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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Sólo el personal, que ahora se alineaba como en Inglaterra para dar la bienvenida a su señor ante la puerta de entrada, desentonaba en el cuadro. Si bien los sirvientes llevaban librea y las sirvientas delantales y cofia, el color de su piel era oscuro y muchos rostros estaban tatuados.

– Bienvenido, señor Gerald -saludó a su señor un hombrecillo achaparrado mientras exhibía una gran sonrisa en su rostro amplio y que constituía el «lienzo» ideal para los tatuajes típicos. Abarcó con grandes ademanes el cielo todavía azul y la tierra bañada por el sol-. ¡Y bienvenida, miss! ¡Ya ve: rangi, el cielo, brilla de alegría por su llegada y regala a la tierra, papa, una sonrisa porque camina sobre ella!

Gwyneira se sintió conmovida por ese sincero saludo. Tendió al hombrecillo la mano de forma espontánea.

– Éste es Witi, nuestro criado -le presentó Gerald-. Y éste es el jardinero, Hoturapa, y la sirvienta y la cocinera, Moana y Kiri.

– Miss…, Gwa…, ne… -Moana quería hacer una reverencia y presentar un saludo educado, pero era indudable que el nombre celta le resultaba impronunciable.

– Miss Gwyn -abrevió Gwyneira-. Llámame simplemente Miss Gwyn.

A ella no le resultó difícil memorizar el nombre de los maoríes y decidió aprender lo antes posible un par de fórmulas de cortesía en su lengua.

Así que ése era el personal de servicio. A Gwyneira le pareció bastante reducido para una casa tan grande. ¿Y dónde estaba Lucas? ¿Por qué no estaba ahí para saludarla y darle la bienvenida?

– ¿Pero dónde se ha…? -iba a plantear la joven la acuciante pregunta sobre su futuro esposo; pero Gerald se le adelantó. Y parecía tan poco entusiasmado por la ausencia de Lucas como Gwyn.

– ¿Dónde se ha metido mi hijo, Witi? Podría empezar a mover el trasero hacia aquí y conocer a su futura esposa…, oh, quería decir…, que es natural que Miss Gwyn espere con impaciencia que le presente sus respetos…

El sirviente rio.

– El señor Lucas marcharse a caballo, a controlar las cercas. El señor James decir que alguien de la casa tiene que autorizar comprar el material para corral caballos. Tal como está, los caballos no quedar dentro. El señor James muy enfadado. Por eso el señor Lucas marcharse.

– ¿En lugar de recibir a su padre y a su prometida? ¡Esto empieza bien! -vociferó Gerald.

Gwyneira, no obstante, lo encontró excusable. No habría tenido ni un minuto de tranquilidad si hubieran metido a Igraine en un cercado donde no estuviera segura. Y una cabalgada de control por los prados se ajustaba mejor al hombre de sus sueños que el leer y tocar el piano.

– Pues sí, Gwyneira, no nos queda otro remedio que armarnos de paciencia -se serenó al final Gerald-. Quizá no sea en absoluto tan negativo, en Inglaterra tampoco te habrías presentado por primera vez a tu futuro esposo en traje de montar y con el cabello descubierto.

Él mismo encontraba que Gwyneira, de nuevo con los bucles sueltos y el rostro algo enrojecido por el sol de la cabalgada, estaba encantadora, pero Lucas podría ser de otra opinión…

– Kiri te mostrará tu habitación y te ayudará a refrescarte y a peinarte. Nos reuniremos todos en una hora para tomar el té. A las cinco mi hijo ya debería de haber vuelto, no suele prolongar por más tiempo sus salidas a caballo. Así vuestro primer encuentro se realizará con toda la solemnidad que es de esperar.

Los deseos de Gwyneira eran más bien otros, pero se conformó con lo irremediable.

– ¿Puede coger alguien mis maletas? -preguntó mirando al servicio-. Oh, no, ésta es demasiado pesada para ti, Moana. Gracias, Hotaropa… ¿Hoturapa? Disculpa, pero ahora no me acuerdo. ¿Cómo se dice «gracias» en maorí, Kiri?

