El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Bueno, espero que no pienses que he venido aquí a buscarte, porque no es así. He venido aquí en busca de paz.
Le parecía imposible, pero su belleza se acrecentó. Mi dulce Julilla, pensó. Irradiaba belleza, igual que Venus.
– ¿Queréis decir que turbo vuestra paz? -inquirió ella, muy segura de si misma para ser tan joven.
Él se echó a reír, fingiendo ligereza.
– ¡Por los dioses, niña, aún tienes que crecer mucho! -dijo, volviendo a reír-. He dicho que he venido aquí en busca de paz, lo cual significa que la he encontrado, ¿no es así? Y, si razonamos lógicamente, llegamos a la conclusión de que no turbas un ápice mi paz.
– ¡Ni mucho menos! -replicó ella-. Simplemente significa que no esperabais encontrarme aquí.
– Y eso y la indiferencia son una misma cosa -espetó él.
Era una pugna desigual, por supuesto, y la vio acobardarse, perder el aura; una divinidad transformada en mortal. Contrajo el rostro, pero supo contener las lágrimas; le miró perpleja, sin atinar a conciliar su aspecto físico con las palabras que le dirigía y lo que le dictaba el corazón, que a cada latido la decía que él había caído en sus redes.
– ¡Os amo! -le dijo, como si eso lo explicase todo.
– ¡Con quince años -replicó él con una carcajada-, qué sabrás del amor!
– ¡Tengo dieciséis! -replicó ella.
– Mira, niña, ¡déjame en paz! -respondió Sila en tono cortante-. No sólo eres una lata, sino que te estás convirtiendo en un estorbo.
Dicho lo cual le dio la espalda y se alejó sin volver la cabeza.
Julilla no se deshizo en lágrimas, aunque habría sido lo mejor, ya que un buen llanto apasionado habrça podido convencerla de que estaba equivocada y no tenía posibilidades de cazarlo. Pero lo que hizo fue dirigirse hacia donde estaba su criada Krisis, simulando mirar al Circo Máximo, vacío.
– Me va a costar -dijo con la barbilla alta, igual que su orgullo-, pero no importa, Krisis, tarde o temprano será mio.
– Me parece que no os quiere -comentó Krisis.
– ¡Claro que me quiere! -replicó Julilla con desdén-. ¡Me quiere desesperadamente!
Conociendo como conocía a Julilla, Krisis contuvo su lengua, y, en vez de razonar con su ama, lanzó un suspiro.
– Como queráis -dijo, encogiéndose de hombros.
– Es lo que suelo hacer.
Caminaron hacia la casa, en medio de un extraño silencio, dado que eran de la misma edad y se habían criado juntas. Pero al llegar al gran templo de la Magna Mater, Julilla dijo con voz resuelta:
– No pienso comer.
– ¿Y qué esperáis conseguir con eso? -inquirió Krisis.
– En enero dijo que estaba gorda. Y lo estoy.
– ¡Julilla, no lo estáis!
– Sí que lo estoy. Por eso no como dulces desde enero. Estoy un poco más delgada, pero no lo bastante. Mira a Nicopolis: tiene unos brazos como palitroques.
– ¡Pero ella es vieja! -replicó Krisis-. Lo que a vos os favorece a ella le perjudica. Además, vuestros padres se preocuparán si dejáis de comer… Pensarán que estáis enferma.
– Bueno, así también lo pensará Lucio Cornelio -dijo Julilla-. Y se preocupará mucho por mí.
Krisis no era capaz de rebatir aquel razonamiento, pues era poco inteligente y nada sensible. Lo que hizo fue romper a llorar, lo que complació enormemente a Julilla.
Cuatro días después del regreso de Sila a casa de Clitumna, Lucio Gavio Stichus fue presa de un trastorno digestivo que le tuvo postrado. Clitumna, asustada, llamó a media docena de los más reputados médicos del Palatino, quienes diagnosticaron infección alimentaria.
– Vómitos, cólicos, diarrea… el cuadro habitual -dijo su portavoz, el fisico romano Publio Popilio.
– ¡Pero si él no ha comido nada distinto a nosotros! -adujo Clitumna, no por eso muy tranquila-. En realidad, no come tan bien como nosotros, y eso es lo que más me preocupaba.
