Zapatos de caramelo
- Автор: Харрис Джоанн
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
Escrutó mi rostro durante largo rato.
Oí que tintineaban las campanillas colgadas sobre la puerta.
– Se han ido -afirmó Annie.
Tenía razón; me asomé a la chocolatería y vi que las niñas se habían ido. Solo quedaban las sillas dispersas, los botes de Coca-Cola por la mitad, el tenue aroma a chicle y laca y el olor dulzón del sudor adolescente.
– Volverán -aseguré con tono bajo.
– Puede que no.
– Bueno, si necesitas ayuda…
– Te la pediré -replicó Annie.
Te la pediré, te la pediré… ¿Acaso soy un hada madrina?
Como era de esperar, busqué Les Laveuses. Comencé por internet, pero no encontré nada, ni una web de información turística ni la más mínima referencia a un festival o a una chocolatería. Seguí indagando y me topé con una única mención a una crepería local, citada por una revista culinaria. Era propiedad de la viuda Françoise Simon.
¿Es posible que hubiese sido Vianne con otro nombre? Es probable, si bien el artículo no la mencionaba. Llamé por teléfono y me topé con un callejón sin salida. Es la propia Françoise la que responde. Su voz suena cortante y recelosa y es la de una mujer que pasa de los setenta. Le digo que soy periodista. A mis preguntas responde que jamás ha oído hablar de Vianne Rocher.
¿Y de Yanne Charbonneau? Otro tanto de lo mismo y adiós.
Por lo que tengo entendido, Les Laveuses es muy pequeño, poco más que una aldea. Tiene iglesia, un par de tiendas, la crepería, el bar y el monumento a los soldados caídos. Las tierras circundantes son agrícolas y cultivan girasol, maíz y frutales. El río discurre junto a la población, como un largo perro marrón. Parece un lugar inexistente…, aunque posee algo que tiene resonancias…, un brillo de la memoria, un detonador en las noticias…
Fui a la biblioteca a consultar los archivos. Tienen la colección completa de Ouest-France guardados en disquetes y microfilmes. Empecé ayer a las seis. Busqué durante dos horas y me fui a trabajar. Mañana haré lo mismo e insistiré hasta averiguar qué es lo que resuena. Ese lugar es la clave: Les Laveuses, a orillas del Loira. En cuanto lo tenga, ¿quién sabe qué secretos podría revelar?
No ceso de pensar en Annie. Anoche prometió que si necesitaba ayuda me la pediría. Claro que para pedir ayuda tiene que existir una necesidad, una verdadera necesidad que supere con creces las modestas contrariedades del liceo Jules Renard; una necesidad que mande al garete la cautela y logre que ambas corran a los brazos de su buena amiga Zozie.
Sé a qué le temen.
Pero… ¿qué necesitan?
Esta tarde me quedé a solas en la tienda mientras Vianne daba un paseo con Rosette y aproveché para subir y examinar sus cosas. Entendedme, lo hice discretamente; mi objetivo no es un burdo robo, sino algo infinitamente más trascendental. Resulta que no posee muchas cosas: un armario más elemental que el mío; un cuadro colgado de la pared, probablemente comprado en el marché aux puces; una colcha de patchwork, supongo que hecha en casa; tres pares de zapatos, todos negros, lo que me parece aburridísimo y, por último, bajo la cama, oro en paño, es decir, una caja de madera del tamaño de una caja de zapatos llena de basura variada.
No es que Vianne Rocher la considere chatarra. Estoy acostumbrada a vivir con mis cosas en bolsas y cajas y sé que los que somos así no enmohecemos. El contenido de la caja de madera representa las piezas del rompecabezas de su vida, todo aquello que jamás dejará atrás: su pasado, su vida, su alma secreta.
Abrí la caja con todo el cuidado del mundo. Vianne es reservada, lo que la vuelve recelosa. Seguro que conoce el emplazamiento exacto de cada papel, cada objeto, cada hilo, cada recorte, cada partícula de polvo. Se dará cuenta si algo ha cambiado de sitio; de todos modos, tengo una excelente memoria fotográfica y no pretendo trastocar nada.
