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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—De éstas tenemos de sobra —murmuró.

Mat le asestó una mirada indignada, pero los ojos color avellana de la mujer chispearon divertidos. ¡Divertidos! ¡Se suponía que tenía que vigilar a esas dos! Un puño aporreó la puerta de entrada.

—¿Necesitáis ayuda ahí dentro? —inquirió Harnan con incertidumbre. Mat se preguntó a cuál de los dos se estaría dirigiendo.

—Todo está controlado —respondió Setalle mientras pasaba tranquilamente la aguja por la tela del bordado que el bastidor mantenía tensa. Viéndola habríase dicho que no había nada más importante que su labor—. Sigue con tu trabajo y no te entretengas. —No era ebudariana, pero desde luego había asimilado a fondo las costumbres del país. Tras un momento, se oyó el sonido de unas botas bajando los peldaños de fuera. Al parecer Harnan también había pasado demasiado tiempo en Ebou Dar.

Tuon giró la otra taza entre las manos como si examinara las flores que tenía pintadas, y sus labios esbozaron una sonrisa tan leve que podría haber sido incluso obra de la imaginación de Mat. Era muy bonita cuando sonreía, pero esa sonrisa había sido de las que indicaban que ella sabía cosas que él ignoraba. Acabaría saliéndole urticaria si seguía haciendo eso.

—No quiero que se me conozca como una sirvienta, Juguete.

—Me llamo Mat, no… eso otro —repuso mientras se ponía de pie y comprobaba la reacción de la cadera con cautela. Para su sorpresa, no le dolía más que antes de tirarse sobre el suelo de madera. Tuon enarcó una ceja y sopesó la taza en la mano—. No iba a decirle a la gente del espectáculo que había raptado a la Hija de las Nueve Lunas —añadió, exasperado.

—¡La Augusta Señora Tuon, palurdo! —dijo secamente Selucia—. ¡Lleva el velo!

¿El velo? Tuon había llevado uno en palacio, pero no desde entonces. La menuda muchacha gesticuló con deferencia, cual una reina dando su venia.

—No tiene importancia, Selucia. Todavía es ignorante. Tenemos que educarlo. Pero cambiarás esa historia, Juguete. No pienso ser una sirvienta.

—Es demasiado tarde para cambiar nada —dijo Mat, sin quitar ojo a aquella taza. Las manos de la chica parecían frágiles, con las largas uñas de antaño ahora cortadas, pero recordaba su gran rapidez—. Nadie os está pidiendo que seáis una sirvienta. —Luca y su esposa sabían la verdad, pero tenía que haber un motivo de cara a todos los demás para justificar que Tuon y Selucia estuvieran confinadas y vigiladas en la carreta. La solución perfecta había sido que se trataba de un par de criadas, a punto de ser despedidas por robo, que habían intentado delatar a su señora revelando la huida con su amante. En cualquier caso, a Mat le pareció el motivo perfecto. Para la gente del espectáculo fue otro detalle que daba más veracidad al idilio. Creyó que Egeanin iba a tragarse la lengua mientras él se lo explicaba a Luca. Quizás había sabido cómo se lo tomaría Tuon. Luz, ojalá se pararan los dados. ¿Cómo podía pensar un hombre con ese ruido en la cabeza?

—No podía dejaros allí para que dieseis la alarma —prosiguió pacientemente. Eso era verdad, por otra parte—. Sé que la señora Anan os lo ha explicado. —Pensó añadir que había dicho aquella tontería de que era su esposa por culpa de los nervios. ¡Debía de pensar que era un completo palurdo! Sin embargo, creyó mejor no volver a sacar a colación el tema. Si ella estaba dispuesta a pasarlo por alto, tanto mejor—. Sé que ya os ha dicho esto, pero os prometo que nadie os hará daño. No queremos un rescate, sólo escapar con la cabeza pegada al cuerpo. Tan pronto como se me ocurra un modo de enviaros de vuelta sana y salva, lo haré. Lo prometo. Hasta entonces trataré de que estéis lo más cómoda posible. Tendréis que aguantar lo otro.

En los oscuros ojos de Tuon pareció crepitar un destello abrasador, como un rayo en un cielo nocturno.

—Por lo visto voy a tener ocasión de comprobar qué valor tienen tus promesas, Juguete —fue sin embargo su respuesta.

A sus pies, Selucia siseó como un gato empapado y volvió a medias la cabeza, aparentemente para hacer una objeción, pero Tuon meneó la mano izquierda y la mujer de ojos azules enrojeció y guardó silencio. La Sangre usaba un lenguaje de manos semejante al de las Doncellas para hablar con sus sirvientes de alto rango. Mat deseó entender esas señas.

