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Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]

Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva entrega de «La Saga del Retorno», Shedemei y el Alma Suprema supervisan, ya en la Tierra, la evolución de los humanos descendientes de Nafai y Elemak y su interacción con las nuevas especies que habían evolucionado en el planeta. Surgen de nuevo los problemas de siempre: racismo, explotación, enfrentamientos tribales, etc. El recurso de la hibernación permite mantener la presencia de Shedemei y su poderoso manto de capitana en un papel que deviene mítico y, en cierta forma, bíblico. Pero el misterio sigue siendo al paradero del Guardián de la Tierra cuya presencia, pese a todo, Shedemei y el Alma Suprema creen percibir, de vez en cuando, de forma siempre sutil e imprecisa.
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—Pero si obligamos a todos a convivir…

—Sería absurdo. Los ángeles no pueden vivir en las cuevas de los cavadores, y los cavadores no pueden dormir cabeza abajo en los árboles.

—Y los humanos sienten terror de los espacios cerrados y las alturas.

—Así que seguiremos tratando de convencerlos —le dijo Didul.

—Entonces no hay esperanzas —dijo Akmaro, poniendo otra torta—. Ni siquiera logro convencerte a ti de que tomes esposa, o de que me cuentes por qué no lo haces.

—¿No entiendes el porqué? Ya ves la pobreza en la que vivo.

—Entonces desposa a una mujer que esté dispuesta a trabajar con empeño y a quien interesen las riquezas tan poco como a ti.

—¿Cuántas mujeres así existen? —preguntó Didul.

—Yo conozco a muchas. Mi esposa es así. Mi hija es así. Didul se sonrojó, y de pronto Akmaro comprendió.

—Mi hija. De eso se trata, ¿verdad? Vienes cuatro veces al año a Darakemba para reunirte conmigo… ¡y te has enamorado de Luet!

Didul intentó negarlo con un gesto.

—Pues bien, chico necio, ¿no has hablado con ella? Ella no es tonta, así que habrá notado que eres inteligente y bondadoso y, según murmuran las mujeres, uno de los jóvenes más apuestos de Darakemba.

—¿Cómo puedo hablar con ella? —dijo Didul.

—Yo sugeriría que uses el chorro de aire que sale de tus pulmones, modelando vocales y consonantes con los labios, la lengua y los dientes —dijo Akmaro.

—Cuando éramos pequeños, yo la atormenté —dijo Didul—. La humillé a ella y humillé a Akma delante de todo el mundo.

—Ya lo ha olvidado.

—No, no lo ha olvidado. Y yo tampoco. No pasa un día sin que recuerde lo que yo era y lo que hice.

—De acuerdo, no cabe duda de que lo recuerda. Quería decir que te perdonó hace tiempo.

—Me perdonó. Pero eso ni siquiera se acerca al amor que una esposa debe sentir por su esposo. —Didul meneó la cabeza—. ¿Quieres pasta de judías? Tiene bastantes especias, pero la mujer cavadora que me la preparó es la mejor cocinera que conozco.

Akmaro extendió su torta, y Didul vertió pasta sobre ella con una cuchara de madera.

Akmaro la enrolló, dobló su extremo inferior y se puso a comer por el otro.

—Está tan buena como prometías —comentó—. A Luet también le gustaría. Le gustan mucho los condimentos. Didul rió.

—Padre Akmaro, ¿no conoces a tu propia familia? Supongamos que yo hablara con ella. De esto, del matrimonio. Hablamos continuamente cuando yo voy allí, de otras cosas… de historia y ciencia, política y religión, de todo menos de temas personales. Luet es brillante. Demasiado buena para mí; pero aunque yo osara hablarle, y aunque ella llegara a amarme, y aunque tú dieras tu consentimiento, seguiría siendo imposible.

Akmaro enarcó las cejas.

—¿Qué? ¿Hay algún problema de consanguinidad que yo desconozca? No tengo hermanos, y mi esposa tampoco, así que no puedes ser mi sobrino sin que yo lo sepa.

—Akma —dijo Didul—. Akma nunca me ha perdonado. Y si Luet me amara, para él sería como una bofetada en la cara. Y si tú aceptaras esa boda, no habría perdón. Se volvería loco. No sé lo que haría.

—Tal vez despertaría y superaría ese pueril afán de venganza —dijo Akmaro—. Sé que no ha sido el mismo desde entonces, pero…

—Pero nada —dijo Didul—. Lo traté cruelmente, ¿no lo entiendes? El odio de Akma tiene su fuente en las humillaciones que le infligí entonces, un día tras otro…

—Entonces eras un niño.

