El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Ella se le quedó mirando. O bien él había perdido la cabeza o a ella se le había olvidado hablar. O ambas cosas.
– Muy bien. Siempre he admirado a las mujeres que saben apreciar un poco de aire fresco. ¿La veo en la cena entonces?
Kate hizo un gesto de asentimiento. Le sorprendió incluso haber conseguido hacer ese leve movimiento.
– Excelente. -Estiró el brazo y, tomando la mano de Kate, depositó un beso abrasador en el interior de su muñeca, sobre la única franja de carne desnuda que asomaba entre el guante y el dobladillo de la manga.
– Hasta esta noche, señorita Sheffield.
Y luego se fue a buen paso, y la dejó con una peculiar sensación, como si acabara de suceder algo bastante importante.
Pero podría jurar por su propia vida que no tenía ni idea de qué.
Aquella noche a las siete y media, Kate consideró ponerse horriblemente enferma. A las ocho menos cuarto había definido mejor cuál sería su indisposición, decidiendo sufrir un ataque. Pero cuando faltaban cinco minutos para la hora y sonó la campanilla que avisaba a los invitados del momento de reunirse en el salón, levantó los hombros y salió de su dormitorio al pasillo para reunirse con Mary.
Se negaba a ser una cobarde.
No era una cobarde.
Y sería capaz de superar aquella noche. Aparte, se dijo a sí misma, era imposible que se sentara en algún lugar próximo a lord Bridgerton. Era un vizconde y el cabeza de familia, por consiguiente se sentaría en la cabecera de la mesa. Como hija del segundo hijo de un barón, su rango era mínimo en comparación al de otros invitados, sin duda la sentarían tan lejos que ni tan siquiera tendría posibilidades de verle sin coger tortícolis.
Edwina, que compartía habitación con Kate, ya había salido. Estaba en la habitación de Mary para ayudarle a escoger un collar, por lo tanto Kate se encontró sola al salir al pasillo. Suponía que podía entrar en la habitación de Mary y esperar allí con las dos, pero no sentía demasiadas ganas de conversar, y Edwina ya había advertido antes el extraño humor reflexivo de Mary. Lo último que Kate necesitaba era una tanda de «¿Qué será lo que le pasa?».
Y la verdad era que Kate ni siquiera sabía qué le pasaba. Lo único que sabía era que aquella tarde algo había cambiado entre ella y el conde. Algo era diferente y no tenía reparos en admitir (al menos para sí misma) que estaba asustaba.
Lo cual era normal, ¿verdad? La gente siempre tenía miedo a lo que no entendía.
Y era indiscutible que Kate no entendía al vizconde.
Pero justo cuando empezaba a disfrutar de veras de su soledad, la puerta situada al otro lado del pasillo se abrió y por ella salió otra joven. Kate la reconoció al instante: era Penelope Featherington, la pequeña de las tres afamadas hermanas Featherington, bien, de las que se habían presentado en sociedad. Kate había oído que existía una cuarta que aún estaba en la escuela.
Para su desgracia, las hermanas Featherington eran famosas por su poco éxito en el mercado matrimonial. Prudence y Philippa habían sido presentadas hacía ya tres años y no habían conseguido ni una proposición entre las dos. Para Penelope ya era su segunda temporada y por lo general se la encontraba en los actos sociales intentando evitar a su madre y hermanas, quienes eran consideradas universalmente unas tontainas.
A Kate siempre le había caído bien Penelope. Se había establecido un vínculo especial entre ellas ya que ambas habían sido acribilladas por lady Confidencia por llevar vestidos de colores que no les favorecían.
Kate advirtió con un suspiro de tristeza que el vestido de seda amarillo limón que Penelope llevaba le daba un aspecto irremediablemente cetrino a la pobre muchacha. Y si aquello no era suficiente, estaba confeccionado con un exceso de volantes y detalles. Penélope era alta, y estaba claro que aquel vestido la agobiaba.
