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Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]

Электронная книга - «Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]». Краткое содержание книги:

Miles Vorkosigan, el entrañable personaje que se dio a conocer en El aprendiz de guerrero, emprende gracias a la habilidad de la exitosa escritora de Lois McNaster Bujold nuevas aventuras. En esta ocasión se abordan asuntos de gran interés: los prejuicios sociales y sus consecuencias, una posible reflexión antirracista nacida en torno a la manipulación genética y una amena exploración de temas cuya conjunción resulta particularmente curiosa: religión, supervivencia y estrategia militar.

Incluye los relatos:
Las Montañas de la Aflicción
Laberinto
Fronteras del Infinito

Premio Hugo a la mejor novela corta 1990 por Las Montañas de la Aflicción.
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—Pero es mi proyecto… tengo que responder por ella…

—No. Ahora es una mujer libre. Tiene que responder por sí misma.

—Pero, ¿hasta dónde llega la libertad en ese cuerpo, arrastrada por ese metabolismo, esa cara…? La vida de un monstruo, mejor es morir sin dolor que sufrir todo eso…

Miles masculló con los dientes apretados. Con énfasis.

—Eso no es cierto.

Canaba lo miró con los ojos muy abiertos, conmovido. Por fin salía del círculo vicioso de su razonamiento.

Así se hace, doctor. El pensamiento de Miles brillaba en sus ojos. Saque la cabeza de su ombligo y míreme. Le llevó mucho tiempo.

—¿Y a usted por qué… por qué le importa? —le preguntó Canaba.

—Ella me gusta, doctor. Más de lo que me gusta usted, tendría que añadir. —Miles hizo una pausa, asaltado por la idea de tener que explicarle a Taura lo de los complejos genéticos en la pantorrilla. Y tarde o temprano tendrían que recuperarlos. A menos que él pudiera fingir, decir que la biopsia era algo así como parte del procedimiento médico habitual entre los Dendarii… no. Ella se merecía más honestidad que eso.

Miles estaba muy molesto con Canaba por haber puesto esa nota de falsedad entre él y Taura, y sin embargo, sin los complejos genéticos, ¿se habría arriesgado a ir a buscarla? ¿Habría alargado y hecho más arriesgada su operación sólo por bondad? Devoción al deber o rudeza pragmática, ¿cuál era cuál? Ahora nunca lo sabría Su rabia desapareció, se sintió invadido por el cansancio, la depresión habitual que venía después de una misión… y demasiado pronto, porque la misión no estaba terminada, ni mucho menos, se recordó con firmeza. Respiró hondo.

—No puede salvarla de estar viva, doctor Canaba. Es demasiado tarde. Déjela en paz. Déjela en paz.

La cara de Canaba reflejaba tristeza, pero agachó la cabeza y alzó las manos en un gesto de resignación.

—Avise al almirante —oyó decir a Thorne cuando entró en la sala de control y después—: Espere —en el momento en que todas las cabezas se volvían hacia el ruido de las puertas por las que entraba Miles—. Ya está aquí, perfecto, señor.

—¿Qué pasa? —Miles se subió a la silla de comunicaciones que le indicaba Thorne. El insignia Murka controlaba los sistemas de defensa y ataque de la nave mientras el piloto de salto leía los números por debajo de la extraña corona de su asiento con los cables y las cánulas químicas alrededor. La expresión del piloto Padget era de introspección controlada y tranquila, la atención fundida con el Ariel. Excelente piloto.

—El barón Ryoval por el comunicador —dijo Thorne—. En persona.

—Me pregunto si ya ha controlado sus refrigeradores… —Miles se acomodó frente a la conexión de vídeo—. ¿Cuánto tiempo le he tenido esperando?

—Menos de un minuto —dijo el oficial de comunicaciones.

—Hmm. Que espere un poco más, entonces. ¿Nos persiguen?

—Por ahora, no —Informó Murka.

Miles alzó las cejas ante esa novedad inesperada. Le llevó un momento recuperarse, deseó tener tiempo para limpiarse, afeitarse y ponerse un uniforme limpio antes de la conversación, para cuidar el lado psicológico del asunto. Se rascó la mandíbula lastimada y se pasó las manos por el cabello y frotó los dedos mojados de los pies contra la estera del escritorio, que casi no alcanzaba con las piernas. Bajó algo la silla de comunicaciones, enderezó la columna todo lo que pudo y respiró con normalidad.

