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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—¡Entonces las pequeñas no son monos! Son crías de las grandes.

—O ambas son crías de algún otro ser. Tenemos ya más de dos clasificaciones. Mire.

Se volvió hacia la pantalla de intercomunicación en la que apareció una imagen de la habitación de la pajeña.

—Parece muy contenta —dijo Whitbread; sonrió al ver lo que estaba haciendo la pajeña—. Al señor Crawford no va a gustarle lo que está haciendo con su litera.

—Al doctor Horvath no le parece oportuno impedírselo. Puede hurgar todo lo que quiera mientras respete el aparato de intercomunicación.

La pajeña había acortado y doblado la litera. Le había dado una forma sumamente extraña, no sólo por las complejas articulaciones de su espalda, sino también porque al parecer dormía de costado. Había cortado y cosido el colchón y doblado y retorcido el somier. Había hecho encajes para sus dos brazos derechos, y una especie de pozo para la protuberancia del hueso de la cadera, y un saliente en la parte superior para que le hiciese de almohada…

—¿Por qué dormirá sólo del lado derecho? —preguntó Whitbread.

—Quizás pueda defenderse mejor con el izquierdo, si alguien la sorprende mientras duerme. El brazo izquierdo es mucho más fuerte.

—Puede ser. Pobre Crawford. Puede que la pajeña tema que intente cortarle el cuello una noche. —Observó que la pajeña comenzaba a manipular la lámpara—. Es de ideas fijas, ¿verdad? Podríamos sacar algo en limpio de todo esto. Quizás introduzca mejoras.

—Quizás. ¿Ha visto usted dibujos del alienígena diseccionado? Parecía una maestra. Ya tenía edad para serlo, además; pero era demasiado bonita, pensó Whitbread.

—Sí, los he visto —contestó.

—¿Advierte usted alguna diferencia?

—El color de la piel es distinto. Pero eso no tiene importancia. El otro llevaba cientos de años en animación suspendida.

—¿Nada más?

—Creo que el otro era más alto. Aunque no estoy seguro.

Mire la cabeza de ésta.

—No veo nada especial —dijo Whitbread, frunciendo el ceño.

Sally utilizó su computadora de bolsillo. La máquina ronroneó levemente indicando que había establecido comunicación con la memoria central de la nave. En algún punto de la MacArthur un láser recorría líneas holográficas. La memoria de la nave contenía todo lo que sabía la Humanidad sobre los pajeños. La computadora localizó la información que Sally quería; en la superficie de la caja lisa apareció un dibujo.

Whitbread lo estudió y luego miró a la pantalla donde estaba la pajeña.

—La frente ¡Es más inclinada!

—Eso es lo que nosotros pensamos, el doctor Horvath y yo.

—No es fácil darse cuenta. Como tiene la cabeza tan ladeada…

—Lo sé. Pero no hay duda. Creemos que las manos son también distintas. Aunque la diferencia sea muy pequeña.

Sally frunció el ceño y aparecieron tres cortas arrugas entre sus cejas marrones. Se había cortado el pelo muy corto para el espacio, y el ceño fruncido y el pelo corto la hacían parecer muy eficiente. Esto no le gustó a Whitbread.

—Así que tenemos tres tipos distintos de pajeños —dijo—. Y sólo cuatro pajeños. Esto significa un porcentaje muy alto de mutación, ¿no le parece?

—Yo… No me sorprendería… —Whitbread recordó las lecciones de historia que había dado el capellán Hardy a los guardiamarinas durante el viaje—. Están atrapados en este sistema. Embotellados. Si tuviesen una guerra atómica, tendría que seguir viviendo después, ¿no es cierto? —pensó en la Tierra y se estremeció.

—No hemos descubierto ninguna prueba de guerras atómicas.

—Salvo el porcentaje de mutación. A Sally se echó a reír.

—Argumenta usted en círculos. De cualquier modo, no tiene sentido. Ninguno de estos tres tipos puede considerarse una deformación. Están todos muy bien adaptados y perfectamente sanos… salvo el muerto, claro, y eso no cuenta, pues difícilmente elegirían a un lisiado para pilotar la sonda.

