La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
Cargill frunció el ceño.
—Ninguna, que yo sepa. La Marina podría hacerlo, mantener una nave con tripulación completa en situación de alerta…
—Exactamente. Creo que esa nave que avanza hacia nosotros es una nave de guerra. Será mejor que se lo comunique al almirante y luego a Horvath. Whitbread, póngame con Buckman.
—¿Sí? —el astrofísico parecía inquieto.
—Doctor, necesito todo lo que su gente pueda descubrir sobre esa nave pajeña. Inmediatamente. ¿No podría estudiar detenidamente su aceleración? Me parece bastante extraña.
Buckman estudió los números que Blaine transmitió a su pantalla.
—Creo que está bastante claro. Salieron de Paja Uno o de una luna próxima cuarenta minutos después de que llegáramos nosotros. ¿Cuál es el problema?
—Si despegaron a esa velocidad, es casi seguro que se trata de una nave de guerra. Nos gustaría creer lo contrario. Buckman parecía molesto.
—Piense lo que quiera, capitán, pero lo estropeará todo. Hayan despegado en cuarenta minutos o… bueno, el vehículo pajeño podría haber partido de algún punto situado a unos dos millones de kilómetros de este lado de Paja Uno; esto les daría más tiempo… pero no lo creo.
—Tampoco yo. Quiero que se asegure respecto a esto, doctor Buckman. ¿Qué podríamos suponer que les daría más tiempo para despegar?
—Déjeme pensar… No estoy acostumbrado a calcular en términos de cohetes, ¿sabe? Mi campo son más bien las aceleraciones gravitatorias, veamos…
Buckman adoptó una extraña expresión, con los ojos en blanco. Durante unos instantes pareció un imbécil.
—Hay que considerar un período de deslizamiento. Una aceleración mucho mayor que el mecanismo de lanzamiento. Muchísimo mayor.
—¿Cuánto cree usted que pudo prolongarse el primer período?
—Varias horas por cada una que quiera usted darles para tomar una decisión. Capitán, no comprendo su problema. ¿Por qué no van a poder lanzar una nave científica de investigación en cuarenta minutos? ¿Por qué tenemos que suponer que es una nave de guerra? Después de todo la MacArthur es ambas cosas, y le costó a usted un tiempo absurdamente largo despegar. Yo estaba listo varios días antes.
Blaine apagó la pantalla. Le retorcería el cuello de muy buena gana, se dijo. Pero tendría que comparecer ante un tribunal militar. De todos modos alegaría homicidio justificado. Citaría como testigos a todos los que conocían a Buckman. No tendrían más remedio que absolverme. Apretó varias teclas.
—Cargill, ¿qué ha conseguido?
—Ellos lanzaron la nave en cuarenta minutos.
—Lo cual significa que es una nave de guerra.
—Eso piensa el almirante, señor. El doctor Horvath no está convencido.
—Ni yo tampoco, pero tendremos que estar preparados por si acaso. Y tendremos que saber más sobre los pajeños de lo que están descubriendo el doctor Horvath y su gente con nuestra pasajera. Cargill, quiero que coja usted el transbordador y vaya hasta el asteroide en que estaba la pajeña. No hay ninguna señal de actividad allí, así que supongo que se trata de un lugar seguro… quiero saber exactamente qué es lo que estaba haciendo allí la pajeña. Podría darnos la clave.
18 • La Colmena de Piedra
Horace Bury observaba a las pajeñas de treinta centímetros de estatura que jugaban detrás de la pantalla de alambre.
—¿Muerden? —preguntó.
—No lo han hecho aún —contestó Horvath—. Ni siquiera cuando los biotécnicos les extrajeron muestras de sangre.
Bury le desconcertaba. El Ministro de Ciencias, Horvath, se consideraba muy capaz para juzgar a la gente (cuando abandonó la ciencia para entrar en la política, tuvo que aprender deprisa), pero no podía descubrir cuáles eran los procesos mentales de Bury. La fácil sonrisa del comerciante era sólo una fachada pública; tras ella, y sin emociones, Bury observaba a los pajeños como Dios juzgando una creación dudosa.