—Contestadme una pregunta, Tuon —dijo.

Le pareció oír que Setalle murmuraba «necio», y Selucia tensó las mandíbulas en tanto que una expresión peligrosa irradiaba en los ojos de Tuon, pero si la chica se empeñaba en llamarlo Juguete, así la Luz lo consumiera si se dirigía a ella con algún título.

—¿Qué edad tenéis? —Había oído que sólo era unos años menor que él, pero al verla con aquel vestido le parecía imposible.

Para su sorpresa, el chispazo amenazante se convirtió en llamarada. No sólo un relámpago, esta vez. Tendría que haber caído frito, fulminado. Tuon echó los hombros hacia atrás y se irguió todo lo alta que era. Con lo que tal cosa implicaba, claro; Mat dudaba que llegara al metro y medio, sin ponerse de puntillas, por mucho que se estirara.

—Mi decimocuarto día del verdadero nombre será dentro de cinco meses —repuso en un tono que distaba mucho de ser frío. De hecho, habría calentado el carromato mejor que la estufa. Mat sintió alentar una esperanza durante un instante, pero ella no había acabado—. No, un momento. Vosotros conserváis vuestros nombres de nacimiento aquí, ¿verdad? Será mi vigésimo día onomástico. ¿Satisfecho, Juguete? ¿Tenías miedo de haber robado una… niña? —La última palabra sonó casi como un siseo.

Mat agitó las manos ante sí negando enérgicamente tal sugerencia. Cuando una mujer empezaba a sisear como un calentador de agua echando vapor, un hombre con dos dedos de frente hallaba el modo de sosegarla cuanto antes. La muchacha agarraba la taza con tanta fuerza que los tendones se le marcaban en el envés de la mano. Ahora que lo pensaba, no estaba seguro de que la primera vez hubiera puesto verdadero empeño en golpearlo. Tenía unas manos muy rápidas.

—Sólo quería saberlo, eso es todo —se apresuró a explicar—. Tenía curiosidad, no era más que un tema de conversación. Yo soy sólo algo mayor. —Veinte. Adiós a la idea de que Tuon fuera demasiado joven para casarse hasta dentro de tres o cuatro años. Cualquier cosa que se interpusiera entre él y el día de su boda habría sido bienvenida.

Tuon estudió su rostro con desconfianza, la cabeza ligeramente ladeada; luego echó la taza en la cama, junto a la señora Anan, y volvió a sentarse en la banqueta poniendo tanto esmero en arreglar la amplia falda de paño como si fuera un vestido de seda. Sin embargo siguió examinándolo tras las largas pestañas.

—¿Dónde está tu anillo? —demandó.

En un gesto inconsciente, Mat se tocó el dedo de la mano izquierda, donde normalmente lucía el anillo.

—No lo llevo puesto siempre. —No habida cuenta de que todo el mundo en el palacio de Tarasin sabía que lo llevaba. Además, habría llamado la atención con su actual atuendo desaliñado. En cualquier caso, no era su sello, sólo una pieza resultado del ensayo de un tallador. Curioso el hecho de que sintiera la mano mucho más ligera sin él. Demasiado. Curioso también el hecho de que ella lo mencionara. Bueno, ¿y qué si lo hacía? Luz, esos dados hacían que se asustara con una sombra y que brincara sobresaltado con un suspiro. O quizá la causa era ella; una idea inquietante.

Se dirigió hacia la cama vacía para sentarse, pero Selucia se lanzó sobre ella tan rápidamente que habría sido la envidia de cualquiera de los acróbatas y se puso extendida y con las manos debajo de la cabeza. El movimiento hizo que el pañuelo se le torciera, pero la mujer lo enderezó enseguida, todo ello sin apartar los ojos de él, fría y orgullosa como una reina. Mat miró hacia la otra cama, y la señora Anan soltó el bastidor del bordado a un lado el tiempo suficiente para alisarse ostentosamente la falda y dejarle claro que no tenía intención de compartir ni un centímetro de colchón. Condenada mujer, ¡se comportaba como si estuviese protegiendo a Tuon de él! Las mujeres parecían unir fuerzas siempre sin darle una oportunidad a un hombre. Bueno, hasta ahora se las había ingeniado para impedir que Egeanin se pusiera al mando, ¡y no estaba dispuesto a dejarse intimidar por Setalle Anan o una doncella pechugona o la poderosa Augusta Señora Hija de las Nueve jodidas Lunas! Sólo que no podía ponerse a darles empujones para hacerse un hueco donde sentarse.

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