Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-2526-X
- Переводчик: M
- Жанр: Космическая фантастика
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Incluye los relatos:
Las Montañas de la Aflicción
Laberinto
Fronteras del Infinito
Premio Hugo a la mejor novela corta 1990 por Las Montañas de la Aflicción.
Nicol, con una túnica blanca y pantalones cortos con vivos rosados, yacía boca abajo sobre un banco esperando que terminaran las reparaciones. A Miles le causó una curiosa sensación verla fuera de su taza, era como mirar a un caracol sin caparazón, o una foca en tierra. Resultaba extrañamente vulnerable así, y sin embargo, en la silla parecía tan bien, tan en su ambiente que Miles había dejado de notar lo raro de los cuatro brazos. Thorne ayudó al técnico a colocar el caparazón azul de la silla voladora sobre su mecanismo antigravitatorio y se volvió para saludar a Miles mientras el técnico lo ajustaba.
Miles se sentó en el banco frente a Nicol.
—Por lo que veo —dijo—, el barón Fell no va a perseguirla. Él y su medio hermano van a estar muy ocupados vengándose uno del otro durante un tiempo. Me alegra ser hijo único.
—Mmm —emitió ella, pensativa.
—Estará bien —aseguró Thorne, como dándole ánimos.
—No… no es eso —dijo Nicol—. Sólo pensaba en mis hermanas. Hubo una época en que no veía la hora de escaparme de ellas. Ahorano veo, la hora de volver a abrazarlas.
—¿Qué piensa hacer? —preguntó Miles.
—Primero voy a ir a Escobar —contestó—. Es un buen lugar de cruce, y desde allí espero arreglármelas para volver a la Tierra. Desde la Tierra, a Oriente IV y desde ahí, seguramente, podré llegar a casa.
—¿Entonces es a casa adónde quiere ir?
—Hay mucho más que ver por aquí —señaló Thorne— No estoy seguro de que las naves de los Dendarii tengan lugar para una intérprete pero…
Ella negaba con la cabeza.
—A casa —dijo con firmeza—. Estoy cansada de luchar sola todo el tiempo. Estoy cansada de estar sola. Empiezo a tener pesadillas acerca de tener piernas…
Thorne suspiró.
—Tenemos una colonia de los de superficie entre nosotros —agregó ella en tono sugestivo a Thorne—. Han hecho un asteroide propio con gravedad artificial, una cosa muy parecida al suelo, pero no tan llena de corrientes.
Miles se alarmó un poco, perder a un comandante de lealtad tan probada…
—Ah —suspiró Thorne, en tono tan pensativo, como el de Nicol—. Está muy lejos de mi casa, su asteroide.
—¿Piensa volver a la colonia Beta algún día? —preguntó ella—. ¿O es que los Mercenarios de Dendarii son su casa ahora?
—No es algo tan apasionado —explicó Thome—. Me quedo, sobre todo, porque tengo mucha curiosidad. Quiero saber qué va a pasar.
Y Thorne sonrió a Miles de manera especial. Después ayudó a Nicol a subirse a su silla azul. Ella controló los sistemas, y se acomodó, tan ágil —más aún— como sus compañeros con piernas. Se balanceó y miró a Thorne con la cara radiante.
—Sólo nos quedan tres días para la órbita de Escobar —dijo Thorne como si lo lamentara—. Son… setenta y dos horas, cuatro mil trescientos veinte minutos. ¿Cuánto podemos hacer en cuatro mil trescientos veinte minutos?
¿O con cuanta frecuencia?, pensó Miles con frialdad. Especialmente, sino duermen. Dormir, en sí mismo, no era lo que Bel tenía en mente si Miles interpretaba bien los indicios. Buena suerte… a los dos.
—Mientras tanto —continuó Thorne mientras maniobraba para poner a Nicol en el corredor—, voy a mostrarle la nave. Es ilírica… pero claro, supongo que ésa no es su especialidad. Es toda una historia la forma en que cayó en manos de los Dendarii… entonces éramos los Mercenarios de Oseran…
Nicol lanzaba pequeñas exclamaciones de interés. Miles suprimió una sonrisa de envidia y se volvió hacia el otro lado, a buscar al doctor Canaba y arreglar los detalles para cumplir con la última y muy desagradable parte de su misión.
