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Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]

Электронная книга - «Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]». Краткое содержание книги:

Miles Vorkosigan, el entrañable personaje que se dio a conocer en El aprendiz de guerrero, emprende gracias a la habilidad de la exitosa escritora de Lois McNaster Bujold nuevas aventuras. En esta ocasión se abordan asuntos de gran interés: los prejuicios sociales y sus consecuencias, una posible reflexión antirracista nacida en torno a la manipulación genética y una amena exploración de temas cuya conjunción resulta particularmente curiosa: religión, supervivencia y estrategia militar.

Incluye los relatos:
Las Montañas de la Aflicción
Laberinto
Fronteras del Infinito

Premio Hugo a la mejor novela corta 1990 por Las Montañas de la Aflicción.
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Miles busco más para su tropa. Por desgracia, las únicas sustancias orgánicas que quedaban en la nevera eran pequeños platos cubiertos de algo gelatinoso con una cosa desagradable y multicolor que parecía crecer encima. Pero había otros tres grandes refrigeradores empotrados. Miles espió a través del rectángulo de vidrio de una puerta de mucho espesor y se arriesgó a apretar el control de la pared que encendía la luz. Dentro había fila tras fila de cajones marcados, llenos de bandejas de plástico. Muestras y muestras congeladas de algo. Cientos y cientos —Miles volvió a mirar y calculó con más cuidado—, cientos de miles. Echó una mirada al panel de control junto a los cajones. La temperatura interior era la del nitrógeno líquido. Tres refrigeradores… Millones de… Miles se sentó en el suelo bruscamente.

—Taura, ¿tienes idea de dónde estamos? —murmuró con una intensidad extraña en la voz.

—Lo lamento, no —murmuró ella en respuesta, arrastrándose para ir a su encuentro.

—Es una pregunta retórica. Yo sí sé dónde estamos.

—¿Dónde?

—En la cámara del tesoro de Ryoval.

—¿Qué?

—Eso —dijo Miles y puso un pulgar sobre la heladera— es la colección de tejidos del barón. Hace cien años que se dedica a ella. Dios. Tiene un valor incalculable. Ahí están todos los pedacitos de mutantes extraños, únicos, irreemplazables que consiguió rogando, pagando, pidiendo prestado o robando desde hace tres cuartos de siglo, alineados en cajoncitos, esperando que los saquen y los cultiven y los cocinen para producir a otro esclavo. Éste es el corazón viviente de esta enorme operación de biología humana. —Miles se puso de pie de un salto y miró los paneles de control. El corazón le latía con fuerza y respiraba con la boca abierta, riéndose en silencio, casi a punto de desmayarse—. Ah, mierda, mierda, mierda. Dios, Dios. —Se detuvo, tragó saliva. ¿Podría?

Esas neveras debían de tener un sistema de alarma, monitores, algo que las comunicara por lo menos con Seguridad. Sí, había un mecanismo complejo para abrir la puerta. Bien. Él no quería abrir la puerta. La dejó como estaba. Lo que quería era ver el sistema de lectura. Si podía estropear al menos un sensor… Esa cosa, ¿estaría conectada a varios monitores externos o tendría sólo un hilo óptico? Encontró una pequeña luz de mano y cajones y cajones de herramientas y suministros en los bancos de laboratorio. Taura lo miraba extrañada mientras él corría de aquí para allá haciendo inventario.

El monitor de las neveras estaba conectado con algún lugar exterior, inaccesible. ¿Podría hacer algo a este lado de la conexión? Levantó una cubierta plástica oscura con tanta tranquilidad como pudo. Ahí, ahí, el hilo óptico salía de la pared y enviaba información constante sobre el medio que había en el interior del frigorífico. Entraba en un receptor simple estándar, conectado a una caja negra mucho más amenazadora que controlaba también la alarma de la puerta. Había visto todo un cajón lleno de fibras ópticas de distintos extremos y adaptadores y conexiones en Y… Sacó lo que necesitaba de ese conjunto enredado como un plato de fideos y descartó varios extremos rotos y elementos dañados. Había tres grabadores de datos ópticos en el cajón. Dos no funcionaban. El tercero sí.

Un empalme rápido de fibra óptica, una conexión, luego desconectar, y ya tenía una nevera conectada a dos cajas de control. Colocó el hilo libre para que comunicara con el grabador de datos. Y ahora tenía que arriesgarse en el momento del blip cuando pasara de uno a otro. Si alguien controlaba a posteriori, lo encontraría todo en buen estado, aparentemente. Le dio varios minutos al grabador para que desarrollara un buen circuito cerrado de replay, continuo, exacto, y se quedó agachado, muy quieto. Apagó incluso la pequeña luz de mano. Taura esperaba con la paciencia de un predador, sin hacer ruido.

