Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-2526-X
- Переводчик: M
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]». Краткое содержание книги:
Incluye los relatos:
Las Montañas de la Aflicción
Laberinto
Fronteras del Infinito
Premio Hugo a la mejor novela corta 1990 por Las Montañas de la Aflicción.
—Sígueme, muchacha —murmuró en voz baja mientras se metía en el tubo—. Vamos a salir. —La duda de ella quedó oculta bajo las pestañas largas, pero de todos modos lo siguió, cerrando la trampilla detrás de los dos.
Con la linterna, el descenso apenas fue menos horrible que la subida hacia lo desconocido. No había otras salidas y poco después estaban otra vez de pie sobre la roca de la que habían partido. Miles controló el progreso del agua sobre la roca cerca del conducto que habían abierto mientras Taura bebía de nuevo. El agua corría en un reguero grasiento y estrecho ladera abajo y tenía toda la habitación para llenar, así que pasarían varios días antes de que la lagunita que iba formándose contra la pared inferior ofreciera alguna posibilidad estratégica, aunque siempre había esperanzas de que hiciera algo para minar los cimientos mismos.
Taura volvió a meterlo en el conducto.
—Deséame suerte —murmuró él por encima de su hombro, con la voz ahogada por el confinamiento estrecho.
—Adiós —dijo ella. Él no veía la expresión de su cara; no había ninguna en su voz.
—Hasta pronto —le corrigió con firmeza.
Unos minutos de lucha y violentas contorsiones lo llevaron de nuevo a la rejilla. Daba sobre una habitación oscura llena de cosas, tranquila y desocupada, con parte de los cimientos también.
El ruido de los alicates que mordían la rejilla parecía lo bastante fuerte como para atraer a toda la fuerza de seguridad de Ryoval pero no apareció nadie. Tal vez el jefe de Seguridad dormía para recuperarse de la droga. Un rasguido, que Miles no había producido con su cuerpo, hizo un eco en el conducto y Miles se quedó helado donde estaba. Pasó la linterna por un conducto que salía hacia un costado. Dos joyas rojas paralelas brillaron en respuesta, los ojos de una rata enorme. Pensó en atraparla y llevársela a Taura. No. Cuando volvieran al Ariel, le daría una buena cena de carne de vaca. Dos cenas de carne de vaca. La rata se salvó dando media vuelta y alejándose a toda velocidad.
Por fin la rejilla se partió y Miles se retorció para entrar en el depósito. ¿Qué hora sería? Tarde, muy tarde. La habitación daba a un corredor y en el suelo, al final, brillaba una de las trampillas con cerrojo que daban a los cimientos. El corazón de Miles se agitó, lleno de esperanza. Una vez que buscara a Taura, tenían que encontrar un vehículo para…
Ese cerrojo, como el primero, era manual, no había electrónica sofisticada que desarmar. Sin embargo, se cerraba automáticamente de nuevo si la bajaban. Miles la trabó, con los alicates antes de bajar por la escalera. Apuntó con la luz alrededor.
_ ¡Taura! —murmuró—. ¿Dónde estás?
No hubo respuesta inmediata; ningún ojo dorado que brillara en medio de la selva de pilares. Miles no quería gritar. Bajó los escalones y empezó un trote silencioso y rápido a través de la cámara mientras la piedra fría se tragaba el calor a través de sus calcetines y lo hacía desear sus botas perdidas.
Ella estaba sentada en silencio en la base de un pilar, con la cabeza de costado, sobre sus rodillas. Tenía la cara pensativa, triste. En realidad, no costaba mucho leer las sutilezas de sentimiento que había en sus rasgos felinos.
—Hora de partir, soldadita —dijo Miles.
Ella levantó la cabeza.
—¡Has vuelto!
—¿Y qué creías que iba a hacer? Claro que he vuelto. Tú eres mi recluta, ¿recuerdas?
Ella se rascó la cara con el dorso de una zarpa grande, una mano mejor dicho. Miles se corrigió con severidad. Taura se puso de pie, arriba y más y más.
—Supongo que sí. —Su boca apenas esbozó una sonrisa. Si uno no sabía lo que significaba esa expresión, podía asustarse bastante.
