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El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
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Flinn se puso en pie y avanzó hacia el enano, apuntándolo con su dedo acusador.

Braddoc hizo caso omiso de su gesto.

—He vivido unos quinientos años y nunca he oído nada más ridículo. ¡Vaya tontería!

Durante unos momentos, Flinn se mantuvo delante de Braddoc, señalándolo y sin decir nada. Lentamente dejó caer el brazo y se cubrió la boca con la mano.

—Así que es una cosa extraña…

—¿Extraño? ¡Extraño!

El enano ya no podía mantenerse en pie. Cayó sobre sus rodillas y rió desaforadamente, agarrándose el estómago con ambas manos sin encontrar aire suficiente para respirar. Pensó en la austeridad de su misión, en el hecho de que el mundo estuviese en peligro de perder hasta el último signo de vida por culpa de unas horribles criaturas y su perverso maestro, Teryl Uro. Entonces se dio cuenta de que, en medio de aquella pesadilla, se estaba riendo como no recordaba haberlo hecho nunca, y esto hizo que se riese aún con más ganas.

Las risas de Flinn comenzaron a filtrarse a través de sus dedos, que rápidamente apartó para dejar escapar una sonora carcajada. La profusión y viveza de la risa del Inmortal, a quien era la primera vez que oía reír desde que había renacido en el mundo de Mystara, desconcertó a su amigo. La risa parecía provenir de lo más profundo de su corazón y Braddoc sintió que, a su lado, su monumental risa resultaba insignificante.

La situación hizo que Braddoc recordase los tiempos en que habían viajado juntos como mercenarios. En una ocasión, Flinn le había contado un chiste especialmente divertido que los había hecho estallar de risa, lo cual los había unido más en su amistad. Atesoró aquel grato recuerdo, y volvió a reír.

—¿Por qué estamos perdiendo el tiempo en este lugar? –le preguntó el enano, ahogando su risa mientras apisonaba el tabaco de la pipa con su curtido dedo–. Hay un mundo al que salvar.

La risa de Flinn se aplacó, pero la sonrisa no se borró de su rostro. Se sentó en una roca.

—Estamos en la tierra de los halflings, haciendo lo que teníamos que hacer: recordar los viejos tiempos.

Braddoc asintió para sí, entendiendo por qué se sentía mucho más cómodo en aquel bosque que en el de los elfos. Los halflings eran parecidos a los enanos, pero tenían un gran sentido del humor.

—¿Qué recuerdas de los viejos tiempos? –inquirió.

La expresión risueña desapareció finalmente del rostro de Flinn, dejando paso a una mirada sombría. Braddoc tomó asiento en el tronco y aguardó pacientemente la respuesta mientras escarbaba otra vez en su bolsa de tabaco. Se sentía tan avergonzado ante su amigo que se concentró en la tarea de preparar su pipa para evitar la mirada de Flinn.

—Yo…, yo…

Braddoc alzó la mirada y se quedó totalmente desconcertado por la reacción del Inmortal. Flinn se agarraba la cabeza con ambas manos, y las lágrimas le corrían por las mejillas.

—¡Flinn! –exclamó, poniéndose en pie de un salto, preocupado.

—Hablame de mí, Braddoc –pidió su amigo entre sollozos–. Tengo sentimientos, pero aún no he recuperado la memoria. No puedo soportar este dolor.

Braddoc se acercó a su amigo con torpeza para intentar consolarlo, sin saber muy bien cómo hacerlo. El enano extendió una mano, pero Flinn se la apartó moviendo su cabeza y murmurando palabras de agradecimiento. Un esbozo de sonrisa se dibujó en la cara de Braddoc al tiempo que una sensación de incomodidad le invadía el cuerpo. Había visto a Flinn en todo tipo de situaciones –rabioso de furia y loco de contento–, pero sólo lo había visto llorar en una ocasión con anterioridad: cuando había sido rehabilitado como caballero.

—No sé qué decir, Flinn –dijo Braddoc con franqueza–. No sé contar historias… Podría hacer que el relato más sobrecogedor resultase aburridísimo. Supongo que lo más interesante que te puedo contar son las leyendas que sobre ti corren de boca en boca.