Confundido, Miles dejó el hipoespray que tenía entre las manos cuando se abrió la puerta de la enfermería. Giró en el sillón del técnico médico y alzó la vista hacia Taura y la sargento Anderson que entraban en ese momento.
—Dios mío —murmuró.
Anderson esbozó una sonrisa.
—Informando como me pidió, señor.
La mano de Taura se levantó en el aire. La mujer soldado no sabía si tratar de imitar o no el saludo militar de la sargento. Miles la miró de arriba a abajo y sus labios se abrieron en una sonrisa involuntaria. La transformación de Taura era todo lo que él había soñado y más.
No sabía cómo había hecho Anderson para conseguir que el ordenador del depósito ampliara sus parámetros normales, pero de alguna forma le había hecho vomitar un equipo completo de ropa Dendarii para Taura: chaqueta gris y blanca brillante con bolsillos, pantalones grises, botas pulidas hasta los tobillos. La cara y el cabello de Taura estaban todavía más limpios que sus botas. Llevaba el cabello oscuro recogido atrás en una trenza espesa que se le enroscaba sobre la nuca —Miles no veía el extremo— y brillaba con inesperados reflejos color caoba.
Parecía, si no bien alimentada, por lo menos no tan hambrienta, los ojos eran brillantes e interesados, no esas luces fantasmales y amarillas metidas en cavernas huesudas que él había visto al principio Incluso desde lejos, Miles se dio cuenta de que la rehidratación y la oportunidad de limpiarse los dientes y los colmillos había eliminado ese aliento a acetona que le habían producido los días en los sótanos del establecimiento de Ryoval, a dieta de ratas crudas.
La capa de suciedad incrustada en sus manazas había desaparecido y sus uñas afiladas —una buena idea— no estaban cortadas, pero sí limadas y pintadas con un esmalte blanco perla brillante que complementaba la ropa blanca y gris como una joya. El esmalte, seguramente, era un toque personal de la sargento.
—Sorprendente, sargento —dijo Miles, admirado.
Anderson hizo una mueca de orgullo.
—¿Es eso lo que tenía en mente, señor?
—Sí, sí. —La cara de Taura reflejaba que estaba encantada—. ¿Qué te ha parecido tu primer salto? —le preguntó.
Los largos labios dibujaron lo que Miles supuso una sonrisa.
—Creía que me estaba descomponiendo. Me sentí tan mareada al principio… hasta que la sargento me explicó de qué se trataba.
—¿Alucinaciones, una sensación extraña como si el tiempo durara más?
—No, pero no fue… Bueno, por lo menos fue corto.
—Mmm. No parece que seas uno de los afortunados, o desafortunados, que tienen aptitudes para piloto de salto. Por el talento que demostraste en la plataforma de aterrizaje de Ryoval ayer, supongo que la división táctica no querrá perderte en manos de navegación y comunicaciones. —Miles hizo una pausa—. Gracias, Laureen. ¿Qué he interrumpido con mi llamada?
—Controles de sistemas de rutina en los transbordadores, hice que Taura me viera hacerlo.
—De acuerdo. Adelante. Taura volverá cuando termine aquí.
Anderson se fue un tanto reticente: era obvio que sentía curiosidad. Miles esperó hasta que las puertas se cerraron con su suspiro característico antes de hablar.
—Siéntate, Taura. ¿Así que tus primeras veinticuatro horas con los Dendarii han sido satisfactorias?
Ella sonrió y se sentó despacio en una silla que crujió bajo su peso.
—Sí.
—Ah. —Él dudaba—. Quiero que entiendas que cuando lleguemos a Escobar puedes hacer lo que quieras. No estás obligada a unirte a nosotros. Podría hacer que consiguieras algo en el planeta…