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La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]

Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:

Severian interviene en la guerra contra el ejército ascio. Acompañado por un soldado herido viaja y oye historias extraordinarias, como la del cazador de focas, y encuentra una peregrina con quien discute las virtudes de la Garra. Huyendo de los terrores de los habitantes de las aguas profundas y de las voladoras astillas de la noche, continúa avanzando inexorablemente hacia el misterio final: el pronosticado advenimiento del Sol Nuevo. Al fin Severian regresa a la Ciudadela. Pronto habrá dos Severian: el aprendiz y el autarca.
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No tuve mucho tiempo de mirar. Mis captores me hicieron dar vueltas y vueltas a medida que uno tras otro me tomaban la cara entre las manos. Señalaban mi capa como si nunca hubieran visto una tela. De grandes ojos y mejillas hundidas, esos evzonos me recordaron la infantería contra la cual habíamos luchado pero, aunque había mujeres entre ellos, no vi niños ni viejos. Vestían capas plateadas y camisas en vez de armaduras, y llevaban unos jezeles de forma extraña, de cañón tan largo que cuando apoyaban la culata en el suelo, la boca quedaba por encima de la cabeza del dueño. Al ver que sacaban al Autarca de la nave, dije: —Creo que interceptaron vuestro mensaje, sieur.

—De todos modos llegó. —Estaba demasiado débil como para señalar, pero me volví hacia donde miraba y al cabo de un momento vi formas volantes contra la luna.

Casi pareció que se deslizaban por los rayos hacia nosotros, tan rápida y directamente llegaron. Tenían cabezas como cráneos de mujer, redondas y blancas, tocadas con mitras de hueso, y las mandíbulas como picos curvos con hileras de dientes puntiagudos. Las alas eran tan grandes, de una envergadura de veinte codos, que parecía que ellos no tuviesen cuerpo. Las batían sin hacer ruido, pero muy abajo yo sentía el aire agitado.

(Una vez yo había imaginado criaturas así azotando los bosques de Urth y arrasando las ciudades. ¿Había ayudado mi pensamiento a traerlas?) Pareció que los evzonos ascios tardaban mucho en verlas. Luego dos o tres dispararon al mismo tiempo y los rayos convergentes la hicieron trizas, y después a otra, y a otra más. Por un instante no hubo luz, y algo frío y fláccido me golpeó en la cara y me derribó.

Cuando pude ver de nuevo, media docena de ascios habían huido y el resto disparaba al aire a unas figuras para mí casi imperceptibles. De esas figuras caía algo blancuzco. Pensé que iba a estallar y bajé la cabeza, pero en cambio el casco de la nave en ruinas sonó como un címbalo. Había caído un cuerpo —un cuerpo humano quebrado como un muñeco—, pero no había sangre.

Uno de los evzonos me puso el arma en la espalda y me obligó a caminar. Otros dos sostenían al Autarca como las mujeres-gato me habían sostenido a mí. Descubrí que había perdido todo sentido de orientación. Aunque todavía brillaba la luna, masas de nubes velaban la mayoría de las estrellas. Busqué en vano la cruz y esas tres estrellas que por razones que nadie comprende se llaman Las ocho, y penden eternamente sobre los hielos del sur. Varios evzonos disparaban aún cuando cayó entre nosotros una flecha o una lanza fulgurante que estalló en una masa de cegadoras chispas blancas.

—Eso bastará —murmuró el Autarca.

Yo me frotaba los ojos mientras seguía trastabillando, pero me las arreglé para preguntarle qué quería decir.

—¿No ves? Ya no pueden. Nuestros amigos de arriba… los de Vodalus, creo… no sabían que nuestros captores estuviesen tan bien armados. Ahora ya no habrá más tiroteos, y no bien esa nube se aparte del disco de la luna…

Tuve frío, como si un helado viento de montaña hubiera cortado el aire tibio de alrededor. Un momento antes me había desesperado encontrarme entre esa soldadesca macilenta. Ahora habría dado lo que fuera por alguna garantía de quedarme con ellos.

El Autarca estaba a mi izquierda, colgando flojamente entre dos evzonos que se habían terciado los jezeles a la espalda. Lo estaba mirando cuando la cabeza le cayó a un lado y comprendí que estaba inconsciente o muerto. «Legión», lo habían llamado las mujeres- gato, y no hacía falta mucha inteligencia para combinar el nombre con lo que él me había dicho en la nave. Así como en mí se habían unido Thecla y Severian, sin duda en él se unían muchas personas. Desde la noche en que lo había visto por primera vez, cuando Roche me había llevado a la Casa Azur (cuyo extraño nombre quizás ahora empezaba a entender), había percibido la complejidad de su pensamiento como percibimos, incluso con mala luz, la complejidad de un mosaico, la miríada de astillas infinitesimales que se combinan para prodecir el rostro iluminado y los ojos observadores del Sol Nuevo.

