La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #4
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7144-0
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:
Así como había descubierto que en una nueva forma, la de la guerra, la muerte podía atemorizarme, aunque ya no en las formas de antes, ahora aprendía que la debilidad de mi cuerpo podía afligirme con la desesperación y el terror que debía de haber sentido mi viejo maestro. La conciencia iba y venía.
La conciencia iba y venía como los vientos errantes de primavera, y yo, que siempre había tenido dificultad para dormirme entre las asediantes sombras del recuerdo, ahora luchaba por seguir despierto como lucha un niño por alzar con una cuerda a un gatito tambaleante. A ratos me olvidaba de todo salvo de mi cuerpo maltrecho. La herida de la pierna, que casi no había sentido al recibirla, y cuyo dolor tan fácilmente había apartado mientras Daria me vendaba, latía con una intensidad que era como el fondo de todos mis pensamientos, como el retumbo de la Torre del Tambor durante el solsticio. Me volvía a un lado y otro, siempre creyendo que yacía sobre esa pierna.
Oía sin ver y a veces veía sin oír. Despegué la mejilla del alfombrado pellejo de Mamiliano y la apoyé en un cojín tejido con diminutas, aterciopeladas plumas de colibrí.
Una vez vi antorchas con bailoteantes llamas de escarlata y oro reluciente, sostenidas por simios solemnes. Un hombre con cuernos y hocico de toro se inclinaba sobre mí, como una constelación surgida a la vida. Le hablé y me encontré diciéndole que no estaba seguro de la fecha precisa en que había nacido, que si su benigno espíritu de pradera y fuerza indomable había gobernado mi vida, tenía que agradecérselo; luego recordé que sabía la fecha, que hasta su muerte mi padre me había dado un balón por cada año, y que yo había nacido bajo el signo del Cisne. Él escuchaba atentamente, volviendo la cabeza para mirarme desde un ojo marrón.
XXIV — La nave voladora
Sol en mi cara.
Intenté sentarme, y al fin conseguí afincarme en un codo. Un orbe coloreado reverberaba a mi alrededor: púrpura y ciano, rubí y azur, con el oropimente del sol perforando como una espada esos matices encantados para caerme en los ojos. Luego se eclipsó, y la extinción reveló lo que el esplendor había oscurecido: yo estaba en un pabellón de seda jaspeada, con una puerta abierta.
El jinete del mamut venía hacia mí. Llevaba una túnica azafrán, como siempre que yo lo había visto, y en la mano una vara de marfil demasiado ligera para ser un arma.
—Te has recobrado —dijo.
—Intentaría decir que sí, pero temo que el esfuerzo de hablar termine conmigo.
Sonrió, aunque la sonrisa no era más que un pliegue en la boca.
—Como deberías saber mejor que nadie, los sufrimientos que soportamos en esta vida hacen posibles los crímenes felices y las agradables abominaciones que cometeremos en la próxima… ¿No deseas reponerte?
Sacudí la cabeza y volví a apoyarla en la almohada. La suavidad olía levemente a almizcle.
—Lo mismo da, porque te llevará cierto tiempo. —¿Es eso lo que dicen vuestros médicos?
—Soy mi propio médico, y te he estado tratando. El principal problema era la conmoción. Suena co— mo un desorden de viejas, como sin duda pensarás. Pero mata a muchos hombres heridos. Si todos los míos que mueren de eso vivieran, de buena gana consentiría la muerte de quienes reciben un lanzazo en el corazón.
—Mientras erais médico de vos mismo, y de mí, ¿decíais la verdad?
Sonrió más ampliamente. —Siempre la digo. En mi posición hay que hablar mucho y así poner orden en las madejas de mentiras; por supuesto, has de comprender que la verdad… las pequeñas verdades corrientes de las que hablan las campesinas, no la Verdad última y universal, que no soy más capaz de enunciar que tú… esa verdad es más engañosa.
—Antes de perder la conciencia os oí decir que erais el Autarca.
Se echó en el suelo a mi lado como un niño; su cuerpo golpeó la pila de alfombras.
—Eso dije. Lo soy. ¿Estás impresionado?
