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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Apoyado en un armario con cajones situado al pie de la cama en la que se sentaba la señora Anan, intentó pensar qué decir. Nunca tenía problemas para saber qué decirle a una mujer, pero el sonido ensordecedor de los dados le tenía aturullado el cerebro. Las tres mujeres le dedicaron miradas desaprobadoras —¡prácticamente podía oírles decir que se pusiera derecho!—, así que sonrió. A muchas mujeres les resultaba encantadora esa sonrisa. Tuon soltó un largo soplido que no sonó encantado ni por asomo.

—¿Recuerdas el rostro de Hawkwing, Juguete? —preguntó.

La señora Anan parpadeó sorprendida, y Selucia se incorporó hasta ponerse sentada en la cama, ceñuda… ¡con él! ¿Por qué ese ceño a él? Tuon siguió mirándolo, con las manos enlazadas en el regazo, tan fría y serena como una Zahorí el Día Solar.

A Mat se le quedó petrificada la sonrisa. Luz, ¿cómo sabía ella eso? ¿Cómo podía saber nada de eso? Yacía bajo el sol ardiente, apretándose el costado con las dos manos en un intento de impedir que la vida se le escapara por la herida y preguntándose si merecía la pena el esfuerzo. Aldeshar estaba acabada tras la batalla de ese día. Una sombra ocultó el sol un instante y entonces un hombre alto, con armadura, se agachó junto a él sujetando el yelmo bajo el brazo, los oscuros ojos hundidos enmarcando una nariz aguileña. «Combatiste bien contra mí hoy, Culain, y muchos otros días antes —dijo aquella voz memorable—. ¿Vivirás en paz conmigo?» Con su último aliento, se rió en la cara de Artur Hawkwing. Odiaba evocar morirse. Otra docena de choques pasaron veloces por su mente, recuerdos antiguos que ahora eran suyos. Artur Paendrag no había sido un hombre con el que resultara fácil llevarse bien ni siquiera antes de que empezaran las guerras.

Inhaló hondo y escogió las palabras con sumo cuidado. No era el momento de ponerse a soltar peroratas en la Antigua Lengua.

—¡Pues claro que no! —mintió. Las mujeres despachaban sin rodeos al hombre que no fuera capaz de mentir con convicción—. ¡Luz, Hawkwing murió hace mil años! ¿Qué tipo de pregunta es ésa?

La muchacha abrió lentamente la boca y por un instante Mat tuvo la certeza de que iba a responderle con otra pregunta.

—Una pregunta tonta, Juguete —contestó finalmente, sin embargo—. No sé por qué se me vino a la cabeza.

La tensión en los hombros de Mat se aflojó una poco. Por supuesto. Era ta’veren. La gente hacía y decía cosas estando él que no haría ni diría en otras circunstancias. Cosas relativamente absurdas. Con todo, algo así podía resultar tremendamente molesto cuando a uno le tocaba muy de cerca.

—Me llamo Mat. Mat Cauthon. —Para el caso que le hizo, podría haberse ahorrado la saliva.

—Ignoro lo que haré después de regresar a Ebou Dar, Juguete. No lo he decidido. Quizá te haga da’covale. No eres lo bastante guapo para servir de escanciador, pero tal vez me agrade tenerte como tal. Empero, acabas de prestar ciertas promesas y ahora tengo a bien hacer una yo. Mientras cumplas lo que has dicho, no intentaré escapar ni traicionarte de ningún modo ni causaré disensión entre tus seguidores. Creo que eso cubre todo lo necesario.

La señora Anan la miró boquiabierta y Selucia hizo un ruido gutural, pero Tuon no pareció advertir la reacción de las dos mujeres. Lo miraba expectante, esperando una respuesta.

Mat también hizo un ruido gutural. No un sollozo, sólo un sonido. El semblante de Tuon era tan imperturbable como una severa máscara de cristal oscuro. ¡Su calma era demencial, pero esto último hacía que un chiflado pareciese cuerdo! Tendría que estar loca si pensaba que creería esa oferta. Pero el caso es que creía que hablaba en serio. O era sincera o era una mentirosa mejor de lo que él jamás había esperado ser. De nuevo tuvo esa sensación inquietante de que la chica sabía cosas que él ignoraba. Ridículo, por supuesto, pero la sensación estaba ahí. Tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta. Un gran nudo.

