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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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En el Imperio había numerosos mundos en que las razas dominantes eran blancos caucasianos. En esos mundos las imágenes de los carteles que llamaban a alistarse en la Marina siempre se parecían a Horst Staley. Tenía la mandíbula cuadrada, los ojos azul hielo. Su cara era toda ella planos y ángulos, bilateralmente simétricos y sin expresión. Tenía la espalda muy recta, los hombros anchos, el vientre liso y duro y bordeado de músculos. Constituía un agudo contraste frente a Whitbread, que había tenido que luchar durante toda su vida con un problema de peso, y era como mínimo ligeramente redondeado por todas partes.

Comieron en silencio un largo desayuno. Por último, con tono excesivamente despreocupado, Staley preguntó, como si tuviera que hacerlo obligatoriamente:

—¿Qué tal tu misión? Whitbread estaba preparado.

—Terrible. Lo peor fue la hora y media que la pajeña estuvo contemplándome. Mira. —Whitbread se levantó, dobló la cabeza hacia un lado y hundió las rodillas y bajó los hombros, como para ajustarse a un ataúd invisible de ciento treinta centímetros de altura—. Así durante hora y media. Una tortura, te lo aseguro. —Se sentó de nuevo—. No hacía más que pensar que ojalá te hubiesen elegido a ti.

Staley se ruborizó.

—Yo me ofrecí voluntario.

—Era mi vez. Tú fuiste uno de los que aceptaron la rendición de la Defiant, en Nueva Chicago.

—¡Dejé que aquel maníaco robara la bomba!

Whitbread posó el tenedor.

—¿Cómo?

—¿No lo sabías?

—Desde luego que no. ¿Crees que Blaine iba a contárselo a toda la tripulación? Ahora recuerdo que viniste muy nervioso de aquella misión. Nos preguntábamos por qué.

—Ahora ya lo sabes. Hubo quien intentó renunciar. El capitán de la Defiant no le dejó, pero podría haberlo hecho. —Staley hizo un gesto con la mano—. Me robó la bomba. ¡Y yo se lo permití! Habría dado cualquier cosa por tener la oportunidad de… —Staley se levantó bruscamente, pero Whitbread fue lo bastante rápido para cogerle por el brazo.

—Siéntate —dijo—. Puedo explicarte por qué no te eligieron.

—¿Es que puedes leerle el pensamiento al capitán? —Hablaban en voz baja por acuerdo tácito. Las divisiones interiores de la MacArthur tenían aislamiento sonoro, de todos modos, y sus voces, aunque bajas, eran muy claras.

—Adivinar el pensamiento de los oficiales es una buena práctica para un guardiamarina —dijo Whitbread.

—Dime entonces por qué. ¿Fue por la bomba?

—Indirectamente. Te habrías sentido tentado a demostrar de lo que eras capaz. Pero aun sin eso, tienes demasiado aspecto de héroe, Horst. Perfecta forma física, magníficos pulmones, entrega absoluta y ningún sentido del humor.

—Yo también tengo sentido del humor.

—No, no lo tienes.

—¿Que no?

—Ni rastro. La ocasión no exigía un héroe, Horst. Necesitaban a alguien al que no le importase quedar en ridículo por un buen motivo.

—Bromeas. Maldita sea, nunca sé exactamente cuándo estás bromeando.

—No sería una ocasión muy adecuada. No me burlo de ti, Horst. Escucha, no debería haberte contado esto. Estuviste viéndolo todo, ¿verdad? Sally me dijo que aparecía mi imagen en todas las pantallas de telecomunicación, en directo, en color y en tres dimensiones.

—Así es —dijo Staley con una breve sonrisa—. Deberían haberte enfocado la cara. Sobre todo cuando empezaste a gritar. No nos avisaron de ningún modo. Y nos sorprendió mucho oír cómo gritabas a la alienígena de pronto.

—¿Qué habrías hecho tú?

—Otra cosa. No sé. Seguiría órdenes, supongo. —Los ojos de hielo se achicaron—. No habría intentado resolverlo con un grito, ¿comprendes?

—¿Quizás un segundo de láser sobre el tablero de control? Para eliminar el campo de fuerza…

—No sin órdenes.

