Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
Entonces se encogió de hombros. Un hombro desnudo más alto que el otro, una comisura levantada, con una sonrisita de sabelotodo. Llevaba un pálido vestido primaveral, los delgados breteles anudados sobre su cuello con un moño. Mostraba su piel morena. Advertí debajo de su falda una medialuna de piel descolorida sobre su muslo.
– No estoy demasiado seguro de lo que indica el protocolo en este caso -dije.
– Sí. Tal vez deberías buscar en el capítulo titulado “Cómo recibir a la muchacha que mató a tu mejor amigo”.
Le devolví la sonrisita de suficiencia.
– No digas demasiado, Susan, ¿te parece? Tengo que ver a la policía el lunes.
Dejó de sonreír, asintió, me dio la espalda.
– Entonces… ¿qué? ¿Acaso Jim te lo contó todo? ¿Sobre nosotros?
Jugueteó con el anotador que yo tenía sobre la mesa del teléfono.
La observé. Mis reacciones eran sutiles pero intensas. Fue su manera de darme la espalda, lo que había dicho. Me hizo pensar en lo que Jim me había contado. Me hizo contemplar, larga y lentamente, la parte baja de su espalda. Hizo que la piel me ardiera, que mi estómago se helara. Una combinación interesante.
Me humedecí los labios y traté de pensar en mi amigo, ahora muerto.
– Sí, así es -dije con brusquedad-. Me lo contó prácticamente todo.
Susan se rió por encima del hombro.
– Bien, es embarazoso para mí, de todas maneras.
– Eh, no coquetees conmigo, ¿entiendes? No mates a mi amigo y después vengas aquí a coquetear conmigo.
Ella volvió a girar hacia mí, con las manos remilgadamente cruzadas sobre el pecho. La miré tan fijamente que debe haberse dado cuenta de que estaba pensando en sus pechos.
– No estoy coqueteando contigo -dijo-. Sólo quiero contarte.
– ¿Contarme qué?
– Lo que él me hacía, que me pegaba, que me humillaba. Era dos veces más grande que yo. Piensa si te gustaría, piensa en lo que habrías hecho si alguien te hubiera tratado de ese modo.
– ¡Susan! -dije, tendiéndole las manos-. ¡Tú le pediste que lo hiciera!
– Ah, claro, “ella lo pedía”, ¿no es cierto? Y tú automáticamente le creíste. Tu amigo lo dijo y entonces debe ser verdad.
Solté una risotada. Lo pensé. La miré. Pensé en Jim.
– Sí -dije finalmente-. Le creo. Era cierto.
Ella no me discutió. Simplemente siguió hablando.
– Sí, sí, bueno, aun cuando sea cierto eso no mejora las cosas, ¿sabes? Quiero decir, deberías haber visto cómo lo excitaba. Quiero decir, podría haber parado la cosa. Yo hubiera parado. El podría haber cambiado todo en cualquier momento, si hubiera querido. Pero le gustaba tanto… Y allí estaba, lastimándome como loco, todo excitado. ¿Cómo crees que eso puede hacer sentir a alguien?
No estoy muy orgulloso de admitir que en realidad me rasqué la cabeza, tan tonto como un mono.
Susan deslizó una larga uña sobre el anotador de la mesa del teléfono. Bajó los ojos y la observó. Yo también.
– ¿En verdad vas a ir a la policía?
– Sí. Demonios, sí -dije. Después, como si necesitara una excusa, agregué-: No soy el único que encontrarán. Habrá algún otro con el que seguramente hiciste estas cosas. Él dirá lo mismo.
Ella meneó la cabeza.
– No. Eres el único. El único que lo sabe.
Y eso ya no dejaba nada más que decir. Permanecimos allí en silencio. Ella, pensando, yo tan sólo mirándola, contemplando sus líneas y sus colores.