—Sí, desde luego. ¿Cuál es entonces la solución?

—Usted los vio primero, Jonathon. Podemos considerar al de la sonda un tipo A. ¿Cuál era la relación entre los tipos B y C?

—No lo sé.

—Pero usted los vio juntos.

—No tenía sentido. Los pequeños se mantenían apartados de la grande, al principio, y la grande no les hacía caso. Luego yo indiqué a la grande que quería que me acompañase a la MacArthur. Entonces cogió a los dos primeros pequeños que se pusieron a su alcance, los metió en la bolsa y mató al resto sin previo aviso.

Whitbread se detuvo, pensando en el torbellino que le había expulsado de la cámara neumática de la nave pajeña.

—Eso me dijo usted. ¿Qué son los pequeños? ¿Animales domésticos? ¿Niños? Pero ella los mató. ¿Parásitos? ¿Por qué salvar a esos dos? ¿Animales que le sirven de alimentación? ¿Ha considerado eso?

—¿Cómo vamos a comprobarlo? —dijo Sally hoscamente—. ¿Cree usted que vamos a cocinar a una de las pequeñas para ofrecérsela a la grande? Sea razonable.

La alienígena de la cabina de Crawford sacó un puñado de una especie de semilla y lo comió.

—Palomitas de maíz —dijo Sally—. Probamos primero con las pequeñas. Quizás sirviesen para eso, para probar los alimentos.

—Quizás.

—Come también coles. Bueno, no se morirá de hambre. Pero quizás pueda morirse por deficiencia vitamínica. Lo único que podemos hacer es observar y esperar… Supongo que llegaremos muy pronto al planeta de donde proceden. Mientras tanto, usted es el único hombre que ha visto la nave pajeña. ¿Estaba doblado el asiento del piloto? Sólo pude verlo un instante a través de la cámara de su casco.

—Sí, lo estaba. De hecho se ajustaba a ella como un guante. Advertí algo más. El tablero de control estaba situado del lado derecho del asiento. Sólo para las manos derechas…

Recordaba mucho de la nave minera, en realidad. El explicarlo le permitió seguir disfrutando de la agradable compañía de la señorita Fowler hasta que tuvo que volver a hacerse cargo del servicio de vigilancia. Sin embargo, ninguno de los datos que recordaba resultó particularmente útil.

Apenas había ocupado Whitbread su puesto en el puente, llamó el doctor Buckman preguntando por el capitán.

—Una nave, Blaine —dijo Buckman—. Procede del mundo habitable, Paja Uno. No la localizamos porque estaba oculta por culpa de esa condenada señal láser.

Blaine hizo un gesto de asentimiento. También sus pantallas habían mostrado la nave pajeña nueve minutos antes. La tripulación de Shattuck no estaba dispuesta a dejar que los civiles tuviesen un sistema de observación mejor que la Marina.

—Nos alcanzará en unas ochenta y una horas —dijo Buckman—. Está acelerando a cero ochenta y siete gravedades, que es la gravedad que existe en la superficie de Paja Uno por una curiosa coincidencia. Desprende constantemente neutrinos. En general actúa como la primera nave, aunque es mucho más grande. Si descubrimos algo más se lo comunicaré.

—De acuerdo. Continúe vigilando, doctor. —Blaine hizo un gesto y Whitbread desconectó el circuito; el capitán se volvió a su segundo—. Compare, por favor, lo que sabemos con el archivo de Buckman, Número Uno.

—De acuerdo, señor. —Cargill accionó los controles de la computadora durante unos minutos—. ¿Capitán?

—¿Sí?

—Mire el momento inicial. Esa nave alienígena se puso en camino poco más de una hora después del encuentro. Blaine lanzó un silbido.

—¿Está usted seguro? Eso significa que tardaron diez minutos en detectarnos, otros diez en determinar nuestro rumbo y cuarenta en prepararse y despegar. Jack, ¿qué tipo de nave despega en cuarenta minutos?

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