—De acuerdo, adelante.

El fondo un poco lejano y desenfocado que acompañaba la cara que se formó sobre la pantalla de vídeo parecía un tanto familiar… ah, sí, la sala de operaciones de seguridad en las instalaciones biológicas Ryoval. El barón había llegado personalmente a la escena, tal como había prometido. Miles no necesitó otra cosa que ver la expresión contorsionada y amargada de la cara joven de Ryoval para comprender lo que sucedía. Cruzó los brazos y sonrió con inocencia.

—Buenos días, barón. ¿Qué puedo hacer por usted?

—¡Muérete, mutante! —escupió Ryoval—. ¡Hijo de puta! No habrá lugar lo bastante profundo para esconderte, de ahora en adelante. Voy a poner tal precio a tu cabeza que todos los cazadores de recompensas de la galaxia se te pegarán como imanes… no podrás ni comer ni dormir… te voy a atrapar…

Sí, el barón había visto los frigoríficos. No cabía duda. Hacía poco. No quedaba nada de la suavidad irónica y despectiva del primer encuentro. Y sin embargo, Miles estaba sorprendido por el tono de las amenazas. Parecía que el barón estaba resignado a dejarlos escapar del espacio de Jackson’s Whole. Era verdad que la Casa Ryoval no tenía flota espacial propia, pero ¿por qué no alquilar un acorazado al barón Fell y atacar ahora? Eso era lo que Miles había esperado, lo que más temía, que Ryoval y Fell, y tal vez Bharaputra, se aliaran en su contra mientras él intentaba llevarse sus tesoros.

—¿Y puede usted pagar a los cazadores de recompensas? —preguntó con voz tranquila—. Pensé que su capital se había reducido un tanto. Aunque supongo que todavía tiene a sus especialistas en cirugía.

Ryoval, que jadeaba, se secó la saliva que se le escapaba por la comisura de los labios.

—¿Fue mi hermanito querido quien lo metió en esto?

—¿Quién? —dijo Miles, sorprendido. ¿Otro jugador en el juego…?

—El barón Fell.

—No sabía… no sabía que fueran parientes —contestó Miles—. ¿Hermanito?

—Miente muy mal —se burló Ryoval—. Sabía que él estaba detrás de todo esto.

—Tendrá que preguntarle a él. —Era un disparo al aire. A Miles le giraba la cabeza mientras agregaba los nuevos datos al panorama del problema. A la mierda con los informes previos de la misión que no mencionaban esa conexión y se concentraban sólo en la Casa Bharaputra. Hermanastros solamente… sí, ¿no había dicho algo Nicol sobre el «medio hermano de Fell»?

—Voy a arrancarte la cabeza por esto, mutante. —Ryoval soltaba espuma por la boca—. Haré que te traigan en una caja, congelado. Y la meteré en plástico para colgarla en… no, mejor todavía, doblaré la recompensa para el hombre que te traiga vivo. Morirás despacio, después de una degradación infinita…

Dentro de todo, Miles se sentía feliz de saber que la distancia que lo separaba de ese hombre aumentaba más y más con la aceleración rápida.

Ryoval interrumpió su diatriba con la sospecha reflejada en el rostro.

—¿O fue Bharaputra el que te pagó? ¿Tratando de impedir que yo cortara el monopolio que tienen en biología en lugar de anexionarlos como les prometí?

—Ah, vamos —dijo Miles con mucha lentitud, regodeándose—, ¿le parece que Bharaputra pudo haber fabricado un complot contra la cabeza de otra casa? ¿Tiene alguna evidencia que pruebe que son capaces de hacer algo así? O mejor dicho… ¿quién mató a… al clon de su hermano? —Por fin conseguía que todo encajara. Dios. A Miles le parecía que su misión lo había metido en medio de una lucha de poderes muy dura, una lucha de una complejidad bizantina. Nicol había dicho que Fell nunca había descubierto al asesino de su joven duplicado—. ¿Adivino?

—Usted sabe perfectamente quién fue —le gritó Ryoval—. Pero ¿cuál de los dos le ha pagado por esto? ¿Fell o Bharaputra? ¿Quién?

Era obvio que Ryoval no sabía nada todavía de la verdadera misión de los Dendarii contra la Casa Bharaputra. Y con la atmósfera que había entre las casas, tal vez pasaría mucho tiempo hasta que cotejaran informaciones y notas. Cuanto más, mejor, desde el punto de vista de Miles.

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