Había dicho que yo estaba destinado a sucederlo, pero por un reinado ¿de qué duración? Ridículo como era en un prisionero, y en un hombre tan herido y tan débil que una guardia de descanso en la hierba tosca le hubiera parecido el paraíso, la ambición me consumía. Me había dicho que comiera de su carne ybebiera la droga mientras él aún estuviese vivo; y, amándolo, yo me habría librado de mis captores, si hubiera podido, para reclamar lujo y pompa y poder. Yo era ahora Severian y Thecla unidos, y acaso el harapiento aprendiz de torturador, sin saberlo del todo, hubiese anhelado esas cosas más que la joven exultante cautiva en la corte. Entonces conocí lo que la pobre Cyriaca había sentido en los jardines del arconte; pero si ella hubiese sentido todo lo que yo sentía en ese momento, le habría estallado el corazón.

Un instante después había perdido las ganas. Una parte de mí apreciaba la intimidad en la que ni siquiera Dorcas había entrado. Muy en el fondo de los repliegues de mi mente, en el abrazo de las moléculas, estábamos enlazados Thecla y yo. Para otros — una docena o un millar, tal vez, si al absorber la personalidad del Autarca yo absorbería también a los que él había incorporado—, entrar en donde estábamos sería como si la multitud de un bazar entrase en un cenador. Abracé el corazón de mi compañera, y me sentí abrazado. Me sentí abrazado, y abracé el corazón de mi compañera.

La luna se apagaba como una lámpara oscura cuando se cierra el iris de la placa hasta que no queda sino un punto de luz y luego nada. Los evzonos ascios disparaban los jezeles en una trama de lilas y heliotropos, rayos que se separaban en lo alto de la atmósfera y al fin pinchaban las nubes como alfileres de colores; pero sin efecto. Hubo un viento, tórrido y repentino, y lo que sólo puedo llamar relámpago oscuro. Luego el Autarca desapareció y algo enorme se me lanzó encima. Me tiré al suelo boca abajo.

Es posible que golpeara el suelo, pero no puedo acordarme. En un instante, pareció, estaba precipitándome en el vacío, girando, sin duda subiendo, y el mundo de abajo era sólo una noche más oscura. Una mano escuálida, dura como piedra y tres veces más grande que una mano humana, me aferraba por la cintura.

Nos zambullimos, dimos vueltas y bandazos, resbalamos de lado por una pendiente de aire, y luego, tomados por un viento ascendente, trepamos hasta que el frío me aguijoneó y endureció la piel. Cuando estiré el cuello para mirar hacia arriba, vi las blancas fauces inhumanas de la criatura que me llevaba consigo. Era la pesadilla que había tenido meses antes al compartir la cama con Calveros, aunque en mi sueño iba montado a horcajadas en el lomo. Desconozco el porqué de esa diferencia entre sueño y realidad. Grité (no sé qué) y arriba de mí, la cosa abrió en un siseo el pico de cimitarra.

Desde arriba, también, oí que una voz de mujer decía: —Ya te he pagado lo de la mina… Todavía estás vivo.

XXVI — Sobre la jungla

Aterrizamos a la luz de las estrellas. Fue como despertar; sentí que no era el cielo lo que dejaba atrás sino el país de las pesadillas. Como una hoja que cae, en círculos cada vez más angostos, la inmensa criatura bajó por regiones de aire paulatinamente más cálido hasta que sentí el olor del Jardín de la Jungla: la mezcla de vida verde y madera podrida con un perfume de anchos, encerados capullos sin nombre.

Un zigurat alzaba su oscura cabeza por encima de los árboles; pero llevaba los árboles encima, pues le brotaban de las ruinosas paredes como hongos de un árbol muerto. Nos posamos ingrávidamente en él y en seguida aparecieron antorchas y voces excitadas. Yo aún estaba débil por el aire fino y helado que había respirado hasta un momento antes.

Manos humanas reemplazaron a las garras que me habían aferrado tanto tiempo. Bajamos por sinuosos rebordes y escaleras de piedra rota hasta que al fin me pararon delante de un fuego y al otro lado vi la cara hermosa y seria de Vodalus y la forma de corazón de la de su consorte, nuestra hermanastra Tea.

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