—Cuéntame alguna de esas leyendas. No importa que no tengas facilidad para hacerlo; lo importante es que se cuente la historia.

Braddoc investigó con la mirada por las profundidades del bosque y se preguntó qué cuento podría imbuir a Flinn con la esencia de aquel lugar. El enano miró a su amigo, censurándose una repentina ocurrencia. La tarea más difícil que Flinn aún tenía que soportar era oír el relato de la vida que le habían robado.

Lo primero que se le vino a la cabeza fue hablarle de Johauna.

Esperaba que la muchacha sobreviviese entre las triquiñuelas y maquinaciones de algunos miembros de la corte de Penhaligon.

Braddoc estaba seguro de que Graybow haría lo posible para protegerla de los peligros, aunque ni siquiera el buen alcaide era consciente de todas las tramas que se urdían en el castillo a espaldas suyas. Se dio cuenta, de repente, que no sería una buena idea hablarle a Flinn de la mujer que había amado como mortal. El dolor de la pérdida se incrementaría si recordara su rostro. A pesar de todo, si repetía las palabras que Jo había usado para describir sus últimos momentos de vida, quizá pudiera hacerla llegar a su memoria de una forma menos dolorosa.

—Te hablaré del momento más importante de tu vida –comenzó Braddoc, recogiendo su pipa y dándole fuertes chupadas para que la cazoleta se mantuviese caliente mientras hablaba–. Te contaré cómo otra persona describió el último día de tu vida.

»Veamos… Nosotros…, quiero decir, tú estabas en el campo de batalla cerca de… un… Creo que no he empezado muy bien –murmuró Braddoc, confuso.

—No importa –lo animó Flinn–. Continúa, por favor.

—Muy bien. En esta vida se te conocía como Fain Flinn, Flinn el Poderoso, y tenías una espada llamada Vencedrag. Vencedrag era una fabulosa arma consagrada por el señor del Castillo de los Tres Soles para que matase al Dragón Verde, Verdilith. El Dragón Verde, tu peor enemigo, ya se había enfrentado a ti en otras ocasiones, pero Karleah Kunzay, otra de tus… de nuestros amigos, te reveló una profecía que decía que morirías en tu siguiente enfrentamiento contra el malvado dragón.

—Parece que estaba en lo cierto –comentó Flinn en voz baja.

Braddoc asintió, alegrándose de que lo interrumpiese, porque sabía que vacilaba mucho al hablar.

—Karleah carecía de la fama de otros magos que conozco, pero tenía mucha habilidad. Nunca se equivocaba con sus visiones.

—¿Erais amigos? –quiso saber Flinn, limpiándose las lágrimas de los ojos.

—¿Amigos? Sí, supongo que algo por el estilo. Me pregunto si aquel vejestorio llegó a adivinar alguna vez quién era yo en realidad, y si este ojo no era realmente un ojo –le respondió Braddoc, encogiéndose de hombros–. Teníamos nuestras pequeñas trifulcas; pero, si llegó a saber todo eso, nunca lo mencionó, lo cual sería una prueba de amistad.

Flinn asintió y cambió de postura. Apoyó la barbilla en las rodillas y se abrazó las piernas.

—No recuerdo su nombre –dijo.

—La destruyeron al intentar comprobar el verdadero funcionamiento del abatón. Pero ésa es otra historia. Esta historia comienza cuando iniciaste la caza final de Verdilith en el claro en que os habíais enfrentado la primera vez. Habíamos dejado el Castillo de los Tres Soles justo después de que te volvieran a admitir en la orden, tú, yo, Karleah y dos más. –Mencionó a los otros con rapidez con la esperanza de que Flinn no preguntase a quién se refería. Dejó escapar una enorme bocanada de humo de alivio al comprobar que así era–. Abandonaste el campamento a primera hora de la mañana sin despertar a nadie. Tengo la sospecha de que Karleah sabía que te ibas a marchar, pero probablemente también sabría que sería inútil detenerte. Yo sospechaba que te marcharías, pero no creí que fueras a hacerlo sin mí.

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