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La guerra de la paz [The Peace War - es]

Электронная книга - «La guerra de la paz [The Peace War - es]». Краткое содержание книги:

Paul Hoehler, un brillante científico, descubre el principio del funcionamiento de las “burbujas”, unos campos de fuerza esféricos completamente infranqueables. Gracias a ellos, sus usuarios se harán con el poder e impondrán una “paz” forzada y un estancamiento científico-tecnológico en un mundo diezmado por los conflictos y las plagas.
“La guerra de la paz” es la primera obra de la serie de las “burbujas” en la que un brillante autor de sólida formación científica nos narra un futuro posible y la rebelión contra una autoridad despótica en medio de una intriga política de gran alcance. Una interesante y dinámica exploración de cómo un nuevo y maravilloso artilugio científico todavía incomprendido puede alterar el destino del mundo.
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El viejo soldado se volvió a sentar.

—¿Creer, en qué?

Rosas notó un escalofrío que corría por su espalda. La mirada acusadora de Wili estaba fija en él desde el otro lado de la mesa.

—¡Creerme a mí cuando diga que Miguel Rosas es un traidor! —miró, uno tras otro, a todos los visitantes pero no encontró apoyo—. Es cierto. Se lo digo a ustedes. Él sabía lo de La Jolla desde un principio. Explicó a los de la Paz lo del laboratorio. ¡El hizo que Jeremy resultara muerto en aquel agujero de los acantilados! Y ahora está sentado aquí mientras usted lo explica todo; mientras usted le explica el plan de Paul.

La voz de Wili se había ido elevando hasta convertirse en infantil e histérica. Iván y Sergey, que eran hombres de más de cuarenta años, se dirigieron hacia él. El coronel les hizo seña de que retrocedieran, y cuando Wili hubo acabado, contestó suavemente:

—¿Dónde está la evidencia, hijo?

—En el barco. ¿Sabe usted el «afortunado rescate» que Mike se siente tan feliz de contar? —Wili escupió—. ¡Vaya rescate! Era un montaje de los de la Paz.

—¡Las pruebas, joven! —era Sy Wentz, que salía en defensa del que era su ayudante desde hacía diez años.

—Creían que me habían drogado, y que estaba dormido como un muerto. Pero yo estaba despierto. Me arrastré hacia arriba por los escalones de la cabina. Le vi cuando hablaba con esta puta de la Paz, este monstruo que se llama Lu. ¡Ella le dio las gracias por habernos traicionado! Saben quién es Paul, tiene usted razón. Y estos dos están aquí buscando su rastro. Ellos mataron a Jeremy. Ellos…

Wili se detuvo en seco, pareció que se daba cuenta de que aquel torrente de palabras estaba empeorando su causa.

Kaladze le preguntó:

—¿Pudiste oír todo lo que decían?

—No. Hacía mucho viento, y yo estaba mareado. Pero…

—Ya basta, muchacho —la voz de Sy Wentz se elevó en el claro de bosque—. Conocemos a Mike desde que era más joven que tú. Entre yo y los Kaladzes nos repartimos su educación. Creció aquí, y no en cualquier ghetto de la Cuenca, y nosotros sabemos a favor de quién está su lealtad. Ha arriesgado su vida más de una vez por sus clientes. Al mismo Paul le salvó hace un par de años.

—Lo siento, Wili —la voz de Kaladze era suave, muy diferente de la de Sy—. Conocemos a Mike. Y después de esta mañana estoy seguro de que la señorita Lu es lo que parece. He llamado a algunos amigos míos de San Francisco. Allí sus padres han sido, desde hace muchos años, «restauradores» de vagones pesados. Reconocieron su fotografía. Ella y su hermano fueron a La Jolla, tal como han dicho.

«¿Es que nadie va a detenerla?», pensó Rosas.

—¡Caray! Ya sabía que no me creerían. Si Paul estuviera aquí —el muchacho miró a los hijos de Kaladze—. No se preocupen. Seguiré siendo un caballero.

Dio la vuela y se marchó muy tieso.

Rosas luchó para que su expresión no fuera otra que la de sorpresa. Si el muchacho no se hubiera acalorado tanto, o si Della hubiera sido menos lista, aquello habría sido el fin de Miguel Rosas. En aquel momento estuvo terriblemente cerca de confesar todo lo que las acusaciones del muchacho no podían probar. Pero no dijo nada. Mike quería que su venganza precediera a su propia destrucción.

