El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
La garrafa de vino con miel estaba sobre un anillo pringoso en la preciosa consola de madera de cedro. Sila la levantó y miró enfurecido la marca indeleble que había dejado en las armoniosas vetas espirales de la madera y masculló entre dientes.
– ¡Qué asco! ¡Adiós, pegajoso!
Tras lo cual arrojó la garrafa por la ventana al porche del jardín. Pero se le fue la mano y aterrizó contra el pedestal de su grupo escultórico preferido: Apolo persiguiendo a Dafne. Una enorme estrella de vino pegajoso mojó la piedra lisa y comenzó a chorrear hasta el suelo. Nicopolis se llegó corriendo a la ventana y se echó a reír.
– Tienes razón -dijo-. ¡Era un asqueroso!
A continuación mandó a la criadita Biti que limpiase el pedestal de la estatua con un paño y agua.
Nadie advirtió los restos de polvo blanco adheridos al mármol, porque también era blanco, y con el agua desapareció.
– Me alegro de que no acertaras en la estatua -dijo Nicopolis, sentándose en las rodillas de Sila, mientras ambos miraban cómo Biti fregaba el pedestal.
– Yo lo lamento -replicó Sila; pero parecía muy contento.
– ¿Lo lamentas? ¡Lucio Cornelio, habrías estropeado la pintura! Menos mal que el pedestal es de mármol blanco.
– ¡Bah! -replicó él, enseñando los dientes-. ¿Por qué tendré que estar constantemente rodeado de tontos? -añadió, apeando a Nicopolis del asiento.
No había quedado ninguna mancha; Biti retorció el trapo y vació el cubo en los pensamientos.
– ¡Biti! -gritó Sila-. Lávate las manos, y lávatelas bien. No sabemos de qué ha muerto Stichus, y sí que le gustaba mucho el vino con miel. ¡Vamos, muévete!
Radiante porque él había advertido su presencia, Biti desapareció de escena.
– Hoy he conocido a un joven de lo más interesante -dijo Gayo Mario a Publio Rutilio Rufo.
Estaban sentados en el pórtico del templo de Tellus en el Carinae, que se hallaba cerca de la casa de Rutilio Rufo y en el que áquel día ventoso de otoño se tomaba bien el sol.
– Aquí da más sol que en mi peristilo -había comentado Rutilio Rufo, conduciendo a su visita hacia un banco de madera de aspecto destartalado que había en el recinto del espacioso templo-. En estos tiempos nuestros dioses están muy abandonados, sobre todo mi querida vecina Tellus. Todos se dedican a adorar y limpiar a la Magna Mater asiática y olvidan que la mejor protección para Roma es su propia diosa de la tierra.
Fue precisamente para evitar la triste homilía sobre la diosa más sombría, misteriosa y antigua de Roma que Cayo Mario había mencionado su encuentro con aquel interesante joven. Y el comentario surtió efecto, naturalmente, porque Rutilio Rufo no era inmune a la gente interesante, de la edad o sexo que fuera.
– ¿Y quién era? -inquirió, ya sentado, alzando su morro de viejo zorro al sol, con los ojos placenteramente cerrados.
– El joven Marco Livio Druso, que debe de tener unos diecisiete o dieciocho años.
– ¿Mi sobrino Druso?
– ¿Ah, sí? -replicó Mario, volviendo la cabeza para mirarle.
– Debe de serlo, si se trata del hijo de Marco Livio Druso, que celebró el triunfo el pasado enero y va a presentarse a las elecciones de censor el año que viene -respondió Rutilio Rufo.
– ¡Oh, qué embarazoso! -dijo Mario riendo y moviendo la cabeza-. ¿Por qué nunca recordaré esas cosas?
– Probablemente -replicó Rutilio Rufo secamente- porque mi esposa Livia, quien, para refrescar tu bucólica memoria, era hermana del padre del interesante joven, lleva muchos años muerta, nunca salía y nunca cenaba conmigo cuando yo daba fiestas. Desgraciadamente, los Livios Drusos tienen tendencia a quebrantar el espíritu de sus mujeres. Una mujercita adorable, mi esposa. Me dio dos buenos hijos y jamás un disgusto. La adoraba.