—¿Y qué me dices del lenguaje de signos? Estuve un rato haciendo gestos, esperando que la alienígena me entendiese, pero no me entendió.

—No podíamos ver eso. ¿Por qué?

—Ya te lo dije —explicó Whitbread—. La misión exigía alguien dispuesto a burlarse de sí mismo si era necesario. Piensa las veces que oíste a los demás reírse de mí mientras traía a la pajeña.

Staley asintió.

—Ahora olvídalo y piensa en la pajeña. ¿Qué te parece su sentido del humor? ¿Te gustaría que una pajeña se riese de ti, Horst? Nunca podrías estar seguro de si se reía o no; no sabes cómo es o cómo habla…

—No digas tonterías.

—Lo único que todos sabían era que la situación exigía a alguien capaz de descubrir si los alienígenas querían hablar con nosotros. No se necesitaba un héroe que defendiese el honor imperial. Ya habrá tiempo de sobra para eso cuando sepamos lo que nos aguarda. Ya habrá entonces tareas suficientes para los héroes, Horst. Siempre las hay.

—Es tranquilizador —dijo Staley. Había acabado el desayuno. Se levantó y se alejó deprisa, con la espalda muy recta, dejando a Whitbread pensativo.

Bueno, pensó Whitbread. Lo intenté. Y puede que…

En una nave de guerra el lujo siempre es algo relativo.

El artillero Crawford tenía una cabina que era del tamaño de su litera. Cuando levantaba la litera tenía espacio para cambiarse de ropa y un pequeño lavabo para lavarse los dientes. Para bajar la litera, al irse a dormir, tenía que salir al pasillo; y al ser alto para la talla de la Marina, Crawford se vio obligado a acostumbrarse a dormir encogido.

Una cama y una puerta con cierre, en vez de una hamaca o una serie de literas: lujo. Habría sido capaz de luchar por conservarlo; pero no había tenido posibilidad alguna. Ahora tenía que estar allí apretado mientras un monstruo alienígena ocupaba su cabina.

—No mide más de un metro de altura, así que le servirá —dijo Sally Fowler juiciosamente—. Aun así, es una habitación muy pequeña. ¿Creen que podrá soportarlo? Si no tendríamos que acomodarla en la sala de oficiales.

—Yo vi la cabina de su nave. No era mayor. Creo que podrá soportarlo —dijo Whitbread.

Era demasiado tarde para intentar dormir en la sala artillera, y tenía que decirles a los científicos todo lo que sabía: al menos eso serviría si Cargill le preguntaba por qué había estado atosigando a Sally.

—Supongo —añadió— que estará alguien vigilándola por el intercom.

Sally asintió. Whitbread la siguió a la sala de los científicos. Parte de la estancia estaba aislada por una red de alambre dentro de la cual se encontraban las dos miniaturas. Una de ellas mordisqueaba la cabeza de una col, utilizando cuatro brazos para sujetarla contra el pecho. La otra, con el abdomen hinchado por la preñez, jugaba con una linterna.

Exactamente igual que un mono, pensó Whitbread. Era la primera oportunidad que tenía de observar a las miniaturas. Tenían el pelo más tupido, y motas marrones y amarillas donde la grande tenía un pelo totalmente marrón claro. Los cuatro brazos eran casi iguales, cinco dedos en las manos izquierdas y seis en las derechas; pero los brazos y los dedos eran todos ellos delgados y con las mismas articulaciones. Sin embargo los músculos del hombro superior izquierdo estaban fijados a la parte superior del cráneo.

¿Qué otro motivo podría tener esto que el de proporcionar mayor fuerza y equilibrio?

Le encantó el que Sally le condujese a una mesita de un rincón, separada de donde los biocientíficos se rascaban la cabeza y discutían escandalosamente. Cogió café para los dos y preguntó a Sally por la extraña musculatura de las miniaturas; no era precisamente lo que le apetecía hablar con ella, pero era un principio…

—Creemos que se trata de un vestigio —dijo ella—. Evidentemente no lo necesitan; los brazos izquierdos no tienen, de todos modos, envergadura suficiente para realizar trabajos pesados.

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