21

Nikolai Sergeivich y Sergei Nikolayevich, que iban sentados en el asiento delantero, delante de Wili, tenían un color malva pálido. Era muy entrada la noche y la lluvia provocaba un siseo continuado a su alrededor. Durante los últimos cuatro kilómetros el «túnel secreto» del anciano ruso iba a nivel del suelo. Cuando el carro se acercaba mucho a las paredes, Wili notaba que unas hojas mojadas y una áspera red le rozaban. A través de sus gafas de noche, la madera se veía más caliente que las hojas o la red, que debía ser una especie de enmascaramiento. Las paredes estaban tejidas de forma muy tupida y, probablemente, desde fuera debían parecer un bosque espeso. Debido a que el techo del pasaje estaba empapado de agua, una especie de lluvia caía sobre ellos cuatro. Wili puso la capucha de su impermeable en forma que le protegiera del persistente goteo.

Sin las gafas de noche, todo estaba oscuro. Pero sus otros sentidos podían darle razón de aquel camino disimulado que les llevaba hacia las tierras del interior, más allá de los vigilantes que la Autoridad había distribuido alrededor de la granja. Su olfato le indicó que ya habían rebasado las hileras de plataneros que marcaban el lindero este de la finca. Además del olor de la madera mojada, creyó percibir el olor de las lilas, lo que significaba que ya estaban a la mitad del camino hacia la carretera 101. Le hubiera gustado saber si Kaladze tenía intención de acompañarle tan lejos.

Por encima de los crujidos de las ruedas del carro, podía oír a Miguel Rosas que iba delante, conduciendo los caballos.

Los labios de Wili se retorcieron en una especie de gruñido silencioso. Nadie le había creído. Estaba allí como un prisionero virtual de la gente que debía ser su aliada, ¡y todos ellos iban guiados a través de la oscuridad por el Jonque traidor! Wili se volvió a poner las pesadas gafas y observó el borrón de color malva que era la cabeza de Rosas. Era divertido ver que, en el fantástico mundo de las gafas de noche, el color de la piel Jonque era el mismo que el de la suya.

¿Cuándo se iba a acabar aquel pequeño viaje? Sabía que Kaladze y su hijo pensaban que sólo les iban a acompañar hasta el final del túnel, para dejar que Wili se reuniera con Naismith en las montañas. Y aquellos locos creían que Rosas les iba a dejar regresar. Durante veinte minutos había estado a punto de saltar, esperando ver un foco de luz real delante de ellos, oír una voces enérgicas dando órdenes y, detrás de todo aquello, los hombres vestidos de verde de la Autoridad con rifles y aturdidores. Una repetición de la traición de La Jolla. Pero los minutos iban pasando sin otra cosa que el ruido de la lluvia y el de las altas ruedas del carro. El túnel serpenteaba por las colinas. De vez en cuando era subterráneo, otras veces pasaba sobre maderos dispuestos por encima de los arroyos. Considerando lo mucho que llovía cerca de Vandenberg, debía representar un considerable esfuerzo mantener en funcionamiento aquel camino y guardar al mismo tiempo el secreto. Era una verdadera pena que el anciano lo hubiera echado todo a rodar, pensaba Wili.

—Parece ser que ya nos acercamos al final, señor —el susurro de Rosas le llegó muy quedo, ¿ominoso?, por encima del ruido leve de la lluvia.

Wili se puso de rodillas para poder mirar por encima de los hombros de los Kaladze. El Jonque estaba empujando una puerta, una puerta construida con ramaje y hojas y que no obstante se abrió suavemente y en silencio. Una luz brillante le deslumbró a través de la abertura. Wili casi se tiró del carro antes de que sus gafas se ajustasen y pudiera asegurarse de que todavía no les habían descubierto.

Wili se sacó las gafas un momento y vio que la noche seguía siendo tan negra como el dorso de su mano. Casi sonrió. Sin las gafas las sombras eran de un negro absoluto. En el túnel, las gafas no podían ver otra cosa que no fuera el calor de sus cuerpos. En el exterior, aunque hubiera unas nubes muy espesas, aunque fuera en una noche lluviosa, siempre había suficiente luz natural para ver con las gafas. Aquellas gafas eran algo mucho mejor que la mira nocturna del rifle de Jeremy.

Rosas guió el caballo hasta la luz.

—Adelante —dijo.

Sergei Nikolayevich accionó las riendas y el carro pasó muy apretada y lentamente a través de la abertura.

Rosas estaba de pie delante de un paisaje extraño, sin sombras, pero ahora los colores de su capucha y de su cara no resplandecían, y Wili pudo distinguir claramente sus facciones. Las abultadas gafas impedían leer en su cara. Wili se apeó y fue andando hasta el centro del espacio abierto. A su alrededor, por todos lados, los árboles quedaban muy cerca. Las nubes se podían ver de vez en cuando a través de los claros que dejaban las ramas. Pudo percibir que detrás de Rosas había un camino ordinario. Miró hacia atrás y comprobó que allí donde estaba la puerta crecían arbustos vivos para disimularla.

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