—Mi padre no me amenazaba con un látigo, Akmaro. Yo disfrutaba. ¿No lo comprendes? Cuando veo a esa gente que se burla de los cavadores por su pobreza, porque viven en sucios agujeros… lo entiendo. Yo fui uno de los torturadores. Sé lo que significa tener un corazón vacío de compasión y reírse del dolor ajeno.

—Ya no eres la misma persona.

—He rechazado esa parte de mí, pero soy la misma persona.

—Cuando pasas por las aguas…

—Sí, lo sé, me convierto en un hombre nuevo. Soy un hombre que no hace esas cosas, sí. Pero soy y seré el hombre que una vez las hizo.

—No ante mis ojos, Didul. Y diría que no ante los de Luet.

—Para Akma, padre Akmaro, soy el mismo que lo destruyó ante su hermana, su madre, su padre, sus amigos, su gente. Y si alguna vez Luet y yo nos casáramos… qué va, sólo con que él supiera que yo deseo hacerlo, o que Luet está dispuesto, o que tú lo apruebas… estallaría. No sé qué haría, pero haría algo.

—No es un hombre violento —dijo Akmaro—. Es tranquilo, aunque abrigue viejos rencores.

—No temo por mi vida. Sólo sé que alguien tan listo como Akma, de tanto talento, tan inteligente, tan atractivo… encontraría un modo de hacernos lamentar el atrevimiento de ofenderlo de tal modo.

—¿Te niegas a dar a mi hija la posibilidad de casarse con uno de los mejores jóvenes que conozco en todo el imperio, sólo porque su hermano no puede superar su rabia infantil?

—No tenemos manera de saber qué ha sucedido en el interior de Akma, padre Akmaro. Aunque fuera un niño, eso no significa que lo que sentía entonces fuera pueril.

Akmaro se terminó la torta. Una vez terminada la pasta de judías, resultaba seca y salada.

—Necesito un sorbo de agua —dijo.

—El Milirek no tiene fuentes puras —dijo Didul—, y desciende de montañas bajas, algunas de las cuales pierden la nieve gran parte del año.

—Bebo el agua que el Guardián me da en cada comarca —dijo Akmaro. Didul rió.

—¡Entonces espero que no salgas del Gornaya! Las lentas aguas de la selva no son seguras. Son lodosas y sucias, y viven criaturas en ellas. Sé de un hombre que una vez bebió de esa agua sin hervirla, y sus tripas no dejaron de moverse hasta que perdió un tercio de su peso. Su esposa ya estaba dispuesta a sepultarlo, con tal de ahorrarse la molestia de cavar otra letrina.

Akmaro hizo una mueca.

—Yo también oigo esas historias. Pero tenemos que aprender a vivir en el desierto. Aquí la paz ha durado tanto que viene gente de todas partes. Ex elemaki, gente de ocultos valles de montaña, todos vienen a Darakemba porque bajo el gobierno de Motiak hay paz y abundancia. Bien, espero que la paz dure. Pero la abundancia… tenemos que encontrar un modo de explotar la selva.

—Allí los cavadores no pueden abrir túneles. Todo se inunda —dijo Didul—. Y los ángeles no pueden posarse porque las ramas de los árboles son muy gruesas y están tan juntas que los jaguares pueden atacarlos.

—Entonces debemos pensar en una manera de construir casas sobre postes —dijo Akmaro—. Necesitamos más tierra. Y tal vez, mi joven amigo, si colonizáramos nuevas tierras donde cavadores, ángeles y humanos tuvieran que compartir la misma clase de vivienda, podríamos lograr la armonía que es tan difícil de conseguir en el Gornaya.

—Pensaré en ello. Pero espero que plantees esta cuestión a hombres y mujeres más listos que yo.

—Créeme, lo he hecho y lo haré de nuevo. Y a personas más listas que yo. Lo aprendí de Motiak: no pierdas el tiempo pidiendo consejo a gente más estúpida que tú.

—Es un consejo que me anima —dijo Didul.

—¿En qué sentido?

—Puedo pedirle consejo a cualquiera —dijo Didul, riendo.

—La falsa modestia es falsa, por encantadora que resulte.

—De acuerdo, soy más listo que algunas personas —admitió Didul—. Como ese maestro que dice que los ángeles tienen miedo de meterse en los agujeros de los cavadores.

—¿Y no es así?

—Conozco a tres médicos ángeles que lo hacen continuamente, y nunca han sufrido ningún percance.

—Tal vez nuestros maestros serían menos timoratos si creyeran que sus enseñanzas son un servicio tan valioso como las hierbas del galeno.

—Tú lo has dicho. Si los creyentes no dudaran tanto tendrían más éxito en la conversión de los incrédulos.

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