– Lo sé -dijo Mario, molesto por haber sido aleccionado de aquel modo. ¿Es que no aprendería nunca? Por muy viejo amigo que fuese Rutilio Rufo, no recordaba haber conocido a su mujer-. Deberías volver a casarte -dijo, partidario como era aquellos días del matrimonio.
– ¿Para qué, para no llamar la atención? No, gracias. Suficiente desahogo a mis pasiones encuentro escribiendo cartas -dijo abriendo uno de sus ojos azules y mirando a Mario-. Bien, ¿qué te pareció tan interesante en mi sobrino Druso?
– Esta última semana me han abordado diversos aliados itálicos, de distintos pueblos, quejándose amargamente de que Roma emplea desastrosamente sus levas militares -respondió Mario pausadamente-. En mi opinión, se quejan con razón. Hace más de una década que casi todos los cónsules desperdician la vida de sus soldados… y con la misma despreocupación que si fuesen estorninos o gorriones. Y los primeros en perecer son las tropas de aliados itálicos, porque se ha convertido en costumbre utilizarlas en cabeza de las tropas romanas en cualquier situación en que las vidas de éstas corran peligro. Es raro el cónsul que sepa comprender que los soldados de los aliados itálicos son tropas propiedad de los pueblos que las pagan y no de Roma.
Rutilio Rufo nunca hacía objeciones a una argumentación indirecta, y conocía demasiado bien a Mario para pensar que lo que estaba diciendo no guardara relación con su sobrino Druso. Por ello respondió complacido a la aparente digresión.
– Los aliados itálicos se pusieron bajo la protección militar de Roma para unificar la defensa de la península -dijo-, y a cambio de aportar sus soldados se les concedió la categoría especial de aliados, recibiendo muchos beneficios, uno de ellos, y no poco importante, el de la integración de los pueblos de la península. Dan sus tropas a Roma para que todos luchemos por una causa común. De otro modo, aún estarían guerreando entre sí, perdiendo en ello, sin duda, más hombres de los que pueda haber perdido un cónsul.
– Eso es discutible -replicó Mario-. Podían haberse unido, formando una nación itálica.
– Eso se ha logrado con la alianza con Roma, hace ya dos o tres siglos, mi querido Cayo Mario; no sé a dónde quieres ir a parar -comentó Rutilio.
– Los delegados que han venido a verme sostienen que Roma utiliza a sus tropas para luchar en guerras extranjeras que en nada benefician al común de Italia -replicó Mario pacientemente-. El señuelo que agitamos ante los pueblos itálicos fue la concesión de la ciudadanía romana. Pero hace casi ochenta años que todos los pueblos itálicos o latinos tienen la ciudadanía, como sabes. Tuvo que darse la revuelta de Fregelles para que el Senado concediera los derechos a los pueblos latinos!
– Simplificas en exceso -replicó Rutilio Rufo-. A los aliados itálicos no les prometimos emancipación total, sino una ciudadanía gradual a cambio de su firme lealtad. Derechos latinos en primer lugar.
– Los derechos latinos significan bien poco, Publio Rutilio. A lo sumo, una burda ciudadanía de segunda clase que no da derecho a votar en las elecciones de Roma.
– Bien, sí; pero tienes que admitir que en los quince años transcurridos desde la revuelta de Fregelles han mejorado las cosas para los que adquirieron derechos latinos -replicó Rutilio Rufo, tenaz-. Todo el que desempeña una magistratura en una ciudad con derechos latinos adquiere automáticamente la ciudadanía romana para él y su familia.
– Lo sé, lo sé, y eso significa que ahora hay un notable contingente de ciudadanos romanos en cada ciudad con derechos latinos… Sí, un contingente en alza! Aparte de que la ley provee a Roma con nuevos ciudadanos de lo más idóneo, hombres con propiedades y gran influencia local, hombres en quienes se puede confiar que voten correctamente en Roma -espetó Mario.
– ¿Y qué hay de malo en eso? -insistió Rutilio Rufo enarcando las cejas.