—Estaría más impresionado —dije— si yo no recordara tan vívidamente nuestro encuentro en la Casa Azur.
(Aquel porche, cubierto de nieve, un cúmulo de nieve que amortiguaba nuestros pasos, se alzaba en el pabellón de seda como un espectro. Cuando los ojos azules del Autarca encontraron los míos, sentí que Roche estaba junto a mí en la nieve, los dos vestidos con ropas desconocidas y no muy adecuadas. Dentro, una mujer que no era Thecla se estaba transformando en Thecla como más tarde yo me volvería Mesquia, el Primer Hombre. ¿Quién puede decir en qué grado un actor asume el espíritu de la persona que representa? Interpretar al familiar no fue nada para mí, porque estaba demasiado cerca de lo que yo era en la vida, o al menos lo que había creído ser; pero como Mesquia tuve a veces pensamientos que jamás se me habrían ocurrido de otro modo, pensamientos tan ajenos a Severian como a Thecla, pen samientos sobre los comienzos de las cosas y el amanecer del mundo.) —Nunca te he dicho, recordarás, que fuera solamente el Autarca.
—Cuando os conocí en la Casa Absoluta parecíais un oficial menor de la corte. Admito que nunca me dijisteis eso, y en realidad siempre supe quién erais. Pero fuisteis vos quien le dio el dinero al doctor Tales, ¿no?
—Te lo habría dicho sin sonrojarme. Es completamente cierto. De hecho, soy varios de los oficiales menores de mi corte… ¿Ypor qué no? Tengo la autoridad para elegirlos, y bien puedo elegirme a mí mismo. A menudo una orden del Autarca es un instrumento demasiado pesado, ¿comprendes? Nunca deberías haber intentado rajar una nariz con aquella gran espada de verdugo. Hay un tiempo para el decreto del Autarca y un tiempo para la carta del tercer tesorero, y yo soy los dos y muchos más.
—Yen esa casa del Barrio Algedónico… —También soy un delincuente… lo mismo que tú. La estupidez no tiene límites. Se dice que el espa cio mismo está confinado en su propia curvatura, pero la estupidez continúa más allá del infinito. Yo, que siempre me había creído, aunque no inteligente de verdad, al menos prudente y rápido para aprender cosas simples, que viajando con jonas o con Dorcas siempre me había considerado el práctico y previsor, nunca hasta ese instante había relacionado la posición del Autarca en el ápice mismo de la estructura legal con el conocimiento cierto de que yo había penetrado en la Casa Absoluta como emisario de Vodalus. En ese momento habría saltado de la cama y huido del pabellón, pero mis piernas parecían de agua.
—Todos lo somos; tenemos que serlo, todos los que imponemos la ley. ¿Piensas que tus hermanos de severos, y mi agente infor— ma que muchos deseaban matarte, si hubieran sido culpables de algo parecido? Para ellos eras un peligro a menos que recibieras un castigo terrible, porque de otro modo alguna vez podían verse tentados. Un juez o un carcelero sin ningún delito propio es un monstruo: cuando no está hurtando el perdón que sólo pertenece al Increado, practica un rigor letal que no pertenece a nadie ni a nada.
»Así que me hice delincuente. Los crímenes violentos ofendían mi amor a la humanidad, y me falta la rapidez de mano y mente que un ladrón necesita. Después de cavilarlo un tiempo… sería alrededor del año en que tú naciste… encontré mi verdadera profesión. Satisface ciertas necesidades emotivas que ahora no puedo atender de otro modo… y tengo un verdadero conocimiento de la naturaleza humana. Sé cuándo ofrecer un soborno y cuánto dar, y lo que es más importante: cuándo no ofrecerlo. Sé cómo lograr que las muchachas que trabajan para mí se sientan bastante felices como para seguir adelante, y bastante descontentas con sus destinos… Son khaibits, desde luego, crecidas de células corporales de mujeres exultantes, de modo que el intercambio de sangre prolonga la juventud de esas exultantes. Sé cómo hacer sentir a mis clientes que los encuentros que arreglo son experiencias únicas yno algo a medio camino entre el romance ingenuo y el vicio solitario. Tú sentiste que vivías una experiencia única, ¿verdad?