Tengo una de las puertas abiertas. Tenemos que tratar de salir del edificio principal hacia las plataformas de embarque. He visto varios vehículos estacionados por allí. Qué importa un pequeño robo después de…
Con un crujido leve, la entrada de vehículos que daba afuera, ladera abajo hacia la derecha, empezó a abrirse lentamente. Una bocanada de aire frío y seco barrió la humedad del ambiente y un rectángulo estrecho de luz amarilla convirtió las sombras en luces azules. Los dos se taparon los ojos para protegerlos del brillo inesperado. En ese fulgor se formaron una docena de figuras de tela roja con las armas listas.
La mano de Taura estaba pegada a la de Miles. Corre, empezó a decir él y se mordió la boca para tragarse el grito. Nunca podrían correr más que un rayo de destructor nervioso, arma que por lo menos llevaban dos de los guardias. El aliento de Miles siseó a través de sus dientes. Estaba demasiado enfurecido hasta para insultar a su suerte. Habían estado tan cerca…
El jefe de Seguridad Moglia apareció entre las formas.
—¿Qué, todavía entero, Naismith? —sonrió con una mueca desagradable—. Nueve debe de haberse dado cuenta de que ya era hora de cooperar, ¿eh, Nueve?
Miles le apretó la mano con fuerza. Confiaba en que ella comprendiera el mensaje. Espera.
Ella levantó la cabeza,
—Supongo que sí —dijo con frialdad.
—Ya era hora —continuó Moglia—. Sé buena y te llevaremos arriba y te daremos el desayuno.
Bien, expresó la mano de Miles. Ella lo miraba fijamente buscando sus órdenes ahora.
Moglia empujó a Miles con su bastón.
—En marcha, enano. Tus amigos han pagado el rescate. Algo sorprendente.
Miles también estaba sorprendido. Se movió hacia la salida, sosteniendo la mano de Taura. No la miró, hizo la posible para que nadie prestara atención al hecho evidente de que estaban… juntos, porque si nadie se daba cuenta, podrían seguir estándolo. Le soltó la mano apenas establecieron un ritmo de avance paralelo.
¿Qué mierda…?, pensó Miles cuando emergieron a la aurora cegadora, por la rampa y luego a una capa resbaladiza de asfalto cubierta de escarcha brillante. Allí, frente a él, había un cuadro viviente de lo más extraño.
Bel Thorne y un soldado Dendarii, armados con bloqueadores, se movían inquietos… no eran prisioneros, ¿verdad? Había media docena de hombres armados con el uniforme verde de la Casa Fell, todos alerta, listos para la acción. Un camión flotador con el logo de Fell junto al borde del asfalto. Y Nicol, la cuadrúmana, envuelta en una piel blanca para protegerse del frío flotaba sobre su silla junto a un guardia de uniforme verde que la apuntaba con su bloqueador. La luz era gris dorada y fría como el sol que se elevaba sobre las montañas oscuras a la distancia, a través de las nubes.
—¿Ése es el hombre que quiere? —preguntó el capitán de la guardia de uniforme verde a Bel Thorne.
—Sí. —La cara de Thorne estaba pálida con una mezcla extraña de alivio e inquietud—. Almirante, ¿está usted bien? —le preguntó enseguida. Sus ojos se abrieron de par en par al ver a la extraña compañera de Miles— ¿Qué es eso?
—Es la recluta Taura, para entrenamiento —dijo Miles con firmeza esperando que 1) Bel comprendería los distintos significados que transmitía la frase y 2) los guardias de Ryoval no. Bel parecía de piedra por el asombro, así que, evidentemente, Miles había logrado transmitir por lo menos algo; el jefe de Seguridad Moglia los miraba lleno de sospechas pero sin entender mucho. Pero Miles era un problema del que Moglia esperaba librarse en poco tiempo y, por lo tanto, dejó sus sospechas de lado para negociar con la persona más importante: el capitán de guardia de Fell.
—¿Qué pasa aquí? —susurró Miles a Bel, deslizándose hacia él hasta que un guardia de rojo levantó su arma y meneó la cabeza. Moglia y el capitán de Fell estaba intercambiando datos electrónicos sobre un panel de informes con las cabezas juntas, evidentemente algo relacionado con documentación oficial.