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Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]

Электронная книга - «Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]». Краткое содержание книги:

Miles Vorkosigan, el entrañable personaje que se dio a conocer en El aprendiz de guerrero, emprende gracias a la habilidad de la exitosa escritora de Lois McNaster Bujold nuevas aventuras. En esta ocasión se abordan asuntos de gran interés: los prejuicios sociales y sus consecuencias, una posible reflexión antirracista nacida en torno a la manipulación genética y una amena exploración de temas cuya conjunción resulta particularmente curiosa: religión, supervivencia y estrategia militar.

Incluye los relatos:
Las Montañas de la Aflicción
Laberinto
Fronteras del Infinito

Premio Hugo a la mejor novela corta 1990 por Las Montañas de la Aflicción.
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—Comunicador de muñeca, un comunicador de muñeca —balbuceó Miles, sacándole el aparato del brazo a uno de los soldados inconscientes—. Bel, ¿dónde está nuestro transbordador?

—Entramos en un puerto comercial pequeño fuera de la ciudad de Ryoval, a unos cuarenta kilómetros.

—¿Alguien se quedó en la nave?

—Anderson y Nout.

—¿Cuál es el canal de comunicación?

—Veintitrés.

Miles se deslizó en el asiento junto a Bel y abrió el canal. Le pareció que la sargento Anderson tardaba una eternidad en contestar, unos treinta o cuarenta segundos mientras el camión flotante pasaba sobre las copas de los árboles hacia el acantilado más cercano.

—Laureen, pon el transbordador en marcha. Necesitamos que nos recojas urgentemente, cuanto antes. Estamos en el camión flotante de la Casa Fell, hacia… —Miles puso el comunicador debajo de la nariz de Bel.

—…el norte de las instalaciones biológicas —continuó Bel. A unos doscientos sesenta kilómetros por hora, que es lo más rápido que puede ir este trasto.

—Nos vamos en el transbordador —dijo Miles y colocó la señal de emergencia en el comunicador—. No esperes que el puerto de Ryoval te dé permiso de despegue porque no te lo va a conceder. Que Nout me comunique con el Ariel.

—Listo, señor. —La voz de Anderson parecía contenta.

Estática, unos segundos más de espera infernal. Después una voz llena de excitación.

—Murka. Pensé que venía detrás de nosotros anoche… ¿Está bien, señor?

—De momento. ¿Está el técnico médico Vaughn a bordo?

—Sí, señor.

—De acuerdo. No lo deje bajar. Asegúrele que tenemos su muestra de tejidos.

—¿De verdad? ¿Y cómo…?

—No importa cómo. Que todos suban a bordo ahora mismo y trasládese a la órbita libre. Prepárelo para recogernos en vuelo. Iremos en el transbordador. Y dígale al piloto que marque el curso hacia el salto de Escobar a la máxima aceleración posible apenas lleguemos a la nave. No espere a que le den permiso.

—Todavía estamos cargando…

—Abandone todo lo que no esté en la nave.

—¿Nos hemos metido en algún lío, señor?

—Mortal, Murka.

—De acuerdo, señor. Murka fuera.

—Creía que íbamos a hacerlo todo en el más absoluto sigilo en Jackson’s Whole —se quejó Bel—. ¿No te parece que esto es un poco ruidoso?

—La situación ha dado un giro de ciento ochenta grados. Después de lo que hicimos anoche, no hay negociaciones posibles con Ryoval por Nicol ni por Taura. Acabo de dar un golpe a favor de la verdad y la justicia allá abajo y tal vez me pase el resto de la vida lamentándolo. Después te lo contaré. Y por otra parte, ¿te gustaría quedarte por aquí después de que le digamos al barón Fell la verdad acerca del tratamiento de rejuvenecimiento?

Los ojos de Thorne se iluminaron como si se concentrara en el vuelo.

—Pagaría por estar ahí en ese momento.

—Ja… No. Hubo un momento en que tuvimos todos los números. Potencialmente, por lo menos. —Miles empezó a reseguir las lecturas del panel de control del camión, que era muy simple—. Nunca los tendremos de nuevo. Uno maniobra hasta el límite, pero el momento dorado pide acción. Si uno falla, los dioses te maldicen para siempre. Y viceversa… Hablando de acción, ¿viste cómo acabó Taura con siete de esos tipos? —Miles rió al recordarlo. Me pregunto dónde llegará con un entrenamiento básico.

Bel echó una mirada sobre su hombro, inquieto, hacia donde estaba Nicol en su silla y Taura, acuclillada en el fondo con el cuerpo del soldado inconsciente.