Era una pena, porque podría ser bastante atractiva si alguien lograra convencer a su madre de que no se acercara a la modista y dejara a Penelope escoger su propia ropa. Su rostro era bastante agradable, con el cutis pálido de las pelirrojas, sólo que su cabello era más caoba que rojo, y puestos a ser precisos, era más castaño cobrizo que caoba.
Se llamara como se llamara aquel tono de pelo, pensó Kate con consternación, no iba con el amarillo limón.
– ¡Kate! -saludó Penélope tras cerrar la puerta tras ella-. Qué sorpresa. No estaba enterada de que hubieras venido.
Kate asintió.
– Creo que nos enviaron una invitación de última hora. Coincidimos con lady Bridgerton la semana pasada.
– Bien, sé que acabo de decir que estaba sorprendida, pero la verdad es que no lo estoy. Lord Bridgerton le ha estado prestando mucha atención a tu hermana.
Kate se acaloró.
– Eh… s-sí -contestó tartamudeando de pronto-. Así es.
– Eso es al menos lo que dicen los cotilleos – continuó Penélope-. Pero, claro, una no siempre puede creer esas cosas.
– Que yo sepa, lady Confidencia se ha equivocado pocas veces -dijo Kate.
Penelope se encogió de hombros y luego miró su vestido con disgusto.
– Ciertamente nunca se equivoca conmigo.
– Oh, no seas tonta -se apresuró a decir Kate, pero ambas sabían que sólo estaba siendo amable.
Penelope sacudió la cabeza con aire cansino.
– Mi madre está convencida de que el amarillo es el color de la felicidad y que una chica feliz acabará atrapando marido.
– Oh, cielos -dijo Kate soltando una risita.
– Lo que no entiende -continuó Penelope con ironia- es que ese amarillo de la felicidad a mí me hace parecer bastante infeliz y en realidad repele a los caballeros.
– ¿Nunca le has sugerido el verde? – indagó Kate -. Creo estarías genial de verde.
Penelope negó con la cabeza.
– No le gusta el verde. Dice que es melancólico.
– ¿El verde? -exclamó Kate con incredulidad.
– Ya no intento entenderla.
Kate, que iba vestida de verde, sostuvo la manga cerca del rostro de Penelope e intentó tapar el amarillo lo mejor que pudo.
– Todo tu rostro se ilumina -comentó.
– No me digas eso. Sólo servirá para que el amarillo me resulte más penoso.
Kate le dedicó una sonrisa comprensiva.
– Te prestaría uno de los míos, pero me temo que lo arrastrías por el suelo.
Penelope le hizo un ademán con la mano para declinar su oferta.
– Es muy amable por tu parte, pero me he resignado a aceptar mi destino. Al menos este año es mejor que el pasado.
Kate arqueó una ceja.
– Oh, claro. No estabas el año pasado. -Penelope se estremeció-. Pesaba casi trece quilos más que ahora.
– ¿Trece quilos? -repitió Kate. No podía creerlo.
Penelope asintió y puso una mueca.
– La gordita. Supliqué a mamá que no me obligara a presentarme en sociedad hasta cumplir los dieciocho, pero ella pensaba que me iría bien empezar con tiempo.
Kate sólo necesitó una mirada al rostro de Penelope para saber que no le había ido nada bien. Sentía cierta afinidad con la muchacha pese a que Penelope era casi tres años más joven que ella. Ambas conocían aquella sensación singular de no ser la chica más popular del lugar, conocían la expresión exacta que adquiere tu rostro cuando nadie te pide un baile pero quieres que parezca que no te importa.
– Digo yo -dijo Penelope-, ¿por qué no bajamos nosotras dos juntas a cenar? Perece que tu familia y la mía se retrasan.
Kate no tenía demasiada prisa por llegar al salón y encontrarse en la inevitable compañía de lord Bridgerton, pero esperar a Mary y Edwina retardaría la tortura tan sólo unos minutos, de modo que perfectamente podía bajar con Penelope, pensó.
La dos asomaron las cabezas por las habitaciones de sus respectivas madres y les informaron del cambio de planes; luego se cogieron del brazo y se fueron por el pasillo.