– ¡Ah, domina!, creo que os equivocáis -balbució el más entrometido de todos, Atenodoro Siculo, un especialista famoso por su tesón investigador de herencia griega, que había recorrido la casa, fisgando en todos los cuartos que daban al atrium y los que rodeaban el jardín peristilo-. ¿No ignoraréis que Lucio Gavio tiene una pastelería en su despacho?
– ¡Bah! -replicó Clitumna-. Media pastelería. Unos cuantos higos y dulces; nada más. En realidad, apenas los toca.
Los seis clínicos se miraron entre si.
– Domina, los come de día y de noche, según nos informa la servidumbre -replicó Atenodoro, el griego de Sicilia-. Os sugiero que le convenzáis para que prescinda de los dulces. Si comiese mejores alimentos, no sólo se paliarían sus trastornos digestivos, sino que mejoraría su salud en general.
Lucio Gavio Stichus se estaba enterando de todo; tumbado en su lecho, en extremo débil -por efecto de la fuerte purga- para protestar, miraba a uno y a otro con sus ojos saltones conforme se desarrollaba la conversacion.
– Tiene granos y mal color de piel -dijo un griego de Atenas-. ¿Hace ejercicio?
– No lo necesita -respondió Clitumna, con un primer atisbo de duda en su contestación-. No para de andar de un lado para otro -por su negocio; os aseguro que siempre está en danza.
– ¿A qué os dedicáis, Lucio Gavio? -inquirió el físico hispano.
– Al tráfico de esclavos -contestó Stichus.
Como todos, salvo Publio Popilio, habían comenzado su existencia en Roma como esclavos, sus ojos se tiñeron de una ictericia más intensa que la que afectaba a Lucio Gavio y se apartaron de él, so pretexto de que se hacía tarde.
– Si quiere algo dulce, que se limite a tomar vino con miel -dijo Publio Popilio-. Que ingiera alimentos sólidos durante un par de días más y cuando vuelva a tener hambre dadle una dieta normal. Pero, digo normal, domina! Judías, no dulces; ensaladas, no dulces. Colaciones frías, no dulces.
El estado de Stichus mejoró durante la semana siguiente, pero nunca se recuperó del todo. A pesar de que sólo ingería alimentos nutritivos y sólidos, sufría accesos de náuseas, vómitos, dolores y disentería, no tan fuertes como el ataque inicial, pero muy debilitantes. Y comenzó a perder peso de un modo tan discreto, que nadie lo notaba.
A finales del verano se arrastraba ya con dificultad hasta su despacho del Porticus Metelli, y eran ya cada vez más raros los días en que, tumbado en un diván, podía disfrutar del sol. El estupendo libro ilustrado que Sila le había regalado dejó de interesarle y la ingesta de cualquier tipo de alimento se convirtió en un verdadero tormento. Sólo toleraba el vino con miel, y a veces ni eso.
En septiembre le habían visitado todos los médicos de Roma y los diagnósticos eran tan numerosos como variados; por no hablar de los tratamientos, sobre todo cuando Clitumna comenzó a recurrir a curanderos.
– Que coma lo que quiera -decía un médico.
– Que no coma nada y que pase hambre -afirmaba otro.
– Que coma sólo judías -aconsejaba un físico de la tendencia persuasiva pitagórica.
– Consolaos -aseveró el entrometido médico griego Atenodoro Siculo-, sea lo que sea, no es contagioso. No obstante, tened la prevención de que los que tengan contacto fisico con él o retiran su orinal, se laven bien las manos a continuación y no se acerquen a los alimentos en la cocina.
Dos días después, Lucio Gavio moría. Abatida por el dolor, Clitumna abandonó Roma inmediatamente después del funeral, rogando a Sila y a Nicopolis que la acompañasen a Circei, en donde tenía una villa. Pero, aunque Sila la acompañó hasta las playas de Campania, ni él ni Nicopolis quisieron irse de Roma.
Al regresar de Circei, Sila besó a Nicopolis y abandonó el dormitorio que le había cedido.
– Voy a volver a ocupar el despacho y mi antiguo cubículo -dijo-. Al fin y al cabo, ahora que el pegajoso ha muerto, soy lo más parecido a un hijo para ella. -Estaba metiendo los rollos con lujuriosas ilustraciones en un cubo para quemarlos, cuando hizo una mueca de asco y levantó una mano hacia Nicopolis, que le miraba desde la puerta-. ¡Mira esto! ¡No hay una sola pulgada de este cuarto que no pringue!