—Estaba demasiado ocupado para contarlos.

Miles se levantó y caminó hasta el fondo para controlar a su preciosa carga viviente.

—Nicol, has estado genial —le dijo a la intérprete—. Has peleado como un león. Tal vez tenga que hacerte un descuento de ese dólar.

Nicol todavía estaba sin aliento, con las mejillas enrojecidas. Una mano superior sacó un mechón de cabello de los ojos brillantes.

—Tenía miedo de que rompieran mi dulcimer. —Acarició con una mano inferior una gran caja metida en la silla, a su lado—. Y después tuve miedo de que rompieran a Bel…

Taura estaba sentada contra la pared del camión, un poco pálida.

Miles se arrodilló junto a ella.

—Taura, querida, ¿estás bien? —Le levantó con dulzura una mano para controlarle el pulso, que estaba muy acelerado. Nicol lo miró con extrañeza por ese gesto de cariño. Tenía la silla flotadora lo más lejos posible de Taura.

—Hambre —jadeó Taura.

—¿Otra vez? Claro, has gastado mucha energía. ¿Alguien tiene una barra de ración? —Tras un rápido registro encontró una barra, apenas mordida, en el bolsillo del soldado inconsciente. Miles se la dio y miró cómo se la tragaba con mordiscos de lobo. Ella le sonrió como pudo, con la boca llena.

No habrá mis ratas de ahora en adelante, prometió Miles en silencio. Tres cenas de carne de vaca cuando lleguemos al Ariel y de postre un par de tortas de chocolate.

El camión crujió. Taura, ya algo reanimada, extendió los pies para sostener la taza dentada de Nicol en su sitio contra la pared e impedir que saltara por el aire.

—Gracias —articuló Nicol, preocupada. Taura hizo un gesto con la cabeza.

—Compañía —llamó Bel Thorne sobre su hombro.

Miles se apresuró a avanzar.

Dos automóviles aéreos de la Seguridad de Ryoval les seguían a toda velocidad. Sin duda, mucho mejor armados que el habitual furgón de policía civil… sí. Bel hizo un movimiento brusco cuando pasó un disparo de plasma junto a ellos, dejando un ancho rastro verde en la retina de Miles. Sí, sus perseguidores estaban furiosos, se lo estaban tomando casi como una operación militar.

—Éste es uno de los camiones de Fell, deberíamos tener algo para contraatacar. —No había nada frente a Miles que pareciera un control de armas.

Un ruido atronador, un alarido de Nicol y el camión se tambaleó en el aire, se enderezó luego bajo el control de Bel. Un rugido de aire y vibraciones —Miles movió la cabeza de un lado a otro, frenético, buscando daños— un rincón superior del área de carga del camión se había desprendido por completo. La puerta de atrás estaba cerrada de un lado y suelta del otro. Taura todavía sostenía la silla flotadora y Nicol se había aferrado con sus manos superiores a las pantorrillas de la mujer soldado.

—Vaya —exclamó Thorne— No está blindado.

—¿Qué mierda creíais que era esto? ¿Una misión de paz? —Miles controló su comunicador de muñeca—. Laureen, ¿me recibes?

—Sí, señor.

—Bueno, si alguna vez has soñado con una operación de emergencia, aquí la tienes. Esta vez, nadie va a protestar si abusas del equipo.

—Gracias, señor —respondió ella, contenta.

Estaban perdiendo altura y velocidad.

—¡Sujetaos! —aulló Bel sobre su hombro y de pronto giró en redondo. Sus perseguidores pasaron volando por encima de ellos, pero empezaron a girar inmediatamente. Bel aceleró. Otro grito de la parte posterior cuando los ocupantes se vieron lanzados de nuevo hacia las puertas traseras, que ya no ofrecían mucha seguridad.

Los bloqueadores de mano de las tropas de Dendarii no servían para nada en esa situación. Miles volvió atrás y buscó algún compartimiento de equipaje, un armero, algo… seguramente la gente de Fell no confiaba sólo en la terrible reputación de su casa para protegerse…

Los bancos acolchados a los lados del compartimiento de carga, sobre los que se habrían sentado los guardias de Fell, ocultaban un espacio de almacenamiento. El primero estaba vacío, el segundo contenía equipaje personal —Miles tuvo una imagen fugaz de sí mismo estrangulando a un enemigo con un pantalón de pijama, o metiendo ropa interior en las entradas de aire de los vehículos—, y el tercer compartimiento también estaba vacío. El cuarto estaba cerrado con llave.

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