Las cosas salen una tras otra: el resumen de Vianne Rocher. En primer lugar, una baraja de tarot; nada del otro mundo, los naipes de Marsella, muy usados y amarilleados.
Debajo están los documentos: pasaportes a nombre de Vianne Rocher y la partida de nacimiento de Anouk, con el mismo apellido. De modo que Anouk se ha convertido en Annie, de la misma forma que Vianne ahora es Yanne. No hay documentos de Rosette, lo que resulta extraño, pero también encuentro un pasaporte caducado a nombre de Jeanne Rocher y deduzco que perteneció a su madre. Por la foto me doy cuenta de que no se parece mucho a Vianne, aunque también es cierto que Anouk y Rosette tampoco son calcadas. Veo un trozo de cinta desteñida de la que cuelga un dije de la suerte con forma de gato. A continuación aparecen varias fotografías, seis en total. En ellas reconozco a una Anouk más pequeña, a una Vianne más joven y a una Jeanne más lozana, en blanco y negro. Están cuidadosamente colocadas y atadas con una cinta, junto a un puñado de cartas bastante viejas y un fajo delgado de recortes de periódico. Con gran delicadeza les echo un vistazo, atenta a los bordes amarillentos y a los pliegues frágiles, y reconozco el artículo de un periódico local sobre el festival del chocolate celebrado en Lansquenet- sous-Tannes. Es casi lo mismo que lo que ya he visto, pero la foto es de mayor tamaño y Vianne aparece con dos personas: un hombre y una mujer, ella de pelo largo y con un abrigo de cuadros y él sonriendo incómodo ante la cámara. ¿Amigos tal vez? El artículo no da nombres.
A continuación me topo con un recorte de un diario parisino, tan acartonado y desteñido como una hoja seca. Abrirlo me da miedo, pero ya he visto que se refiere a la desaparición de una niña pequeña, de una tal Sylviane Caillou, arrebatada de su sillita hace más de treinta años. Luego veo un recorte más reciente, el relato de un tornado impresionante en Les Laveuses, un pequeño pueblo a orillas del Loira. Cabría pensar que se trata de objetos extrañamente triviales, aunque lo bastante importantes como para que Vianne Rocher los haya acarreado hasta aquí, a lo largo de tantos años, y ocultado en la caja de tamaño reducido… A juzgar por la capa de polvo, yo diría que hace tiempo que no la toca…
Vianne Rocher, está claro que estos son tus fantasmas. Es extraño lo recatados que resultan. Los míos son más impresionantes, pero debo reconocer que considero el recato como una virtud de segunda. Vianne, te podría haber ido mucho mejor. Es posible que, con mi ayuda, todavía te vaya bien.
Anoche estuve horas sentada ante el ordenador portátil; bebí café, contemplé las luces de neón que se encendían y apagaban en la calle y me planteé la pregunta una y otra vez. No encontré nada más sobre Les Laveuses ni sobre Lansquenet. Estaba a punto de pensar que Vianne Rocher es un ser tan esquivo como yo, una paria en el peñasco de Montmartre, alguien sin pasado, inexpugnable.
Es absurdo, por supuesto. No existe nada inexpugnable. Agotadas todas las vías directas de investigación, solo quedaba un camino, que fue lo que me mantuvo despierta hasta bien entrada la noche.
No se trata de que me asustase, pero estas cuestiones pueden ser poco fiables y plantear más preguntas de las que esclarecen. Si Vianne llegaba a sospechar que lo había hecho, se esfumaría hasta la última posibilidad de acercarme a ella.
Por otro lado, correr riesgos forma parte del juego. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me dediqué a la adivinación; mi sistema se basa en métodos más pragmáticos que la bola, el libro y la vela, y nueve de cada diez veces obtienes resultados más rápidos en internet. Me dije que estaba en fase creativa.
Una dosis de raíz de una planta secada, molida y preparada en infusión contribuye a alcanzar el estado de ánimo necesario. Se trata del pulque, la bebida divina de los aztecas, ligeramente reinventada para cumplir con mis propósitos. Luego trazo la señal del Espejo Humeante en el suelo polvoriento, a mis pies. Me siento con las piernas cruzadas, con el portátil delante, pongo un salvapantallas adecuadamente abstracto y espero la iluminación.