Uno, dos, tres y ahora era el grabador el que hablaba a las tres cajas de control. El verdadero hilo colgaba, suelto, en la nada. ¿Serviría? No había señales de alarmas activadas, ninguna horda rabiosa de guardias de seguridad…

—Taura, ven aquí.

Ella se acercó a él, una sombra amenazante, perpleja.

—¿Llegaste a conocer al barón Ryoval? —le preguntó.

—Sí, lo vi una vez, cuando vino a comprarme.

—Te gustó?

Ella le echó una mirada de ¿cómo-se-te-ocurre?

—Sí, a mí tampoco me cayó bien. —Ryoval casi había querido asesinarlo, en realidad. Y ahora se sentía muy agradecido por el perdón que había conseguido para esa sentencia—. ¿Te gustaría arrancarle el corazón, si pudieras?

Ella apretó las manos con garras.

—¡Dime cómo!

—¡Muy bien! —Él sonrió, contento—. Quiero darte tu primera lección de táctica y estrategia. —Señaló con el dedo—. ¿Ves ese control? La temperatura en estas neveras se puede elevar a doscientos grados centígrados para esterilizarlas cuando las limpian. Dame tu dedo. Un dedo. Con suavidad, más suavemente. —Le guió la mano—. Tiene que ser la menor presión que puedas aplicarle al dial, sólo la que necesites para moverlo… Ahora la próxima. —La llevó al panel siguiente—. Y el último. —Miles soltó un suspiro. No podía creerlo— Y la lección es —jadeó— que la fuerza que usas no es lo importante. Lo importante es dónde aplicas esa fuerza.

Resistió el deseo de escribir algo como El Enano ataca de nuevo en el frontal de la nevera con un lápiz para superficies lisas. Pero cuanto más tardara el barón en darse cuenta de quién había sido, mejor. Pasarían varias horas antes de que toda esa masa pasara de la temperatura del nitrógeno líquido a «muy pasado», pero si no venía nadie hasta el cambio de guardia de la mañana, la destrucción sería absoluta.

Miles miró la hora en el reloj digital de la pared. Dios mío, había perdido demasiado tiempo en los cimientos. Un tiempo bien empleado, y sin embargo…

—Ahora —dijo a Taura, que todavía meditaba sobre el dial y la mano con los ojos brillantes—, tenemos que salir de aquí. Ahora sí que tenemos que salir de aquí. —No fuera a ser que la próxima lección de táctica fuera no cortes la rama donde estás sentado, pensó Miles, nervioso.

Al mirar de nuevo los mecanismos que cerraban la puerta, y lo que había más allá —entre otras cosas, los monitores empotrados activados por sonido y con disparos láser— Miles casi pensó en volver atrás y poner otra vez la temperatura en su lugar. Sus herramientas Dendarii manejadas por chips de ordenador, que ahora descansaban bajo llave en la oficina de Operaciones de Seguridad, tal vez habrían podido hacer algo con los circuitos complejos de la caja de control recién abierta. Pero claro está, no podía llegar hasta sus herramientas sin sus herramientas… una bonita paradoja. A Miles no le sorprendía que Ryoval hubiera reservado su sistema de alarma más sofisticado para la única puerta de ese laboratorio. Pero eso hacía que la habitación fuera una trampa mucho peor que los cimientos de donde venían.

Dio otra vuelta por el laboratorio con la linterna, revisando los cajones de nuevo. No encontró claves de ordenador, pero sí un par de alicates grandes en un cajón lleno de anillos y abrazaderas, alicates que podían ayudarlo a pasar por la rejilla que lo había vencido en el otro conducto. Bien. El avance hasta ese laboratorio había sido sólo un avance ilusorio.

—No hay vergüenza en una retirada estratégica hacia mejores posiciones —murmuró a Taura cuando ella se balanceaba para volver a entrar al tubo negro de la columna—. Esto es un callejón sin salida. Tal vez, literalmente. —La duda que había en esos ojos dorados era extrañamente inquietante para Miles, un peso en su corazón. Todavía no confías en mí, ¿eh? Bueno, tal vez los que han sido muy traicionados necesitan mayores pruebas para creer.

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