Después, al fin, ella alzó los ojos para mirarme, inclinó la cabeza. No se acercó a mí, ni me acarició el pecho. No se acurrucó contra mí para que pudiera sentir el calor de su aliento ni aspirar su perfume. Dejó todo eso para las películas, para las femmes fatales. Todo lo que hizo fue quedarse allí y mirarme de esa manera tan típicamente Susan, con el mentón erguido, los puños en alto, el alma expuesta, casi temblorosa en mi mano.
– Eso te da un enorme poder sobre mí, ¿no es cierto? -dijo.
– ¿Y qué? -le respondí.
Ella volvió a encogerse de hombros.
– Ya sabes qué es lo que me gusta.
– Vete -dije. Ni siquiera me di el tiempo necesario para empezar a sudar-. Cristo. Vete al carajo, sal de aquí, Susan.
Caminó hacia la puerta. Yo la miré irse. Sí, está bien, pensé. Tengo poder sobre ella. Como si fuera cierto. Tengo poder sobre ella hasta que decidan no acusarla, hasta que desaparezcan los titulares. ¿Y después qué? Después soy su Amo y Señor. Tal como lo era Jim.
Pasó junto a mí. Tan cerca como para escuchar mis pensamientos. Alzó la vista, sorprendida. Se rió de mí.
– ¿Qué? ¿Crees que también te mataría a ti?
– Siempre tendría que preguntármelo, ¿no es cierto? -dije. Aún sonriendo, alzó las cejas de manera cómica.
– Si eso te excita… -dijo.
Fue la situación de comedia lo que me provocó. No pude resistir el impulso de borrar esa sonrisa de su rostro de asesina. Extendí la mano y aferré su cabellera en un puño. Su cabello negro, muy negro.
Era todavía más suave de lo que había creído.
La extravagancia del señor Gray – John Connolly
Era, dijo mi esposa, la cosa más espantosa que había visto nunca. Y tuve que admitir que su juicio era acertado. Era una situación que, en general, no solía darse en nuestro matrimonio. A medida que se aproximaba el final de la edad madura (con toda la gracia y ligereza, debería añadir, de un cortejo fúnebre que llega a los tumbos hasta el cementerio), Eleanor se había puesto cada vez más intolerante con las opiniones que no coincidían con las de ella. Inevitablemente, las mías parecían discrepar con mayor frecuencia que el resto, así que cualquier forma de acuerdo era causa de una considerable, aunque muda, celebración.
Norton Hall era una maravillosa adquisición, una residencia de campo de fines del siglo XVIII con jardines paisajísticos y cincuenta acres de tierra de primera calidad. Una verdadera gema arquitectónica que sería para nosotros un estupendo hogar, ya que era al mismo tiempo suficientemente pequeño como para resultarnos manejable y suficientemente espacioso como para permitir que cada uno de nosotros evitara al otro durante una parte importante del día. Desafortunadamente, tal como mi esposa había señalado con acierto, el templete que se erguía al fondo del jardín era en verdad otra historia: feo y brutal, con columnas rectangulares y sin adornos y una desnuda cúpula blanca rematada por una cruz. No había peldaños que permitieran el ingreso y la única manera de acceder al interior parecía ser escalar la base. Hasta los pájaros lo evitaban, y preferían en cambio posarse sobre un roble cercano, donde intercambiaban arrullos y chillidos como solteronas en un baile de la parroquia.
Según el agente inmobiliario, uno de los dueños anteriores de Norton Hall, un tal señor Gray, había construido el templete en memoria de su difunta esposa. Tuve la impresión de que no había albergado demasiado afecto por ella, dado el monumento que había construido en su memoria. Yo mismo no me sentía particularmente encariñado con mi propia esposa la mayor parte del tiempo, pero tampoco me disgustaba tanto como para erigir una monstruosidad semejante en su memoria. Como mínimo, hubiera suavizado las líneas y hubiera puesto un dragón en la parte superior como recordatorio de la amada difunta. La base había sido un poco dañada por el señor Ellis, el caballero propietario de la casa antes que nosotros, quien parecía haberse arrepentido de su impulso original y hecho reparar y repintar el destrozo que había infligido a la construcción.