confió en que fuera de rabia y no de dolor.
– No puedo imaginarme a qué se refiere -dijo Kate con tono gélido.
– Vaya, seguro que lo sabe -intervino Grimston, con ojos centelleantes de deleite. Se inclinó hacia delante y entonces dijo en un susurro más resonante que su tono habitual, lo suficientemente alto como para que mucha gente pudiera oírle-. Estaba gorda.
Kate abrió la boca para soltar una respuesta cáustica, pero antes de que pudiera articular palabra, Cressida añadió:
– Qué lástima tan terrible, porque el año pasado había muchos más hombres en la ciudad. Por supuesto, a muchas de nosotras no nos falta nunca una pareja de baile, pero me da pena la pobre Penélope cuando la veo sentada con las matronas.
– Las matronas -dijo entonces Penelope entre dientes- a menudo son las únicas personas con un atisbo de inteligencia en la sala.
Kate sintió ganas de saltar y vitorearla.
Cressida profirió un entrecortado «Oh», como si tuviera algún derecho a sentirse ofendida.
– De todos modos, una no puede evitar… ¡Oh! ¡Lord Bridgerton!
Kate se apartó a un lado para permitir que el vizconde se agregar al pequeño círculo y advirtió con asco cómo cambiaba la actitud de Cressida. Empezó a agitar los párpados y la boca formó un pequeño arco de cupido.