Helen se había instalado de mala gana con los Baldwin. Por muy detestable que le pareciera la familia, hasta la llegada de Howard no le quedaba otra alternativa. Así que se esforzó para ser amable. Se ofreció al reverendo Baldwin para poner por escrito los textos para las hojas dominicales y llevarlos luego a la imprenta. Alivió a la señora Baldwin de algunas tareas e intentó ser útil en los trabajos domésticos, de los cuales asumió las labores de costura y el control de los deberes escolares de Belinda en casa. Esto último la convirtió en un brevísimo lapso de tiempo en la persona más odiada de la casa. A la muchacha no le sentaba bien que la vigilara y se quejaba a su madre en cuanto se le presentaba la oportunidad. Con ello, Helen se percató claramente de lo flojo que debía de ser el profesorado en la recién abierta escuela de Christchurch. Pensó en ofrecerse para un puesto allí si la relación con Howard fracasaba. El vicario Chester, no obstante, seguía infundiéndole ánimos: podía pasar tiempo antes de que comunicaran a O’Keefe la noticia de su llegada.

– Bien, los Candler no irán a enviarle un mensaje a la granja. Es probable que esperen a que él vaya a comprar a Haldon y hasta que eso ocurra pueden pasar dos días. Pero cuando sepa que está usted aquí, vendrá seguro.

Eso suponía para Helen un dato más sobre el que pensar. Entretanto se había hecho a la idea de que Howard no vivía justo al lado de Christchurch. Obviamente, Haldon no era un suburbio, sino una ciudad independiente y asimismo floreciente. Helen también podía adaptarse a eso. Sin embargo, el vicario decía ahora que la granja de Howard también se hallaba en las afueras de Haldon. ¿Dónde iba pues a vivir? Le hubiera gustado hablar al respecto con Gwyn; tal vez ella podría sondear al señor Gerald con discreción. Pero Gwyn había partido el día anterior hacia Kiward Station. Helen no tenía la menor idea de cuándo volvería a ver a su amiga y de si realmente lo haría.

Al menos esa tarde tenía un bonito plan por delante. La señora Godewind había repetido su invitación y su cabriolé con el cochero Jones en el pescante esperaba a Helen puntualmente a la hora del té para recogerla. Jones la miró radiante y la ayudó con unos modales perfectos a subir en el carruaje. Incluso consiguió formular una frase elogiosa sobre su nuevo vestido de tarde de color lila. A continuación, durante el trayecto a la casa, se deshizo en alabanzas sobre Elizabeth.

– Nuestra Missus se ha convertido en otra persona, Miss Davenport, no lo creería. Cada día parece estar más joven, ríe y bromea con la muchacha. Y Elizabeth es una niña tan encantadora…, siempre se esfuerza por ayudar a mi esposa y siempre está de buen humor. ¡Y vaya si sabe leer la pequeña! Por mis barbas, que siempre que puedo intento buscarme un trabajo en la casa cuando la pequeña le está leyendo a la señora Godewind. Lo hace con una voz y una entonación tan bonitas, que se diría que forma parte de la historia.

Elizabeth tampoco había olvidado las lecciones de Helen sobre cómo servir y comportarse en la mesa. Vertió el té con habilidad y primor y repartió los pasteles; mientras tanto parecía encantada con su nuevo vestido azul y su pulcra y blanca cofia.

Se puso a llorar, no obstante, cuando oyó las noticias sobre Laurie y Marie y también pareció deducir más de la versión suavizada de la historia de Daphne y Dorothy que lo que Helen había pensado. Elizabeth era una soñadora, pero también a ella la habían recogido de las calles de Londres. Vertió amargas lágrimas por Daphne y mostró su mayor confianza en su nueva señora, a la que inmediatamente pidió ayuda.

– ¿No podemos enviar al señor Jones y recoger a Daphne? ¿Y a las mellizas? Por favor, señora Godewind, seguro que encontramos aquí trabajo para ellas. ¡Algo podrá hacerse!

La señora Godewind sacudió la cabeza.

– Por desgracia no, hija mía. Esa gente ha firmado unos contratos de trabajo con el orfanato, como yo. Las niñas no pueden marcharse simplemente de allí. Y nos meteremos en un gran problema si además les ofrecemos un empleo provisional. Lo siento, querida, pero las niñas deben arreglárselas para sobrevivir. Aunque por lo que me está contando -prosiguió la señora Godewind dirigiéndose a Helen-, no me preocupa la pequeña Daphne. Ella se abrirá camino. Pero las mellizas…, hummm, es triste. Sírvenos un poco más de té, Elizabeth. Rezaremos una oración por ellas, tal vez Dios al menos vele por estas niñas.

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