Bury pensaba: qué feos son. Qué horror. Al menos podrían ser útiles como animales domésticos… Avanzó hasta un agujero que había en la red, lo bastante grande para un brazo pero no para un pajeño.
—Detrás de la oreja —sugirió Horvath.
—Gracias.
Bury se preguntó si se acercaría alguna a investigar su mano. Se acercó la más delgada, y Bury le rascó detrás de la oreja, cuidadosamente, pues la oreja parecía frágil y delicada. Pareció gustarle.
Son espantosos como animales domésticos, pensó Bury, pero podrían venderse a varios miles cada uno. Durante un tiempo. Antes de que dejasen de ser novedad. Era mejor actuar en todos los planetas simultáneamente. Si se crían en cautividad, y podemos mantenerlos alimentados, y si dejo de vender antes de que la gente deje de comprar…
—¡Por Alá…! ¡Me ha quitado el reloj!
—Les encantan los aparatos. Habrá visto usted esa linterna que les dimos.
—A mí eso no me importa, Horvath. ¿Cómo voy a recuperar mi reloj? Por Alá… ¿cómo consiguió soltarlo?
—Entre y sáquelo. O déjeme a mí. —Horvath lo intentó; el espacio era demasiado grande y la pajeña no quería devolver el reloj; Horvath renunció—. No quiero molestarlas demasiado.
—¡Horvath, ese reloj vale ochocientas coronas! No sólo indica la hora y la fecha sino que… —Bury hizo una pausa—. En realidad, es a prueba de golpes. Anunciamos que cualquier golpe que pueda parar un Cronos matará también al propietario. No creo que pueda romperlo.
La pajeña examinaba el reloj de pulsera de forma serena y concentrada. Bury se preguntó si habría gente a quien aquellos gestos le resultasen cautivadores. Ningún animal doméstico se comportaba así. Ni siquiera los gatos.
—¿Hay cámaras filmando?
—Por supuesto —dijo Horvath.
—Quizás a mi empresa le interese comprar esta secuencia. Para fines publicitarios.
Esto era algo, pensaba Bury. Ahora se acercaba a ellos una nave pajeña, y Cargill se iba en un transbordador a algún sitio. Nunca conseguía sacarle nada a Cargill, pero le acompañaría Buckman. Quizás al final pudiera sacarle algún beneficio al café que bebía el astrofísico…
La idea le entristeció confusamente.
Aquel transbordador era el mayor de los vehículos que había en la cubierta hangar. Tenía un cuerpo elevado, con una superficie lisa arriba que se ajustaba a una de las paredes del hangar. Tenía escotillas de acceso propias, para llegar a la cámara neumática desde las regiones habitables de la MacArthur porque, normalmente, la cubierta hangar estaba en condición de vacío.
A bordo del transbordador no había ni generador de Campo Langston ni Impulsor Alderson. Pero su impulsor era eficaz y potente y tenía un depósito de combustible considerable, aun sin los tanques portátiles. El casco de protección ablativo del morro servía para un reingreso en una atmósfera terrestre de hasta veinte kilómetros por segundo, o varios reingresos si podían realizarse más lentamente. Estaba diseñado para una tripulación de seis individuos, pero podía llevar más. Podía ir de planeta en planeta, pero no viajar entre estrellas. Vehículos espaciales más pequeños que aquel transbordador de la MacArthur habían hecho historia una y otra vez.
Había media docena de hombres viviendo en él ahora. Uno de ellos había sido desplazado de su sitio para dejar espacio a Crawford cuando le había expulsado de su cabina una alienígena de tres brazos.
Cargill sonrió al ver esto.
—Me llevaré a Crawford —decidió—. Sería una vergüenza trasladarle de nuevo. Lafferty como timonel. Tres soldados… —Se inclinó sobre su lista de tripulantes—. Staley como guardiamarina—. Se alegraría mucho de tener una posibilidad de demostrar su valía, y cumplía las órdenes con bastante asiduidad.