—Bueno, eso os compromete a vos —dijo para ganar tiempo—, pero ¿y Selucia? —¿Tiempo para qué? Era incapaz de pensar con aquellos dados repicando contra su cráneo.

—Selucia obedece mis deseos, Juguete —repuso Tuon con impaciencia. La mujer de ojos azules se puso erguida y lo miró como si la indignara que hubiese puesto en duda tal cosa. Para ser la doncella de una noble podía mostrarse muy feroz cuando se lo proponía.

Mat no sabía qué hacer ni qué decir. Sin pensarlo, se escupió en la palma y le ofreció la mano como si sellara un trato por un caballo.

—Vuestras costumbres son… primitivas —dijo Tuon en tono seco, pero se escupió en la palma y le estrechó la mano—. «Así queda escrito el trato; así se cierra el acuerdo». ¿Qué significa esa frase de tu lanza, Juguete?

Entonces sí gimoteó y no porque la chica hubiese leído la inscripción en la Antigua Lengua de su ashandarei. Hasta una jodida piedra habría gimoteado. Los dados se habían parado en el mismo instante en que le tocó la mano. Luz, ¿qué había pasado?

Unos nudillos tocaron en la puerta y tenía los nervios tan de punta que se movió sin pensar, girando sobre los talones al tiempo que aparecía un cuchillo en cada una de sus manos, listo para arrojarlos a quienquiera que entrara.

—Poneos detrás de mí —espetó.

La puerta se abrió y Thom asomó la cabeza. Llevaba puesta la capucha y Mat reparó en que fuera llovía. Entre Tuon y los dados no había oído el sonido de la lluvia repicando en el techo de la carreta.

—Espero no haber interrumpido nada —dijo Thom mientras se atusaba el blanco bigote con los nudillos.

Mat notó que la cara le ardía. Setalle se había quedado paralizada con la aguja de bordar, enhebrada con hilo azul, suspendida en el aire, sin clavarla en la tela, y sus cejas parecían querer subir hasta el nacimiento del pelo. Al borde de la otra cama, tensa, Selucia observó con considerable interés cómo deslizaba los cuchillos bajo las mangas de nuevo. Mat nunca habría imaginado que era de esas a las que les gustaban los hombres peligrosos. La clase de mujeres que merecía la pena evitar; solían encontrar el modo de hacer que un hombre fuera peligroso. No volvió la vista hacia Tuon. Probablemente lo estaba mirando como si se hubiese puesto a hacer cabriolas, como Luca. Sólo porque no quisiera casarse no significaba que quisiera que su futura esposa lo creyera idiota.

—¿Qué has descubierto, Thom? —preguntó bruscamente. Algo había ocurrido, o los dados no se habrían parado. Tuvo una idea que hizo que se le pusiera el pelo de punta. Era la segunda vez que se habían parado en presencia de Tuon. La tercera, contando la de las puertas de salida de Ebou Dar. Tres malditas veces, y todas unidas a ella.

Renqueando ligeramente, el hombre de cabello blanco acabó de pasar mientras se retiraba la capucha y cerró la puerta a su espalda. La cojera era secuela de una vieja herida, no de ningún problema en la ciudad. Alto, delgado y de piel curtida, con penetrantes ojos azules y bigote níveo que le llegaba más abajo de la barbilla, se diría que llamaría la atención dondequiera que fuese, pero tenía práctica en pasar inadvertido a simple vista, y su chaqueta de un color bronce oscuro y capa de paño marrón eran apropiadas para un hombre con algo de dinero para gastar pero no demasiado.

—En las calles abundan los rumores sobre ella —dijo, indicando con la cabeza a Tuon—, pero nada sobre su desaparición. Invité a tomar unos tragos a unos cuantos oficiales seanchan, y al parecer creen que está cómodamente en el palacio de Tarasin o que ha salido en un viaje de inspección. No noté que estuvieran ocultando nada, Mat. No lo saben.

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